Lo heterogéneo ¿Cómo operar con lo diferente en el lazo social? | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Lo heterogéneo ¿Cómo operar con lo diferente en el lazo social?

lunes, 10 de agosto de 2015 0 comentarios

Lo heterogéneo ¿Cómo operar con lo diferente en el lazo social?






Escrito por la Dra. Silvia Amigo

Psicoanalista











We few, we happy few, we band of brothers

For he to-day that sheds his blood with me

Shall be my brother, be he ne'ver so vile

This day shall gentle his condition

William Shakespeare, Henry V, IV, 3








Heteros, del griego “otro” no designa sólo lo que no es uno mismo. 


Los analistas hemos aprendido de Freud y comprobado en las curas que dirigimos y a la que nos sometemos, que el lust Ich purifiziert, yo de placer purificado, considera, en aras de su propio placer, que es homo (lo mismo) y más aún, uno mismo, todo aquello que podamos incorporar al “metabolismo” de nuestro simbólico, nuestro imaginario y, por sobre todo, nuestra maneras de gozar ya fijadas. 





Por ello, así lo creemos Lacan extiende el concepto de libido al mito de la laminilla que envuelve en los límites del cuerpo (no del soma, sino del cuerpo erógeno) todo aquello que va en dirección del vector de nuestro goce. La libido extiende los límites de nuestro cuerpo incorporando todo lo que nos es placentero. 


Y considera lo exterior, lo ajeno y lo odiado, en principio, idénticos. 


Lo que el sujeto tarda en comprender, si es que llega a comprenderlo (muchas veces no sucede) para lo que en general precisa ayuda analítica, es que una parte de eso extraño, inasimilable, habita en su propio interior. Le llevará mucho tiempo saber-hacer con lo otro sin enviarlo hacia fuera con odio.


Heteros por ende indica una otredad radical. Eso que el maestro vienés señalaba como inasimilable y potencialmente odiable.


Por su parte Lacan se ocupó de diferenciar al semejante (como su nombre lo indica parecido a nosotros, homo, similar) del prójimo, ése al que habría que poder lograr amar. Y lo llamó “inminencia intolerable del goce”. Ubicando en el prójimo lo ajeno, le adosamos, además esa parte desconocida e "impresentable" que habita en el interior de nosotros mismos. Para poder, así desplazada, desconocerla mejor. Apasionadamente intentamos ignorar eso que nos corroe, como objeto extraño, éxtimo, desde nuestro propio interior y que, de no reconocer, cargamos en la cuenta del otro odiado.






Hay al menos dos lugares donde Lacan aborda este fenómeno de la dificultad para lidiar con la otredad. En principio durante el dictado de su seminario sobre la ética, donde coloca en el centro del Otro que nos auxilia algo inasimilable a nuestra máquina simbólica, un carozo que queda por fuera, y que muerde desde los bordes a la maquinaria significante del placer: das Ding, la Cosa ausente. La extimia ausente y desconocida que pasa a ser nuestra propia intimidad.


El otro subrayado acaece durante su dictado del seminario De un Otro al otro. Como ya señaláramos con el semejante podemos hacer un coro armonioso. Pero resulta que no todos los otros resultan ser nuestros semejantes. Algunos encarnan nuestro prójimo, que lleva puesta la marca de la extimia la que no logramos reducir a nuestros ideales, gustos y goces.


De ahí que este maestro hablaba de la inminencia intolerable del goce que este alien implica. Pero...¿Cuál goce? ¿El exterminador? Es el caso más frecuente si no hemos logrado poder darnos cuenta que se nos ha presentado la posibilidad de renovar nuestras marcas y entonces gozar en una suerte de ...vive la différence! No nos llamemos engaño. Eso cuesta trabajo.


Hay pues otros (objetos, seres, discursos, relatos) que entran con facilidad en nuestro circuito de placer y otros que muerden sobre sus bordes, lo cuestionan. Tardará el sujeto en comprender, si es que llega a poder, que justamente por eso “lo otro” puede enriquecerlo, arrancarlo de la chatura y el aburrimiento tranquilizador de la mismidad, de la pesadumbre de vivir siempre en el mismo film que ya no nos dice nada. 


Si pudiera elaborar la ocasión que el prójimo, el otro radical le promete, no sin costo, entonces podrá causarle deseo.


No dejemos de lado, finalmente la otra gran ocasión en que Lacan habla del heteros. Ocurre cuando formaliza la feminidad como otredad radical. Mujeres, aquellas que pueden ser rechazadas, vituperadas...o devenir causa de un lazo de amor, deseo y goce. Es por ello que, utilizando la afortunada homofonía que le proporciona el francés, afirma que quien no se ha tomado el trabajo de tolerar lo diferente, acude al expediente que Lacan propone. A la mujer (este sujeto que no ha trabajado lo suficiente su castración, uno de cuyos nombres es la tolerancia) la dit femme. La difama, la mal dice mujer.


Es para las mujeres que Lacan reserva el término héteros, ya que están no todas en el régimen del falo, del Padre, de la Ley y de la lógica.


Toda la cuestión es poder cernir (para el sujeto en el análisis en intensión y para la polis en la extensión) cuándo lo heteros puede lograr causar deseo y así renovar y enriquecer nuestras fijaciones de goce aireando un todo, un totalitarismo de mismidad y cuando cruza la frontera del odio para hacerse escarnecido, odiado, apartado y, finalmente, exterminado.





Una forma facilitada para lidiar con Lo Otro


El genio de Freud encontró una fórmula maestra de “aseptizar” el objeto extranjero y hostil, “pasteurizándolo”, haciéndolo aparentemente inofensivo y armonioso. 


Frente al ascendente fenómeno del nazismo, y, así lo creemos, del totalitarismo soviético en formación, formaliza al fenómeno de masas, resolviendo en el mismo movimiento el enigma de la hipnosis y el enamoramiento extremo, definiéndolos como "masas de a dos".






Así lo hizo en el apartado VII de Psicología de las masas y análisis del yo. Libro cuya vigencia aún hoy estremece.


Magistralmente, como fórmula para tolerar al extranjero, afirmó que "el" método consiste en la treta de recubrir ese objeto inasimilable por un ideal (prestado y protésico) que pretenda velarlo por entero: el del líder carismático, el del hipnotizador, el del partenaire pasional. Para lo cual el sujeto masificado debe deponer su propio ideal personal y trocarlo por el ideal protésico que provee el führer, el gurú, el infalible conductor, el otro de la fascinación que fuese. Con ese expediente, dos personas o grandes masas de personas pueden imaginar desentenderse tanto de recabar la validez de sus propios valores ideales (cosa que debe ser continuamente puesta a prueba por un sujeto mínimamente responsable de su accionar privado y público), como de vérselas con el objeto extranjero, que siempre macula los sueños (más bien pesadillas) de pureza. Cualquiera sea ésta: de la raza, del relato, de la ideología, del amado o amada...de lo que fuese.


Un Ideal recubriendo al objeto parecen cerrar la grieta inexorable del universo, ilusionan poner una suerte de pegamento que cierre la hendija del deseo por "lo otro".


Pero si esta fórmula es tan exitosa...¿por qué no recurrir a ella? De hecho los gobernantes inescrupulosos la conocen bien y usan y abusan de ella. Para nuestra sorpresa, en algunas reuniones de amigos ligados al ejercicio de la política, frecuentamos a funcionarios que conocían al dedillo el texto de Freud. Lamentablemente, no habían siquiera percibido que Freud llevaba a cabo una crítica y no una apología del método aseptizador y maniqueo de formar masas!!







El pequeño problema radica en que no todo el objeto se deja cubrir, deglutir por ese ideal prestado. Una punta de él siempre queda atragantada en las mandíbulas del ideal totalizante cuando no totalitario.


Esa punta habita en cada uno de los integrantes de la masa. Ese objeto que no se deja masificar, domesticar, ése que chirría en los engranajes de la máquina totalitaria es lo heterogéneo al reino impoluto del todo. Y está en el interior de cada miembro de la masa, cada uno de cuyos integrantes ignora con pasión ciega esta interioridad de lo que cree abyecto. 


Por ello la masa hace que el objeto que mancha sea imputado al otro, al prójimo. Que será vivido como culpable de la impureza que ridiculiza, que pone en jaque el conglomerado de perfección que se ilusionaba. Ese objeto no es más que algo de nosotros mismos, pero desplazado al judío, al negro, al "cabeza", al que no comulga con el relato, al comunista...a veces al yankee.


El objeto heterogéneo es exterminado porque, por el mero hecho de existir, se burla de los afanes de pureza. Ridiculiza, aunque no se lo proponga, por su mera existencia, la homogeneidad de la masa. Pone una piedra en los zapatos del líder.




Los vieneses festejando la llegada de Hitler. Anschluss de 1938

Afirmaba Freud que se puede sumar un número potencialmente infinito de miembros a una masa...a condición de tener por fuera de ella alguien a quien odiar. Y los líderes bien saben que inventar un enemigo cohesiona locamente a la masa. Y la masa suele adherir entusiasmada a la quema de brujas que la aglomera. 


Este afán exterminador culmina, como la historia nos lo ha hecho saber (y lamentablemente no sólo la historia pasada, sino también la más reciente y dolorosa) en el asesinato. 






Recordemos una enseñanza de Freud, una de esas que no debemos olvidar: un asesinato equivale a un incesto. ¿Por qué? Porque pretende tomar por entero el cuerpo del otro. El bellísimo fragmento de Shakespeare que colocáramos como acápite muestra que hasta puede llegar a parecer estimulante y poético hacerse hermanos por la vía de mezclar nuestra sangre en una masacre cometida en común. La banda, los bandidos, suelen llamar padrino a su jefe. Una suerte de neoplasia de la función de Padre, de progenitor cuidadoso se encubre en el líder que pide un pacto de sangre con sus seguidores.

Tolerar impunemente un asesinato equivale a tolerar aquello que desmorona la condición del hombre en tanto hombre: la prohibición del incesto. Un sujeto o una sociedad que cierran los ojos frente al horror exterminador de la masa que culmina inexorablemente en el asesinato queda al borde de franquear el abismo que nos separa de nuestra condición de hombres, de seres de la cultura.


Para enfrentar lo heterogéneo haciéndolo, al revés, posible aireador de nuestra chatura, de nuestro hábito por lo mismo, el psicoanálisis se torna una herramienta clave. Es en un análisis personal que se podría adquirir la valentía de hacer de ese mismo objeto heteros el motor de cambios de fijaciones, de renovación de nuestro deseo, de posibilidad de crear algo no consabido. A esa capacidad y eficacia de arrimar a un sujeto a aprovechar la ocasión que le da lo heterogéneo los analistas la llamamos eficacia del análisis en intensión (el personal). Y a las intervenciones medidas y acotadas del psicoanalista en la polis psicoanálisis en extensión.


El discurso analítico opera también apostando, en la extensión (en la polis que habitamos), de incidir tratando de hacer notar que no es lo mismo formar parte de una masa cualquiera, tranquilizadora pero potencialmente mortífera; que apostar al lazo social. En esa trama de lazo cada uno, con su singularidad, sin deponer su ideal, ni desconocer que necesitamos alguna advertencia de la dificultad de lidiar con "lo otro", el objeto extranjero; puede intentar hilar un lazo para tejer una tarea en común que apueste a enriquecer al conjunto.


Para finalizar insistiremos, a riesgo de repetirnos, porque sentimos la necesidad de este énfasis: la masa comienza a desplegar su rechazo con la diatriba contra alguien o algo, continúa con su exclusión, prosigue con la venganza y culmina en el asesinato. El cual equivale al incesto. 


La masa nos pone al borde de la horda, fuera de la cultura, nos amenaza sutil pero incisivamente. Nos tienta con su facilismo. Nos embriaga con su cortoplacismo.


Muchas veces agrega a este cuadro letal la abolición de las honras fúnebres, que el género homo llevaba a cabo mucho antes de que la especie sapiens apareciera sobre la tierra. Homo habilis hablaba, y lo sabemos con certeza porque marcaba con ocre rojo (ocre enrojecido por el fuego recién conquistado) sólo los huesos de sus semejantes, ya hombres.


Una forma de abolición del rito fúnebre, iniciador de la cultura, la constituye la desaparición sin rituales de los asesinados.





Otra, la no investigación de una muerte, el intento llevado hasta sus últimas consecuencias de hallar al culpable, dejando impune la violación de una ley primigenia de lo humano. Las leyes de la diké griega. Leyes no escritas que hacen humano lo humano.


El psicoanálisis apuesta a la lenta y difícil apreciación del valor de lo heterogéneo. Un análisis personal nos impulsa al esfuerzo paciente de encontrar la forma de vivir mejor el malestar en la cultura. 


Nos alivia sin prometernos que será ni fácil, ni gratuito, ni a corto plazo. 


Pero cualquiera que ha pasado por un análisis en que se ha comprometido comprobará que franqueando estos escollos encontrará una refundación subjetiva. Una forma creativa de llevar adelante el viaje de la vida...con otros con los que no nos hemos de conglomerar acríticamente. Con otros con los que, en vez de hacer masa, podamos tejer la delicada filigrana del lazo social. 







Puedes contactar a la autora en:

Página de Silvia Amigo, Escritora, Psicoanalista
Share this article :

Publicar un comentario

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. DIARIO LITERARIO DIGITAL - All Rights Reserved
LETRAS OPACAS (Diario Digital Literario) .Argentina
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}width=device-width, initial-scale=1.