Romanticismo new age: el nuevo príncipe azul (Filología) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Romanticismo new age: el nuevo príncipe azul (Filología)

sábado, 15 de agosto de 2015 0 comentarios

"Los príncipes azules del modernismo, deberían también lavar los platos" 



Escrito por Lic Ramón D. Peralta

Exclusivo para Diario Literario Digital


QUE DETRÁS DE LAS PALABRAS SE PUEDA PALPAR EL AMOR



Prefacio de un día soleado, intuitivamente me preparo para la angustia que habrá de sobrevenir. Cada insinuación de luz, revive el oxímoron de las frustraciones que esculpen por páginas y por entregas, la copia degradada de una vida que ya ni siquiera alienta discusiones entre recuerdos. 

Solía alegrarme sin motivos, y ponerle argumentos a cada inconsciente elección. La memoria, mi peor enemigo; pretendió ser testigo de todo aquello que expurgué ante una realidad esquiva, subtitulada y ladina ¿Es que acaso he sido injusto con quién tanto me ha despreciado?.    

Esa sensación de que habré de morir teniendo todas mis hojas en blanco, me perturba de a ratos, no tanto. Al fin y al cabo, un poco de indiferencia a la existencia, nunca viene mal. Perturbaciones que se escriben como ente dominial de aquellos trascendentales anónimos de la noología. 



La palabra y el pensamiento se han distanciado, la invisibilidad del factum no conmueve a nadie. Uno por impertinente, el otro por extasiado. Ese permanente duelo en mi interior, colmó de crepúsculos el  cinismo de alter y ego; tanto solipsismo es clara muestra de que nunca hubo tiempo y espacio para alguien más.  


Conspicuo cultor de Covarrubias, siempre recé por las morochas. Me quejo en vano, Marcela me lleva de la mano, y aún no entiendo el porqué. Pobre mujer, ella esperaba el príncipe azul, y todavía se flagela conmigo. 

La conocí con quince años; Dios, el cínico, juega a los dados. Ella llenó mis años de vida, yo llené de años sus sueños. Tanto remordimiento no cuenta, son cosas que vienen de fábrica, sin manual, explicaciones ni licencias. 



En antaño solía aburrirme de su perfección, hoy la admiro de perfectas formas y maneras. La contradicción se ha vuelto mi mejor aliado; nadie imagina la condena, intuir los alcances de la palabra "pecado" en medio de tamaña logorrea. Me entristecen los días soleados, me corroe la culpa del sinesfuerzo, tanta mismidad debería haber abdicado. 

¿Cómo escribir desde ella misma? ¿Cómo sentir lo que ella siente? ¿Cómo pensar lo que ella piensa? ¿Cómo elevarme a semejantes alturas, esa innatural impostura, una cierta vivisección del alma divina? ¿Qué Dios asiste a una mujer con semejante capacidad de sosiego, con fortaleza tal que, ni la desilusión más insistente la mitiga o doblega?

Forzar los estados de profundo estremecimiento y depresión, suele ser la forma dilecta de profanar la mala suerte. Le pedí muchas cosas al destino, pero solo me dio una gran mujer. En las postrimerías de la reificación, habré de dar gracias a Dios por tal buenaventura y bendición, quizás sea hora de rever mi ateísmo.  



Para la dialéctica del amor, debería haber hecho mucho más por ella, alejarme, ayudarla, procurarle el estadío de un hombre mejor, tapizarle el camino hacia un mundo de flor. Las intrigas de la convivencia cedieron su lugar a la magia, ya no hay perdón. 

Inaudita aporía, el saber que dejarla sería lo correcto asimismo lo peor. La pesquisa por la felicidad es una paradoja, a veces evidenciase en forma de sonrisa, en otras, mera congoja. Extravagante diglosia en las sinrazones de la utopía, quizás ya no exista clivaje entre el todo y la nada.  

La culpa es un impostor que ha convertido el travestismo en su mejor lección. Aquel gran simulador que me simula y me tortura sin que lo asista un mísero opúsculo de crédito. Encantadoras musas del destierro, que cantan estrofas de melancolía y desconsuelo.     



Es la norma que encontró el alma humana para recordarnos el agonismo que enfrenta los argumentos vacuí con los pesares del daño hecho al prójimo. La injusticia se viste con ropaje de dualismo, no distingue la Otredad de uno mismo.

La desintegración del mundo está en la conciencia de saber que no hay sanación posible ante el simulacro, siendo muchacho o anciano, los perdones anhelados no habrán de borrar lo eterno. La idealización nunca pudo someter a lo infranqueable. 

Mucho me temo que la muerte no sea el final de esos padecimientos; intuir que habremos de conocer el infierno, es sospechar que jamás habré de encontrar redención alguna; ese onírico salvoconducto, esa magna vacuna.   


    

Descubrí que más allá de los entresijos de la carne y la insaciable ansiedad por el placer, hay un universo paralelo, donde el misterio del amor se torna anancástico, asequible, más portentoso que el sexo, una cierta anagnórisis que por desquiciante, sublime. Son esas maravillas de la creación, concebidas de ex-profeso para que el hombre no deje de asombrarse ante lo ininteligible, ni sentirse "superior". 


Vaya desparpajo de la naturaleza, hacernos creer en la racionalidad apareada a las emociones, una cosmética grandeza, mientras nos anestesia la destreza de desinhibir cualquier tipo de certeza ¿Les dije que es un día soleado?  
Le pondré puntos suspensivos a la soledad, y habré de soltarle las amarras. Nadie puede navegar con un ancla de mástil, ni con las pulsiones de estandarte. Pretenderé forcluir mi mal atino y peor talante, seguiré expectante y vigilante, lo mejor está por venir (aunque no venga). Condenaré mi escepticismo al ostracismo y a mi inquina coherencia al purgatorio. 
Habré de agradecer el sinsentido, la duda y la ceguera, deambularé errante por los caminos sin pedir laureles ni indulgencias. Tampoco habrá clemencia ante el dolor,  ni renuncias ante la alerta, ella siempre estará despierta dentro de mi caparazón. 





Y seré feliz bajo cánones del edicto irreal, porque ya no puedo explicar lo inexplicable, tampoco quiero. Maldito suertudo, aquél eremita que recibió el amor en lugar de lo banal. Quizá sea hora de velar al profano, enterrar el hacha, excomulgar el mal. Pobre mujer, ella imaginó al príncipe azul y recibió la nada. 

Habré de ultimar también la apoplejía de toda cuanta pluma lírica haya al inicio del túnel, ergo exhumar sus restos en forma de esterilidad y parodia. Practicar la autopsia de ese espurio romanticismo, inocuo y decimonónimo, cerciorar su condición de occiso.  

Tallarle con maestría y exclamaciones silenciosas el digno epitafio que, cualquier lápida literaria de cartel desearía, propio también del obituario que se merece la narrativa poética y su insoportable y empalagosa verba. Me despido, porque mejor que escribir en el éter, es hacerle un buen desayuno a mi amada esposa (lo que haría cualquier príncipe que se precie de azul).  

Exclusivo para DIARIO LITERARIO DIGITAL
     
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