Truch Detective - Vuelve el Sherlock segunda selección | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Truch Detective - Vuelve el Sherlock segunda selección

sábado, 11 de julio de 2015 0 comentarios


"Hasta para el limitado talento detectivesco de nuestro anti-héroe, era obvio que había muerto ahorcado"


Diario literario digital Truch Detective



Un patético cuento policial


Escrito por AQ Gimenez


(para Diario Literario Digital)



Si antes del famoso "Caso del Suicidio" Sabino Herrera se creía la reencarnación de los grandes detectives del pasado, ahora había pasado de agrandado a insoportable. 



Para peor, aunque todavía no lo habían ascendido, la superioridad había cambiado a su compañero. 



Afuera Galletti, tosco, vago,  feo y maloliente. Adentro Lucila Rossi, fina, trabajadora, inteligente y más buena que el pan caliente con manteca.







Ya en el primer asesinato que investigaron juntos, Lucila había determinado que SH, como se hacía llamar su "partner", recordando a su admirado Sherlock Holmes, era un pelotudo.



Lamentablemente para ella y afortunadamente para él, Lucila encontraba las pistas, atosigaba a los sospechosos, supervisaba las autopsias y los análisis de la Policía Científica, y escribía los informes. En la división del trabajo de la pareja policial, la única actividad en la que sobresalía Sabino, era hablar con los Capos, y mandarse la parte.




Como si no fuera suficiente hacer la mayoría del trabajo con un mínimo de reconocimiento, tenía que sufrir el acoso de SH, sutil y caballeroso como un carnicero de Ezpeleta.


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Lucila Rossi era demasiado decente como para deschavar lo que sucedía. Por lo tanto, ella ganaba unos pocos puntos, como "novata", mientras que su socio parecía ir camino al estrellato de los Guardianes del Orden.



No es fácil, sin embargo, conservar la imagen de astuto sabueso cuando no te sobra una neurona. Las boludeces de Herrera y las salvadas de Rossi comenzaban a desparramarse por la Central y las Comisarías cual tarro de pintura pateado por un borracho.

Sabino Herrera sería un pelotudo pero, como muchos de sus congéneres, tenía un instinto de supervivencia burocrático digno de un Apparatchik soviético.

Ese afinado radar para rosquear le sonaba en la cabeza como el ¡Mayday, Mayday! de las películas yankis.





Necesitaba que TODOS vieran cómo resolvía un sonado caso sin la ayuda de su compañera.

Cuando el Jefe les encargó investigar un extraño asesinato en Belgrano,  en una casa que casi casi alcanzaba el rango de mansión, SH supo que esa tenía que ser su oportunidad.

Hasta para el limitado talento detectivesco de nuestro anti-héroe, era obvio que el mediático empresario dueño de la escena del crimen, había muerto ahorcado.

La lengua afuera, los ojos casi salidos de las órbitas y las hemorragias petequiales daban una pista. Pero el delgado alambre incrustado alrededor del cuello de la víctima, con un trozo de madera en cada extremo,  no permitía dudar.


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Como siempre, Lucila interactuó con los de la científica, descubriendo quemaduras consistentes con un Taser o pistola eléctrica.
Eso explicaba la ausencia de signos de pelea. El choque eléctrico lo había inmovilizado. No había ningún jarrón roto ni un mueble fuera de lugar. Sólo la alfombra estaba arrugada
bajo los pies del occiso.

Mientras su socia recolectaba pruebas, Sabino hizo lo que mejor  hacía... conversar. En este caso mientras tomaba mate en la cabina de los vigiladores del edificio que estaba frente a la casa. 

Dos horas más tarde, una cansada y pensativa oficial Rossi salía de la casa. SH saludó a los policías de alquiler y corrió hacia el auto que compartían.

—¿Encontraste algo? —Preguntó Sabino.

—Ninguna prueba material. No hay huellas dactilares en el arma y la casa tiene decenas de huellas diferentes, tardarán varios días en procesarlas a todas. Tampoco hay rastros de ADN que puedan pertenecer al agresor.—Dijo Lucila mientras lo miraba como si fuera uno de esos restos de caca que caen en el trayecto del inodoro al bidet.

—¡Qué cagada! —Contestó Herrera en una extraña coincidencia con los pensamientos de su compañera.
—¿Alguna idea acerca del motivo?

—El muerto estaba hasta acá de deudas. —Dijo la agente señalándose la frente. —Y parece que estaba estafando a su principal asociado, Pascual Otero, un tipo peligroso, conocido por la policía, con más entradas que Nicolas Cage.





SH puso su cara número 2 (la que creía que lo hacía parecer inteligente y pensativo) y arrancó el auto. Raro en él, habló muy poco hasta llegar a la Central, donde dejó a su socia para que escribiera el informe preliminar, y luego, sin ninguna vergüenza, se fue a su casa.

Al llegar a la mañana siguiente a su oficina lo esperaban dos noticias: Una buena y otra mala. La buena era que habían encontrado aún más pruebas que conectaban al oscuro Sr. Otero con el reciente fiambre. Es más, la muerte del empresario le facilitaría renegociar contratos, cobrar seguros y recuperar el dinero perdido.
La mala noticia era que Pascual Otero había pasado la noche en una fiesta, rodeado de familiares, amigos, mozos, chefs, y hasta un conjunto de regaetton. Todos juraban sobre un estante lleno de biblias que no se había movido del salón hasta el amanecer.



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Según los forenses el asesinato se había producido entre la una y las tres de la mañana. Acusar a Otero sin ninguna prueba, a pesar de las dudas que pudieran existir sobre la veracidad de los testigos, era imposible.


Todos los agentes asignados al caso estaban con una expresión similar a la parte del cuerpo con cachetes, que no es la cara.

Todos menos Sabino Herrera. Se sentó poniendo su mueca 2.0 (parecida a la 2 pero más intensa).



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Parecía pensar recalentando sus sinapsis. Sólo su socia sabía que el acto de razonar lo superaba.

Minutos después se levantó de la silla, invitó con un gesto de la mano a todos los presentes a seguirlo y se dirigieron al barrio de Belgrano.


Se necesitaron cuatro patrulleros y un auto sin marcas para llevar a todos. Nadie se atrevió a preguntar para qué carajo lo hacían.

Sin hablar, enfocando la mirada como un hipnotista un poco gil, se paró en el medio de la cuadra, frente al lugar del homicidio. Antes de que a alguien se le ocurriera cortar el tráfico, un taxi casi se lo lleva puesto. Pero SH no se inmutó. Primero miró hacia ambos lados de la calle. Luego pasó entre los autos estacionados, observando al piso. 

De repente se agachó acercando su mano hacia el ángulo que formaba el cordón de la vereda con el hermoso empedrado.
Levantó una colilla de cigarrillo. Los policías lo miraban sin comprender.

SH le preguntó a su socia, que todo lo sabía:

—¿Qué marca fuma Otero?

—Algo fuera de lo común. Gitanes, franceses, importados.





Con una sonrisita canchera, onda James Bond con úlcera, Herrera mostró el pucho mojado. La marca aún se podía leer: Gitanes.


Un ¡ooooooh! emitido por discordantes voces altas y graves se levantó en la fría mañana como un coro mal afinado.

La única que se animó a decir algo fue Lucila:

—Es una buena pista, pero solamente circunstancial. No alcanza para contrarrestar a decenas de testigos que aseguran que estaba a varios kilómetros de aquí.

SH le dio el cigarrillo a una técnica para que lo embolsara y volvió a caminar entre los autos. Estaban todos estacionados en un solo lado de la calle.

Con un movimiento de la manito llamó a un uniformado:

—Averiguame si en la noche del crímen alguien estuvo poniendo multas por esta cuadra. Esta zona tiene gente demasiado poderosa como para usar la grúa. 

Otro ¡ooh! de menor intensidad.

Diez minutos después estaba al habla con el agente de tránsito que había recorrido esa área. Había hecho dos multas esa noche, en esa cuadra.


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Una de las patentes era de un BMW, registrado a nombre de una empresa.
El principal accionista de la empresa era Pascual Otero.

En minutos avisaron al juez, consiguieron las órdenes necesarias y secuestraron el vehículo. Las únicas huellas digitales que encontraron eran las del vengativo empresario.
Teniendo la patente y la foto del vehículo, no fue difícil seguir, en diferentes cámaras de seguridad, su trayecto desde el salón de fiestas en Avellaneda hasta la casa de la víctima y su regreso.
Presionando con esa información, difundida por todos los canales de televisión, lograron que varios testigos reconocieran que Otero había desaparecido de la fiesta por un par de horas.


Cuando arrestaron al asesino, otra vez hubo vivas y aplausos de sus compañeros, y hasta de una sorprendida Lucila.


Por esta única vez, el informe, redactado para su propio lucimiento, lo escribió él.

Incluyó todos y cada uno de los detalles, indicios y pruebas. Con una excepción:





Nunca mencionó el CD de la cámara de seguridad del edificio frente a la casa del muerto. En ese disco robado en una distracción de los vigiladores, se veía claramente a Otero fumando antes de salir del auto y dirigirse al caserón. Y unos minutos después al patrullero de la Policía de Tránsito multándolo...


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para Diario Literario Digital






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