El héroe reticente - Capítulo 21 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 21 (Novela Policial Negra)

miércoles, 12 de agosto de 2015 0 comentarios

“¡La venganza será terrible!”

Revista literaria online selva


Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez


Para Diario Literario Digital




Revista literaria novela negra


Plantas y Jardines



—¡No, no lo maten! Lo que me falta es atraer más atención. Igual no va a poder hacer nada. Lo controlan nuestros “socios” en la Federal. Dejalo que salga en la tele haciéndose el Elliot Ness. Con tiempo le vamos a hacer llegar una información falsa que le haga pisar el palito y… ¡Chau Subcomisario Peña!

Mientras Víctor Zorrilla hablaba por el celular, Ágata se hacía la dormida pero registraba todo lo que oía. Había visto un par de veces a ese oficial en el noticiero, allanando depósitos de droga. Nunca muy grandes. Se ve que a los policías honestos les toca siempre el chiquitaje.




Siempre vestido de fajina, con mucha cara de cana, pero de los de 1940. Morocho con el pelo bien bajo sobre una frente achicada todavía más por las dos gatas peludas que su abuelita llamaría cejas. Los ojos también muy negros, duros pero inteligentes, hasta con algo de humor. Curiosamente no hablaba en el dialecto de la fuerza: “Un masculino provisto de un arma de grueso calibre…”, sino como el vocero de una importante empresa, tranquilo, sin irse por las ramas y usando palabras difíciles solamente cuando no quedaba otra opción.








Qué pena que no podía comunicárselo a Carlos.

Dos días después sonó el teléfono del vivero. Como de costumbre atendió el gorila de turno.

—Hola—dijo con un tono tan hosco que hubiera sido considerado impropio en un curso para guardiacárceles de la prisión de Guantánamo.
—Encantado señor—contestó una voz masculina con un tonito un poco más gay que Elton John—Le hablo de la revista Plantas y Jardines. Queremos incluirlos en la próxima edición. —Y subiendo una octava más preguntó— ¿Es usted el propietario?



—¡Espere!—contestó el postnuclear, con la galanura de un contador prusiano, y le pasó el teléfono a Ágata, explicando con sorprendente poder de síntesis:
—De una revista.
Ella no tenía ganas de oír pavadas con los problemas que tenía, pero atendió por educación.
—Hola, soy Ágata, la dueña.
—Hola, le habla Jacinto, de Plantas y Jardines, edición Argentina.
Conocía todas las revistas del ramo, pero nunca había oído ese nombre. La voz sonaba amanerada pero conocida. Muy conocida.
—¿Si…?
—Señora quiero que se prepare y no se sobresalte. No queremos que el tipo que atendió el teléfono se de cuenta de lo que hablamos.
—Por supuesto…—respondió sospechando lo que podía venir, pero sin querer ilusionarse demasiado.
El hombre pasó a su voz normal y dijo, casi llorando—Te quiero, soy Carlos.

Ágata agradeció las clases de actuación de su juventud. Logró decir un—¿Y cuál es la propuesta?—que no sonó demasiado forzado.

—Me salvaste la vida. Vos y Rubén Blades. Por eso te llamo, estoy usando el celular de uno de los sicarios. Mejor ni preguntes lo qué tuve que hacer. No importa que lo rastreen, ya saben que estoy en Paranaguá, una ciudad en Brasil, pero ya me estoy yendo. No te digo adónde porque es más seguro que no lo sepas.
El urso la miraba sin demasiado interés, pero lo que decía tenía que ser coherente con una conversación con el editor de una revista de jardinería.
—¿Cuándo podría pasar por acá?
—Necesito prepararme un poco más y en cuanto pueda, vuelvo. Preparate para lo que sea. Tengo un plan. Cuando te avise tenés que sacar a la nena de la casa con alguna excusa. Ya pensaremos algo. ¿Cómo está Anastasia?
—Muy bien dadas las circunstancias… económicas—agregó para disimular.
—El problema es que tengo que hacer todo solo y encima me persigue tu ex y la policía.



Ágata quería contarle sobre ese policía que, si molestaba tanto a Víctor, tenía que ser honrado. No podía mencionar su nombre. Por suerte, a ellos dos nadie podía ganarles jugando al Pictionary o a “Dígalo con mímica”.
—Sobre eso podría hacerse algo.
—¿Qué?
—Podríamos hacer una presentación como en el libro de “Commissioner Rock” —Arriesgó confiando en la estupidez de su guardián.
—¿Libro?
—Es más importante el autor.
—Commissioner, es comisionado.
—En Estados Unidos puede ser, pero acá…
—Acá sería comisario.
—No tanto, un poco menos.
—¡Subcomisario!
—Exactamente
—¿Rock como la música?
—No
—Roca
—Parecido
—¿Piedra?
—No
—¿Montaña?
—¡Ahí se fue muy arriba! Me quiere sacar hasta el apellido.
—¡Ya sé, el subcomisario Peña! Lo oí nombrar, parece honrado, ¿será?
—He oído cosas buenas de un amigo en común.
—Entiendo, gracias por la información. Me tengo que ir. No me puedo imaginar lo que estás pasando pero cuando estés por flaquear, recordá a Dolina. Un beso. Chau.
—¡Perfecto! Entonces llámeme antes de venir. Gracias. —Y colgó.





“Sí, Dolina”, pensó Ágata con una sonrisa amarga: 

“¡La venganza será terrible!”






Lee la primera parte de esta novela en: 
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