Lo que sucede entre cero y la estructura (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Lo que sucede entre cero y la estructura (Psicoanálisis)

lunes, 17 de agosto de 2015 0 comentarios



"La humanidad se reconoce a sí misma cuando no se deja que un congénere muerto sea devorado por las fieras. Reconocer al cadáver como cadáver es reconocerse a sí mismo."







Prólogo de Paradojas clínicas de la vida y la muerte. Ensayos sobre el concepto de “originario” en psicoanálisis

Un libro de la Dra Silvia Amigo. Psicoanalista

Escrito por Héctor Yankelevich. Psicoanalista






Lo que sucede entre cero y la estructura



Lacan nos enseñó, y es una enseñanza que marca un hito fundamental en la organización del saber sobre lo humano, que la humanidad del hombre aparece con la tumba. La humanidad se reconoce a sí misma cuando no se deja que un congénere muerto sea devorado por las fieras. Reconocer al cadáver como cadáver es reconocerse a sí mismo.

La conciencia de sí, tan cara a los filósofos, la Sebstbewusstsein, no está ni garantizada por Dios, ni, gran cuestión de las neurociencias, es una adquisición previamente neurológica para luego pasar a ser social, sino que, por haber sido culturalmente conquistada como reconocimiento del otro como muerto, implica retroactivamente que el sujeto se reconoce a sí mismo como viviente. Es porque el muerto es un semejante que hay autoconciencia. Abandonando la filosofía, no es por estar muerto que el otro deja de ser mi semejante. Es sobre esta contingencia que se funda el reconocimiento de sí. El psicoanálisis descubrirá cuán temprano se efectúa esta operación.

Los avances de la paleontología, posteriores a “Función y campo de la palabra y el lenguaje” (1953), al hacer retroceder en el tiempo este reconocimiento, no han hecho sino confirmarlo.

Si las tumbas propiamente dichas son neanderthalianas, hoy sabemos, gracias Leaky, que homo habilis solía pintar con ocre rojo los huesos de los muertos, lo que conlleva no sólo el reconocimiento de lo que fueron, sino que también muestra su carácter de traza. Imposible de pensar como acto de un ser sin lenguaje. A la vez, la reconstrucción de la caja craneana del hombre de Oldubay en el Rif africano, deja pensar a los paleontólogos que el cerebro que allí se alojaba poseía las áreas de Brocca y Wernicke.


 

Esto que encontramos en paleontólogos que no piensan jamás el lenguaje como estructura, nos permite, sin necesidad de profesar simpatías sospechosas, aclaraciones cruciales sobre el elemento primordial de la estructura: el lenguaje, al entrar en el cuerpo no sólo le otorga el goce sexual, sino también, al mismo tiempo, la muerte. Es decir que, mucho antes de la repetición del trazo sobre el hueso, que Lacan nos mostrara en el ’61 como la actividad de conteo del unario, hay ya una traza del muerto sobre el muerto –lo que otorga ser al no-ser - aún antes de la existencia de la tumba y del trazado de las muescas sobre el hueso.

Freud, en su época, conocía los primeros descubrimientos de la paleontología, de ahí una de sus bases para el lugar del muerto en el nacimiento de la cultura. Que es el mismo para cada sujeto.

Lo que el análisis descubre gracias a Lacan, y el tercer libro de Silvia Amigo hace de esto su objeto, es lo aleatorio, lo lleno de contingencias que el proceso lógico de constitución de la estructura entraña para el ser hablante. Esta es la novedad del libro: estudiar la estructura del discurso en que todo ser hablante se subjetiva, no como la deducción de una idea previa de la estructura que, autodesplegándose, origina al sujeto, sino que lo necesario y lo imposible de la escritura del falo y del Nombre-del-Padre, dan lugar a que sobrevengan acontecimientos reales que la hacen posible o que la hacen peligrar en su acabamiento, que necesita tres tiempos.

Este libro piensa la estructura de modo no binario, sino con una lógica del cuatro, y en tres tiempos: los de las identificaciones, que no por ser lógicas dejan ser reales, esto es, que se inscriben en ciertos momentos en que abren o cierran para siempre a los tiempos posteriores.

Así, la identificación primordial al Padre Muerto puede tornarse imposible a causa de la madre, o sólo posible en el nivel del signo, ya que ésta puede impedir, sin saberlo, a su hijo, el acceso a la paradojalidad del significante. Ya que puede tratarlo como a un objeto sólo bueno para ser disfrutado en permanencia o como un objeto que no presenta interés alguno. 

Un hijo es tratado, de modo inconsciente y contingente, en relación a la propia metáfora paterna de la madre, lo que le señala, sean cuales fueran los avatares de su relación de pareja al padre del niño, cuál es el papel necesario que éste cumple, más allá de su rol de pareja.

El primer objeto, caído de la primera identificación, aun no vestido con los hábitos pulsionales, al mismo tiempo que permite una primera separación con el Otro y su goce, es, a su vez, su más temible representante. Exhibiendo ante el yo del sujeto una perfección que permitiría colmar la falta del Otro. Este objeto y el significante que lo representa, sin los cortes y los enlaces que sólo la metáfora paterna permite, son un llamado a la perfección de la muerte. Tanto de sí, como de todos los que no acepten las imperfecciones de la vida.

Es cierto que en la elección forzosa “la libertad o la muerte” lo único que puede ir en la formación de un sujeto es la elección de “la muerte”. Freud pensaba lo mismo. Ver el tema de los tres cofrecillos. Pero éste es sólo el primer piso de la alienación. La elección de la muerte no puede permanecer allí, en la sola pérdida de la inmediatez de la relación a la vida, tornándola imposible. Debe ser seguida por la otra elección fundante del sujeto: la del “no pienso”, que permite que el “no soy” sea el ombligo de la formación del inconsciente.

El deseo de la madre no puede no hacer entrar el goce fálico en juego, pero también es preciso que dé lugar a la función fálica, que pueda, separándose de ese goce, dejar al sujeto buscar sustento en su propio objeto. 

La paradoja del objeto a, su primera aparición, caído de la primera identificación, es que, al mismo tiempo que descompleta al Otro, haciendo a la vez que el saber no pueda ser totalizado ni totalizable; exige esa totalización, que sólo puede hacerse con el cuerpo del propio sujeto, o, a veces, de otros. “a” en tanto superyó, no sólo no es apofántico de la falta en el Otro, sino que acusa al sujeto por faltas “en su doble sentido” en él. Sólo si se logra pasar al a como objeto de pulsión y causa de deseo se estabilizará la separación con el Otro, pero nunca de modo definitivo o completo. La primera separación, allí donde el sujeto está muerto, puede, contingentemente volver a presentarse como posible.

El objeto de la pulsión permite, aunque sea el piso de la demanda al Otro y del Otro que aparezca, gracias a la mirada y la voz, un soporte del deseo que no pasa por la demanda. El juego con estos objetos le dará al sujeto un asiento que es imposible en la oralidad “en donde el Otro es hambre” y farragosa negociación la anal: te cedo esto, para no darme a mí mismo.

Ahora bien, para que la pulsión y su objeto puedan tener función de corte, tiene que estar intrincadas. Si se desolidarizan dejan de rodear al objeto y volver a su fuente y toman al yo como objeto, satisfaciéndole en él. Es ahí donde se vuelven de muerte. Cuando en lugar de satisfacerse en las zonas erógenas toman la imagen del cuerpo entero como objeto.

Esto no ocurre si la imagen del otro especular, que nunca es total, si no siempre manchada por algo que la descompleta, aparece descompletada por el deseo de la madre al padre. En ese caso el padre entrará metafóricamente haciendo que el falo, F, pueda escribirse S1. Lo que hará que la falta de ser del sujeto podrá sí ser objeto, no sólo de la mortífera crítica superyoica, sino causa de deseo. La metáfora paterna, haciendo pasar el falo de goce a función, es lo que le da al objeto su carácter de objeto de la castración, y la palabra al sujeto, originándola en la nada. Siempre que la deuda sea asumida como el pago que crea el tiempo por venir.

Respecto del padre, Silvia Amigo sostiene una posición importante, tanto para el psicoanálisis en intensión, como para el psicoanálisis en extensión. 

El unario es una deuda con el padre, no con el amo. No es lo mismo el discurso que su encarnación. No con un padre que se conduce en amo, no con un amo que se conduce en padre de una masa, o de una colectividad.

Gracias a la función de la metáfora, que, primero, le otorga la madre; dos, que el padre asume como castrado y no puede asumir si sigue siendo falo de su propia madre o de su propia mujer, éste separa un significante de la cadena, haciéndolo, a la vez que indecible, ya que cifrado, la llave de la entrada al objeto, y lo que tiene producirse en el análisis.

Si el padre o el analista se creen amo, identificándose a S1, impiden al sujeto contar con él como incontable.

Por otro lado, en su función metonímica – y esto es una contribución personal de Silvia Amigo- la función paterna permite al sujeto no quedar apresado en su imagen especular, en el fondo del espejo, sino que, agujereándolo, permite que la libido encapsulada en el narcisismo secundario vuelva al sujeto y pueda ser usada para otros investimientos que el narcisista.

A vez, si el padre sólo inviste a su mujer como madre de sus hijos, la inviste como fálica, lo que dificulta grandemente al sujeto su identificación sexual. No es lo mismo que la invista sexualmente como mujer. Es sólo de ahí que surge realmente su lugar, siempre que se atenga a que su palabra no revele ningún saber, que sólo sea un decir a medias.

La parte fundamental del libro, la más original, es en donde Silvia Amigo ha escrito una teoría de la tercera identificación. Esta está centrada, justamente, en la conversión en enunciación teórica de aquello que Lacan sólo nos dejara como mostración topológica: el enlazamiento y la reversión de los toros, el del sujeto y el del Otro, como lo que posibilita que el narcisismo quede finalmente en la estructura como subelemento de lo simbólico. En los nudos as allí donde la cuerda S pasa por encima de I. Esto es tanto lo que asegura que el sujeto esté en el discurso como lo que fracasa parcialmente en las neurosis, dándoles sesgos fatídicos, con deliria a veces, alocados o continuamente deprimidos, como si faltara el otro especular para velar un “a” que suele aparecer en tanto tal en este tipo de síntomas, que no son simbólicos.

Si el neurótico logra velar el objeto, y preguntarse por el enigma del deseo del Otro, respondiéndoselo sin certeza en el fantasma; en análisis didáctico se tratará de que el sujeto pueda desgajar las letras que hacen a la escritura descifrada de su significante amo, lo que no implica que pueda vivir sin fantasma.

Esta experiencia de lectura de sus significantes primeros es lo que lo habilitará, más allá del fantasma, a leer los de sus pacientes, colocándose en la transferencia de modo tal que su deseo separe el resto de lo que el sujeto fue para el Otro, y que no lo vele con el ideal: que es lo que permitió hasta ese momento que el paciente continuara en el camino en que estaba.

Consecuencia no desdeñable en ciertos pacientes: pasaje del goce del yo al goce fantasmático, para luego operar sobre éste. Lo que, en principio, disminuye las tendencias al acting, a los duelos inacabables, a la interpretatividad sin freno.

Este tercer libro de Silvia Amigo desarrolla, avanza, y nos da la lógica de Clínica de los fracasos del fantasma. No significa que sea arduo, sino de una sorprendente novedad.




Para leer el Capítulo primero de este libro deben hacer click en:

CAPÍTULO 1 - "Las nupcias del soma con el lenguaje" -








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