El héroe reticente - Capítulo 20 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 20 (Novela Policial Negra)

domingo, 2 de agosto de 2015 0 comentarios

"A la mañana siguiente comienzo mi cacería… o como se llame cuando las presas son más y están mejor armadas que el cazador"


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Una novela policial negra por entregas 





Escrita por AQ Gimenez



(exclusivo para Diario Literario Digital)



A la mañana siguiente comienzo mi cacería… o como se llame cuando las presas son más y están mejor armadas que el cazador.





Primero voy a la rodoviaria, donde dejo en un locker las cosas que necesito para seguir viaje. El resto de mis pertenencias las dejaré en la pieza que alquilo. Si alguien investiga necesita creer que fui sorprendido y logré escapar con lo justo como un animal espantado. Nadie tiene que sospechar que estaba alertado. Ágata corre ya bastante peligro como para agregarle la responsabilidad de un chivatazo.

Me instalo en la calle del Centro Histórico donde se concentra la mayor cantidad de hoteles: La Rua Júlia da Costa.








Mantengo un aspecto bien diferente que el que tenía en mi vida anterior. El pelo cortado al ras como un colimba en su primera semana, la barba densa y la piel tostada por el sol. Más que un escritor argentino parezco un pescador bretón disfrazado con bermudas y Havaianas.



En este país siempre hay un barzinho ubicado estratégicamente para chusmear la calle. Me siento contra la pared, tomando una guaraná. No quiero tomar alcohol mientras mi vida esté en peligro inminente. Compré uno de esos pelotudos sombreritos de salsero portorriqueño que me cambia aun más el aspecto y sumados a los antejos de sol, tapan la mitad de mi cara sin que parezca sospechoso. Llevo el revólver en una riñonera con el escudo del Maringá Futebol Clube, que solo conocen los del Estado de Paraná y me identifica como nativo de la zona.









Supongo que lo primero que habrán hecho los que me buscan es chequear los hoteles telefónicamente mencionando mi nombre. Cuando ese método falle, deducirán que estoy usando otro nombre y quizás otra nacionalidad. El próximo paso será entonces recorrer los hoteles uno por uno con mi foto.

Empezaran por el Centro Histórico, donde está la mayoría de los hoteles y tarde, o más seguramente temprano, llegarán a esta calle. Desde mi mesa puedo ver el lobby del hotel de enfrente y las entradas de otros dos.
Llega el mediodía y sin moverme de la silla de plástico con el logo de Bohemia, mi cerveza favorita, en la que estoy apoltronado hace horas, pido un sanduiche natural y de postre “Romeu e Julieta”, o sea goiabada con queijo de minas, equivalente local del “fresco y batata”. Por suerte estoy en Brasil, donde a nadie le importa que alguien se pase horas enteras haciendo huevo en la mesa de un bar.






No pasa nadie sospechoso. Como de costumbre, tengo un libro, en este caso es “Secuestro Fast Food” de Ryoki Inoue, el escritor de novelas policiales más vendido de Brasil. El libro no es gran cosa, pero se supone que lo escribió en el tiempo record de ¡seis horas! Si es verdad es increíble, voy a tardar la mitad de eso en leerlo. Lo termino cuando comienza a bajar la luz y decido dar por terminada mi guardia. Tengo el culo chato y dolorido, y ni hablar de mis pelotas. Recuerdo la frase que define la guerra como noventa y nueve por ciento aburrimiento y uno por ciento terror. Sin duda estoy en la primera fase, espero que cuando llegue la otra no me paralice.





Al otro día voy a otro barzinho diferente en la misma calle, armado, además del revolver que me dio Leocádia, de un nuevo libro y un mullido almohadón.

Hoy no tengo que esperar demasiado. Cerca de las once de la mañana veo a tres tipos bien vestidos, pero con el tamaño y el aspecto de “pesados”, entrar a uno de los hoteles. Me llaman la atención pero no estoy seguro de que sean los que me buscan. Salen guardando una foto en una carpeta. A la distancia no puedo ver si la foto es mía, pero sería demasiada coincidencia que estén buscando a otro justo en esta ciudad. Los veo entrar a otro de los hoteles de la cuadra. Cuando hacen lo mismo en un tercero, ya no hay duda alguna. Me levanto para seguirlos, abandonando el libro, que esta vez era bueno, y el almohadón.




No es difícil seguirlos. Con mi sombrerito, la barba y los anteojos es imposible que me reconozcan a lo lejos. Yo soy uno más en una calle transitada. Ellos son tres grandotes imposibles de confundir. Los oigo bromear a los gritos, con expresiones inconfundiblemente brasileñas. No han venido de Argentina. Es talento local contratado.

Siguen recorriendo el Centro histórico en forma metódica, preguntando en cada hotel, hostería y hostel. Queda claro que pase lo que pase no podré volver a mi pieza.

Paran a almorzar en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Se nota que “El Zorrino” les paga bien y no tienen ningún apuro. Yo los espero comiendo un quibe assado y unas esfihas que compré en un lanchonette árabe, incómodamente sentado en un banco de cemento al que le falta un pedazo de asiento en el lugar que más molesta. Luego de casi dos horas de almuerzo piden la cuenta. Estos sicarios no tienen miedo de perder capacidad de reacción, entre los tres se tomaron como diez botellas de cerveza y una copita de cachaça añeja cada uno con el café. Yo estaría medio en pedo, pero se ve que ellos están acostumbrados, porque salen caminando casi normalmente.








Continúan entrando y saliendo de hoteles. Cuando anochece, abandonan la búsqueda y van hacia un hotel algo alejado del centro. Decido esperar afuera a ver qué pasa.

Una hora más tarde sale uno de ellos. Lo sigo hasta un supermercadito donde se abastece de lo básico: Cerveza, papas fritas y cachaça.

Ya es de noche pero la calle está bien iluminada. Por suerte esta zona no es turística y camina muy poca gente. Lo espero detrás de un camión estacionado a mitad de camino de su regreso al hotel. Cuando pasa le disparo con el Taser y cae inmovilizado sobre los adoquines. Para lo que debo hacer ahora me estuve croqueteando durante todo el día. Entiendo que este hombre en particular nunca le hizo nada a mi familia. Pero también sé que si le ordenaran torturarlos, lo haría sin pestañar.

A pesar de mi trabajo mental previo no reacciono enseguida. En el calor de una pelea es otra cosa. Pero matar a alguien fríamente, por mucho que lo hayas elaborado, es más difícil que darle un beso a Videla. Recién cuando veo que empieza a recuperar la conciencia, doy dos pasos, abro el cuchillo plegable y le corto la garganta. Sale sangre para todos lados, me salpica la cara, la ropa y las manos. Ahora que lo hice, no siento nada, hasta llego a pensar “ojalá que no tenga Sida”, con una frialdad que me asombra. Está desarmado. Le saco el celular, los documentos, la plata y la camisa y lo arrastro debajo del camión. Limpio un poco las manchas que quedaron en el piso meando sobre ellas y fregando con la ropa del muerto. Supongo que tardaran en encontrarlo.






Por suerte estoy usando una remera negra con unas bermudas de diseño surfer en rojo y amarillo y las salpicaduras no se ven demasiado con poca luz. Pero si entro a algún lugar bien iluminado voy a parecer el descuartizador de Boston de vacaciones en el trópico.

Veinte minutos más tarde suena el celular de mi primera víctima. No contesto. Insisten varias veces sin éxito. Media hora después, preocupados o simplemente cansados de esperar, aparecen los otros dos matones.
Estoy parado en una esquina haciendo que hablo por el celular que robé a su compañero. Cuando todavía están a una cuadra, por la vereda contraria, doy vuelta a la esquina, me agacho y vuelvo atrás. Los autos estacionados bloquean su línea visual, para ellos soy invisible.
Espiando entre dos vehículos espero que pasen frente a mí. Dejo las ojotas y, con el revólver en la mano camino tras ellos en total silencio.


Solamente en las películas los buenos atacan de frente. Cuando estoy a tres metros le meto al más alto tres tiros en la espalda. No es la Play Station, y no le queda otra vida.

El otro se da vuelta levantando una pierna y me saca el 32 de una patada. Meto mi mano en la riñonera e intento apuntarlo con el Taser. Pasa lo mismo, el tipo resultó ser un campeón de Capoeira. Tendría que haberlo matado primero. Un golpe en la cara me tira al piso. Se me viene encima cuando manoteo el gas pimienta y se lo vacío en la cara. Retrocede frotándose los ojos. Lo pateo en una rodilla y cuando está desequilibrado lo volteo de un golpe de puño en el plexo. Me da tiempo de buscar mi arma. Tardo en encontrarla en la oscuridad. De reojo veo que busca algo bajo la camisa, en la parte de atrás de su pantalón. Debe ser una pistola, seguramente más poderosa que mi Colt pedorro.
Encuentro el revólver y disparo tres veces. Parece que el que está ciego soy yo. Fallo dos tiros y el último da en su hombro izquierdo y no lo detiene.
Saca su arma e intenta ver lo suficiente como para apuntarme. Gatillo dos veces y no pasa nada. Mi arma está vacía.

Veo el Taser en el piso. Me zambullo como si el cemento de la vereda fuera gomapluma, tomo el aparato de electroshock pero cuando disparo levanta el brazo y la descarga da allí y no llega a inmovilizarlo del todo. Se le escapa un disparo, que da contra un auto, y cae al piso. Me arrojo encima de él, tirando de su pistola. Tiene mucha fuerza. Con las dos manos no logro arrancársela. Lo muerdo como un zombi con ansiedad oral. Finalmente afloja el puño y logro sacarle el arma quebrándole dos dedos. Le apunto a la frente y disparo dos veces. Esta vez, estoy a un metro de distancia y no le pifio.




Como si estuviera coreografiado por Tarantino, se escuchan las sirenas policiales no demasiado lejos. Tomo las dos armas, los documentos, tarjetas, celulares y un montón de reales. Es casi gracioso, “El Zorrino” está financiando mi venganza.

Ya me estoy alejando cuando me acuerdo de mi ropa ensangrentada. Vuelvo corriendo y le saco la camisa al último que mate. Insólitamente no tiene una sola mancha. Con la parte interior de mi remera me limpio como puedo la cara y las manos. El olor ácido del sudor del miedo me penetra la nariz. Tiro la prenda en el primer contenedor que encuentro y salgo corriendo antes de que lleguen los patrulleros.

Estoy temblando por la descarga de adrenalina, pero no tengo miedo, ni mariposas en el estómago. Ya no me cuesta matar, solo ruego que no empiece a gustarme.

Voy camino de la Rodoviaria cuando me doy cuenta que tengo tres celulares y puedo usarlos, total mis enemigos ya saben dónde estoy.








Lee la primera parte de esta novela en: 
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