El héroe reticente - Capítulo 23 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 23 (Novela Policial Negra)

sábado, 29 de agosto de 2015 0 comentarios



"Su mayor problema no era obtener dinero, sino cómo blanquearlo y guardarlo. 

Mientras se ocupaba de apilar billetes azules en un costado de la mesa y otros verdes en el lado opuesto, se oyó la voz de Eric Clapton cantando “Cocaine”. Era el “Ringtone” de su celular..."




Revista literaria policial negro




Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez
angry



“El Zorrino” recibe malas noticias




Víctor Zorrilla estaba en uno de los tantos departamentos que usaba como aguantaderos y oficinas.
Su tipo de empresa, a pesar de que facturaba como una fábrica mediana, no necesitaba de muchos archivos ni personal administrativo. Su mayor problema no era obtener dinero, sino como blanquearlo y guardarlo. Esconder plata era una de las actividades que lo ponían de mejor humor.





Mientras se ocupaba de apilar billetes azules en un costado de la mesa y otros verdes en el lado opuesto, se oyó la voz de Eric Clapton cantando “Cocaine”. Era el “Ringtone” de su celular. Sin parar de contar, con un gesto de su cabeza ordenó a uno de los súcubos que atendiera.








Cuando le dijo que el llamado era de Brasil, su ánimo subió otro peldaño. Seguro que habían encontrado al pelotudo de Topo.

Efectivamente se habían tropezado con él, pero el resultado no había sido el esperado.

“El Zorrino” pasó de la alegría a la incredulidad, luego a la sorpresa, para desembocar en una furia volcánica. El teléfono, una joya de la industria coreana en cuyo diseño decenas de genios de la ingeniería habían pasado los mejores años de sus vidas, salió volando en dirección al balcón. La puerta corrediza estaba cerrada, pero eso no impidió que el costoso proyectil rompiera el vidrio, que se estampó en pedazos en el piso con un ruido igual al de una docena de botellas de cerveza caídas de una estantería. Con su último impulso, el celular pasó la baranda, perdió velocidad hasta detenerse una décima de segundo en el aire y se precipitó a la calle, doce pisos más abajo, donde se hizo mierda contra la vereda.


Zorrilla sacó su arma, una “Desert Eagle” calibre 50, capaz de romper el block del motor de un camión a más de cien metros. Los guardaespaldas temían por sus vidas, pero no se animaron a hacer nada. Intentar frenarlo cuando estaba así era más peligroso que soportar su enojo. Por un momento pareció que iba a disparar. Pero “El Zorrino”, si bien era un cabrón, sabía cómo sobrevivir. No era conveniente atraer a la cana con un disparo. Como Peña, siempre había alguno que no podía comprar. Aflojó el dedo que ya apretaba el gatillo. Bajó el arma, puteó una, dos, diez veces y pidió otro celular. Sus hombres siempre tenían varios a mano.





Volvió a comunicarse con sus socios que manejaban el tráfico de drogas en la favela de Macacos, en Río de Janeiro. Esta vez habló calmado y con precisión. Quería que capturaran a Carlos Topo, lo torturaran hasta morir, le cortaran un dedo y se lo enviaran como prueba. Antes de colgar se acordó de algo importante:


—¡Filmen todos los detalles, quiero mostrárselo a alguien!






Lee la primera parte de esta novela en: 
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