El héroe reticente - Capítulo 22 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 22 (Novela Policial Negra)

miércoles, 19 de agosto de 2015 0 comentarios


"El odio es un jardín que se riega con alcohol"

Revista literaria on line novela negra




Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez







La conversación con Ágata me despertó como una patada en el culo.

No solamente oír su voz, notar que estaba entera, con el ingenio de siempre, sino también saber que había alguien en quien confiar cuando lo necesite. De todas maneras no me animo a llamar a ese policía ahora. Es demasiado pronto.

¡Cómo extraño a mi esposa! Soy consciente de que la distancia y las dificultades aplican un filtro muy especial que borronea los recuerdos malos. Pero en momentos como éste, me cago en la lógica y siento que mi vida anterior era perfecta.





En la Rodoviaria, saco mis lamentables pertenencias del locker, extraigo las baterías y los chips de los teléfonos y los tiro en distintos tachos. No quiero que alguien los encuentre y pueda hacerlos funcionar antes de que me vaya.

El revólver, limpio de huellas digitales (no olvidé la parte interior del tambor ni las balas) quedó en un contenedor bajo una pila de desperdicios de pescado que nadie revisará. Llevo una de las pistolas de los sicarios en la riñonera y otra en el bolso. Uso por última vez el DNI argentino de Daniel Goldstein para comprar un pasaje hasta Curitiba, la capital del Estado de Paraná. Esta vez quiero que me sigan el rastro, al menos por un rato.


 


El ómnibus sale en media hora. Como algo, compro un agua mineral para el viaje y subo al micro.

De acuerdo a las rigurosas normas internacionales que regulan el entretenimiento en viajes de este tipo, pasan una bazofia en las hermosas pantallas planas del micro: “El smoking”, de Jackie chan. Es la tercera vez que la veo durante mi corta carrera criminal. ¿Puede ser que miles de ómnibus cómodos y modernos solo tengan un par de películas entre las cuales elegir?

Cuando llegamos a la terminal, tiro el documento argentino a la basura dentro de un paquete vacío de papas fritas.



Voy al mostrador de una de las líneas que va a Ponta Grossa, una ciudad que está a un poco más de cien kilómetros hacia el oeste. Compro el pasaje usando el documento y el cartão de crédito del sicario que menos se me parece. Ni miran la foto y me dan el pasaje. A esta altura hablo portugués lo suficientemente bien como para pasar por brasileño si hablo con frases cortas. Si todo sale bien los que me sigan creerán que cambié de documento para tratar de no dejar pistas, cuando en realidad estoy dibujándoles un mapa falso.

Ahora puedo volver a tomar algo para festejar. Uso la misma tarjeta para comprar unos buenos vinos argentinos a cuatro veces lo que cuestan en el Coto de a la vuelta de mi casa y una botella de la mejor cachaça de Minas Gerais.

El odio es un jardín que se riega con alcohol.






También compro cosas de tocador, una mochila, un par de zapatillas, jeans y remeras. Voy al mejor restaurante cercano a la terminal y como mucho y bueno. Finalmente, antes del horario de salida del micro (quiero que si investigan, todo coincida) compro unas cadenitas de oro, fáciles de revender, voy al baño, pagando un real como se acostumbra acá, y tiro los plásticos al inodoro.


El ómnibus para Ponta Grossa sale sin mí, pero ya he dejado un rastro de miguitas de pan como el de Hansel y Gretel. Espero que no se lo coman los pajaritos.


Tomo el bus local que lleva al centro de Curitiba. Paso por un lugar de internet y usando Word y Adobe, armo un certificado del Consulado de Uruguay, más falso que una entrada para la Bombonera con una franja roja en diagonal. Lo imprimo, lo firmo con un nombre cualquiera y le saco una fotocopia.





Busco un taxi que me lleva hasta Quatro Barras en el cruce con la ruta 116. En una estación de servicio le hablo a un camionero con pinta de tener buena onda. Pregunto a donde va y contesta lo que esperaba: San Pablo. Le miento que soy uruguayo, que me asaltaron y me robaron lo que tenía encima: Tarjetas de crédito, documentos y algunos reales, por suerte, le cuento, la mayoría de la plata la tenía en la caja fuerte del hotel. Hice el pedido de un nuevo documento en el consulado uruguayo en Curitiba. Ahí le muestro la fotocopia de mi certificado trucho. Mientras lo tramitan, digo, querría visitar a mi mejor amigo brasileño que vive en San Pablo. No tengo documento para tomar un ómnibus de línea, probé con el certificado pero no me lo aceptaron, ¿Podría llevarme? Por el favor puedo pagarle cien dólares.


El motorista acepta. Una vez más he logrado desaparecer.







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