Notas sobre el "Potlatch" (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Notas sobre el "Potlatch" (Psicoanálisis)

martes, 7 de julio de 2015 0 comentarios

"El potlatch propone una forma única de intercambio de bienes. Se contrapone al comercio común, proponiendo otra ética que la capitalista y la socio-comunista. Simplemente se trata de destruir, quemar, tirar al mar, hacer añicos la riqueza para tomar un lugar en la polis que se habita". 

Diario literario digital Potlatch


INTRODUCCIÓN

 ( A cargo de Redacción de Letras Opacas)



En su ensayo "La parte maldita", obra en que señala cuánto pesa para cualquier sujeto o comunidad eso que hoy llamaríamos lo “políticamente incorrecto” ( esos goces inútiles y hasta a veces impresentables que dan sin embargo sustancia a nuestras vidas) Georges Bataille introdujo como parte de eso maldito tanto al dispendio (la dépense en el francés en que fue escrito el texto) que sustenta todo tipo de fiesta; así como al crimen. Este implica siempre pasar una frontera hacia el goce del Otro: sus bienes, su cuerpo, sus prolongaciones narcisitas (su honra, su familia, su nombre).

De entre los ejemplos de “parte maldita” sitúa en lugar esencial al dispendio del potlatch.
Para los antropólogos previos a Marcel Mauss, maestro y guía de Claude Lévy-Strauss, la institución del potlatch era reducida a un mero fenómeno arcaico de intercambio de bienes, trueque primitivo de sociedades atrasadas.


Silvia Amigo retoma el tema del potlatch desde otro sesgo. Dándole valor de goce no necesariamente “maldito”, si bien sin dudas más allá del circuito de los bienes utilitarios, y poniendo a discusión del lector la hipótesis de que el psicoanálisis opera en la línea de este modo de proceder, que para la autora no tiene nada de “atrasado” o “primitivo”.
  


Notas sobre el "Potlatch"

Clase N° 2 del seminario “Clínica de los Fracasos del Fantasma”. Luego capítulo segundo del libro del mismo nombre. 

 Escrito por la Dra. Silvia Amigo

Psicoanalista







En el capítulo anterior nos detuvimos en la consideración de una tela célebre de René Magritte. Pareciera que “La condición humana” (tal es el título que el pintor eligió para su cuadro) tiene que ver con el intento de alcanzar, a través de un agujero bordeado y enmarcado prolijamente, algo que no es lo real del paisaje, sino lo que vuelve a nosotros como alcanzable de ese paisaje, por medio de una representación.

En el lugar donde podría entreverse el paisaje, el artista ubica un bastidor –que hace cuadro dentro del cuadro– donde se ha pintado una reproducción del paisaje. Por estar perdido, el paisaje puede ser suplido por una representación de la que disfrutamos.





Hoy vamos a citar a otros artistas, a los poetas escandinavos de poco después del neolítico. Tomaré estos versos, citados en el gran clásico de Marcel Mauss “Ensayos sobre el don”, que forma parte de su libro “Antropología y sociología”. (1) Este texto de Marcel Mauss es un super clásico de estas dos disciplinas, que ha pasado a la historia y tiene en las bibliotecas un lugar asegurado como libro de consulta, porque se considera un libro canónico dentro de su área. El prólogo del libro en la edición francesa fue escrito por Claude Lévy-Strauss, y es considerado el manifiesto fundacional estructuralista, que da basamento a lo que va a ser toda esa escuela de antropología. 


En este libro primigenio, Mauss, inmenso antropólogo, ensaya la primera hipótesis razonable acerca del “potlatch”. Antes de intentar ingresar en su misterio, cedamos la palabra a unos remotos poetas escandinavos: 
He aquí unos poemas del Havamál, que forman parte de la Edda escandinava, en traducción personal desde la traducción al francés del propio Mauss:
“No he encontrado nunca un hombre tan generoso, ni tan dadivoso para nutrir o alimentar a sus huéspedes, que ‘recibir no sea recibido’”.


“Ni he encontrado un hombre tan derrochón de sus bienes, que recibir en retorno le fuera desagradable”.
Mauss se detiene bastante en ese “recibir no sea recibido”. Y deduce que significa “que no le sea agradable recibir”, o bien que “no reciba el recibir”.




Continúo con la saga escandinava:
“Con armas y vestimentas, los amigos, deben agasajarse. Cada uno lo sabe por su propia experiencia, aquéllos que se intercambian mutuamente regalos son amigos para siempre, si las cosas andan bien”. 
“Uno debe ser un amigo para su amigo y devolver regalos por regalos, uno debe devolver risa por risa y fraude por mentira”.


Tú lo sabes, si tienes un amigo en el que confías y si tú quieres que la cosa marche bien, debes mezclar tu alma con su alma y cambiar regalos y rendirle a menudo visita”.

¿Qué significa toda esta historia de los regalos intercambiados?

Continúo la traducción: “Pero si tú tienes otro amigo, del que desconfías y si no quieres que las cosas salgan mal, debes decirle bellas palabras, mientras piensas lo contrario, y devolver fraude por mentira” 


“Así es, así sucede con aquél en quien tú no tienes confianza y de quien sospechas de los sentimientos, hay que sonreírle, pero hablar contra tu corazón. Los regalos devueltos deben ser parecidos a los regalos recibidos”.


“Los hombres valerosos y generosos tienen la mejor de las vidas, ellos no tienen jamás temor, pero un cobarde tiene miedo de todo. El avaro tiene miedo de recibir regalos”.

Debo agradecer al antiguo poeta por lo certero de estos versos. ¡Cuánto saber de la estructura es el que emana, por ejemplo, de este último verso! El avaro no tiene miedo de dar regalos, sino que el avaro tiene miedo de recibirlos.

La conducta y la ética que aconsejan estos versos son los que investiga Mauss, y encuentra testimonios de un acabado cumplimiento en decenas de tribus de la época post- neolítica muy alejadas entre sí. Todas ellas comparten un extraño ritual llamado “potlatch”.
Esta lógica es la de dar regalos para hacerse amigo, para mezclar el alma de unos con la de otros a través de los dones intercambiados, es una ética que indica la devolución de los regalos y también de las malas acciones.

Este último punto la diferencia de una lógica de la oblatividad. Por ello incluye cláusulas que a una moral oblativa le parecen antipáticas, tales como “hay que devolver fraude por mentira”. 


Mauss va a ser el primero de los antropólogos que discuta la tesis oficial sobre el potlatch, ritual enigmático que mucho antes de Mauss constituyó un dolor de cabeza para estos estudiosos. Este es un antiguo ritual de tribus muy antiguas, apenas posteriores al neolítico, del que quedan aún hoy indicios. Se constatan indicios de su vigencia aún hoy entre los indígenas australianos, mahoríes, pigmeos, algunas tribus celtas, tribus de Siberia, indios australianos e indios de América del norte - de donde va a venir la palabra potlatch.


Hasta Mauss, los antropólogos atribuían el potlatch a un modo atrasado de economía, modo salvaje que era el de trueque, mezclado con trazas de “pensamiento mágico”.


Mauss descarta la idea de que estos potlatch sean producto de un simple primitivismo carente de matices, postulando en cambio que estos intercambios son parte de sistemas tan complejos, tan cargados de consecuencias, tan importantes para la trama social entera en que se realizan, que decide llamarlos “prestaciones sociales totales”, porque van a implicar el total de la vida simbólica de esa comunidad. Se trata de un intercambio reglado que funda los lugares que cada quien ocupa en la trama social. Para nada evoca al desprendimiento masoquista.


De aquí a la idea de estructura en antropología había un paso, que es el paso que franquea Lévy - Strauss cuando, en el prólogo –a este ensayo y a otro ensayo magnífico sobre la magia– al total esta idea de fenómeno social total, le da apenas una vuelta más y pasa al estructuralismo.


Las prestaciones sociales totales son reglas muy complejas de intercambio, no sólo de bienes materiales o de riqueza, son sobre todo intercambios de gestos de cortesía, de rituales, de fiestas, de mujeres y de niños. Se trata de un intercambio sofisticado y simbólico. En la saga escandinava que examinamos más arriba, cada vez que dice “regalo” se puede sustituir regalo por niños, esposa o mujer, es decir dar en casamiento una mujer, dar una fiesta, dar un ritual.





El potlatch constituye, según Mauss, la clase más pura del fenómeno social total de intercambio.

Potlatch es un vocablo que en la lengua chinook –tribu de América del Norte– quiere decir “alimentar o consumir” –alimentar no a sí mismo, sino alimentar a otro. En esa tribu y en las vecinas –como la tribu aida– tiene también por extensión la significación de “matar la riqueza”, asesinar ritualmente la riqueza.
El potlatch es una clase de prestación social total, en que simplemente se trata de destruir, quemar, tirar al mar, hacer añicos la riqueza.



Fiesta del potlatch, hoy.

Mauss subraya con razón que se trata de una prestación social de tipo agonístico. La palabra griega “agon” quiere decir en principio, arcaicamente, asamblea, conjunto de ciudadanos. Más adelante tomará la significación de contienda, sea ésta bélica o festiva. De esa raíz surge nuestro vocablo “protagonista”, que designa a aquél que puede formar parte, como contendiente privilegiado, de una asamblea humana. Que el potlatch sea una prestación social total de tipo agonístico indica que quien no es capaz de hacer un potlatch, no devendrá protagonista de nada, no entrará en calidad de protagonista en su comunidad.


Un potlatch por ejemplo, se da en una fiesta de bienvenida: Llega un jefe vecino a una tribu y ésta, para homenajearlo, en su honor, lleva sus canoas al mar y tira por la borda la mitad del cobre que ha acumulado.


Pero ¿qué quiere decir esto? ¿Podemos acordar con quienes sólo veían en este fenómeno un indicio de atraso? ¿Por qué, en contra de la moral capitalista que llegará después, estas tribus hacen esto?
En principio, para simplemente dejar en claro la importancia del anfitrión, Mauss comenta que ulteriormente el jefe de la tribu que hizo el potlatch al otro jefe, será considerado un “gran hombre”.




Potlatch en la actualidad

En la capacidad de desprenderse de la riqueza, de matar la riqueza, en la capacidad de dar, sin cálculo –el potlatch va a ser rigurosamente devuelto, pero no puede ser ofrendado por cálculo, sino no es potlatch– un jefe gana su prestigio, su autoridad, su trascendencia, por sobre su propia gente y por sobre los otros jefes. Cuando él vaya de visita a la tribu a quien él homenajeó, también va a recibir los honores de un potlatch. Pero no los recibirá si no los dio antes.
También se da, al jefe que visita a otro jefe, por ejemplo, una esposa.

Uno de los modos privilegiados del regalo es dar una mujer que se case con el jefe visitante. A su turno, de esa esposa, casada con el jefe vecino, toda la tribu va a recibir prestaciones de devolución. Si la tribu que recibió una mujer como esposa se dedicaba a la pesca, la tribu que donó esa esposa tendrá derecho a recibir toda clase de frutos del mar, durante el tiempo en que vivan los esposos.








¿De qué bienes se es dueño?



¿Podemos desechar de plano estos comportamientos, que suenan tan extraños a nuestras mentes forjadas en la idea de acumulación de capital? No lo creo así.

Hay algo que indica un profundo saber de la estructura en los comportamientos de esta gente aparentemente aborigen o primitiva. Ellos saben que sólo se tiene realmente lo que uno está dispuesto a dejar ir, que uno sólo manifiesta alguna propiedad sobre aquello que está dispuesto a dar. El prestigio, el brillo del nombre, vienen de esta capacidad de dar, de hacer circular. Los dones van a ser rigurosamente devueltos, porque el que ha dado toma la categoría de aquél que merece recibir. Pero el primer acto de don es acto de fe carente de cálculo, y consiste en desprenderse de bienes o “matar la riqueza”.

Si un miembro de una de estas tribus acumulara lo que para él fuera muestra de riqueza, por ejemplo productos del mar, sería muy mal visto como derogándose a sí mismo de los lazos comunitarios. Las tribus norteamericanas, cerca de Alaska, vivían inviernos terriblemente crudos, inviernos blancos, cubiertos de nieve, en que arriesgaban quedar sin alimento. En esas ocasiones una tribu que se dedicara a la extracción de cobre podía llegar a depender para su subsistencia de la devolución del potlatch de tribus pescadoras. La mera supervivencia social estaba asegurada en el intercambio de bienes, sin que mediara otro contrato que este movimiento “donado” e incluso “festivo” de los objetos.

Si una tribu habitante de las montañas, dedicada a extraer cobre de las minas, guardara para sí su cobre, y no lo diera en potlatch, durante las hambrunas de invierno arriesgaría no recibir alimento como devolución ritual. No porque se ejecutara una venganza, sino porque no sería reconocida como una comunidad que mereciera el reconocimiento de otra, una tribu que no estuvo a la altura de hacer un potlatch.

La ley del intercambio de bienes funda el potlatch y toda la teoría de los regalos. Según esta ley, los bienes no son para ser acumulados. En esa lógica de nada me serviría guardar cobre para atesorar. Se es dueño y rico en cobre si se lo puede dilapidar, si se lo puede tirar por la borda de una canoa, si se lo puede perder ritualmente.







El “hau” y el “maná”



Otra cosa que discute muy duramente Mauss, es la idea de que era indicio de pensamiento primitivo y atrasado el pensar que las cosas que se daban portaban también el “hau” del donador. El “hau” es el alma, el espíritu de quien da, y a tal punto ello está comprometido en el regalo que, dándose una cosa, se da también el “hau” del donante. 

Intentaré referir una leyenda cuya lectura me ha fascinado.






Un aborigen mahorí, Tamati Ranaipiri, informador de R. Eldson Best, antropólogo anterior a Mauss, intenta explicarle, con bastante desesperación por hacerse entender, qué diablos es el “hau”. Le dice así:

“Yo le voy a hablar del ‘hau’. El ‘hau’ no es el viento que sopla. No, no, en absoluto. Suponga que usted posee un artículo determinado, cualquier cosa, un objeto, y si usted me da a mí ese artículo, usted me lo da sin precio fijo. Nosotros no hacemos mercado a propósito de ese artículo. Entonces yo, ese artículo que usted me dio se lo doy a una tercera persona. Esta, después de cierto tiempo, decide devolver algo como pago, me hace una regalo de algo. Ahora bien, ese algo que él me da es el ‘hau’ de la cosa que yo recibí de usted y que yo a mi vez le había dado.

La ‘taonga’ que yo he recibido a cambio de lo que he dado, es necesario que yo se la devuelva a usted, no sería justo de mi parte guardar esos objetos para mí, ya sean deseables o indeseables, debo dárselos porque ellos tienen un ‘hau’ de la cosa que usted me había dado al principio. Si yo conservara este segundo objeto, podría sucederme algo muy malo, muy serio, aún la muerte. Ese es el ‘hau’, el ‘hau’ de la propiedad personal, el ‘hau’ de nuestra tribu, el ‘hau’ de cada uno de nosotros. Bastante por ahora”

Como se constata, el “hau” de una “taonga” (bienes de la línea materna) aparece en la medida de su circulación al menos entre tres personas, y produce imperativamente la obligación de su devolución.
Mauss se pregunta si se trata en verdad de una cosa primitiva y loca. Pensemos en nuestra vida cotidiana, la de hoy día. ¿Quién no se ha vuelto loco tratando de elegir un regalo para su pareja? ¿Por qué?

Porque uno no puede salir del paso con la primera cosa que ve en una vidriera. Uno, lo sepa o no, desea regalarle a quien ama un objeto que transmita su “hau”. Y el cónyuge, lo sepa o no, recibirá con alegría únicamente un regalo capaz de efectuar esa transmisión de “hau”.


Cada quien habrá pasado ese momento tan espinoso de elección de un regalo para una ocasión especial y sabrá, por haberlo experimentado en lo real, que no es nada fácil encontrar un objeto que al ser regalado, traspase esa esencia.


Inversamente, cada quien ha sentido alguna vez la profunda decepción que produce un regalo que no participa en nada del acto de don del potlatch. Cuando uno sabe que fue la secretaria del marido quien le dijo al florista que mande doce rosas de cualquier color, que no dicen nada, cuando se reciben esa suerte de regalos mecánicos, se suelen sentir ganas de tirar las flores al basurero. Aún hoy, lo que se espera en un regalo es el “hau” de la persona que decidió dar algo. Y sólo en la medida en que porta el “hau” el regalo llega a la altura del potlatch.

Sólo entonces el regalo, que hace que nuestro ser quede tocado por el “hau” del otro, produce una modificación en lo profundo de nuestro vínculo con el donante.


Como afirmaban nuestros ancestros, las cosas que nos importan llevan puesto el “hau” del que nos las ha donado. Cualquiera que se haya mudado habrá pasado por la experiencia de tener que decidir desprenderse de pequeños objetos que carecen por completo de valor de mercado. Cajas, souvenirs, cartas, cuadernos de notas, muñecos, fotografías. Estos pequeños recuerdos, estas nimiedades, de las que resulta tan doloroso desprenderse, demuestran detentar algo que nos representa a nosotros mismos o a quien nos lo ha dado.


Por supuesto no se puede calcular sobre qué objeto va a recaer el “hau”. Hay jardines de infantes que piden que los niños lleven un almohadón, o algún otro objeto de la casa. Lamentablemente no se puede estar seguro de que, para ese chico, el almohadón porte el “hau” de la madre y lo tranquilice en su ausencia. 
El objeto transicional, ese objeto que por el hecho de representar a la madre permite separarse de ella, es la prueba más fuerte de que las cosas tienen “hau” y que portan algo de uno. 


No se trata en el “hau” de una vieja historia en desuso. Hay en la idea de “hau” un profundo saber de la estructura.


Descartes tuvo muchos descendientes, uno de los cuales es la “lista de regalos”. No voy a quejarme de Descartes. Este filósofo fundador de los tiempos modernos, llevó a cabo una operación magnífica al afirmar que el verbo, la palabra, no es atributo divino sino humano. Desde entonces es quien puede proferir el “pienso” el que puede ser un “sum” un ser.

Lo que tiende a olvidar Descartes es que uno no piensa todo, tal como lo pretende la ciencia moderna. La ciencia moderna cree que puede pensarlo todo, y esto que excede al pensamiento, eso que el pensamiento no puede pensar, que los analistas llamamos “real”, es algo que la ciencia cree poder reducir a cero, demostrando allí su potencial forclusivo tan de temer.


Descartes engendró varios nietos y bisnietos. Un bisnieto de Descartes es la lista de casamiento. Cuando uno es invitado a un casamiento, obediente, elije algo en esa lista. Por supuesto este regalo moderno es casi indefectiblemente cambiado por los nóveles cónyuges por algo que resulte aún más práctico.


¡Qué poco queda en esta funcional manera de regalar del precioso traslado de “hau” que preside al regalo antiguo!


¡Cuánto nos emociona hoy recibir un verdadero regalo, un regalo de esa clase que hace que un alma se mezcle con la otra!


Estos regalos antiguos no pasan algo que el donante posea, sino el punto precioso en que el objeto sea tan singular que pueda representar lo que justamente le falta.


La lista de regalos, con su practicidad, enfatiza la seguridad de dar algo necesario. ¡Es algo tan poco romántico, es tan cartesiano! 


Lo que da a una persona la medida de su capacidad de ser alguien, de entrar en lazo social, no es lo que puede acumular. Lo que da la medida de la fuerza del sujeto, lo que la medida de su posibilidad de estar entre otros seres humanos, es lo que está dispuesto a perder, es lo que está dispuesto a donar de valioso, de portador de “hau”.


Esta fuerza del que puede dar tiene como efecto también la aparición de lo que los tribales llamaban “maná”, la fuerza carismática de alguien, su prestigio. El maná proviene entre otras cosas de la capacidad de hacer potlatch.


Si alguien en su tribu es reconocido como jefe, es porque ha demostrado ser digno de su nombre propio al desprenderse de la cosa, al asesinar la riqueza. El nombre propio señala a quien se constituye sujeto, si ha podido salirse del espacio de los meros bienes.

El potlatch define por ende también la filiación. Si uno ama a un hijo no lo toma sólo como un pedazo de carne apto para completar a aquél que lo hizo venir al mundo. Dado que uno lo ama, se desprende de él en tanto bien que se retiene, y le dona un nombre propio que deja claro que no se trata de una cosa. Los objetos de posesión no tienen nombres. Los floreros no tienen nombre, si tuvieran nombre, porque a veces uno se encapricha con un objeto y lo nombra, entonces ese objeto empezaría a ser otra cosa que una cosa.







Tres obligaciones y el brillo del nombre



En el “sistema de prestaciones sociales totales”, de las cuales una es el potlatch, hay tres obligaciones: la obligación de dar, la obligación de recibir y la obligación de devolver. Estas tres obligaciones no tienen ninguna relación con el comercio común, que existía en estas tribus, con otros nombres que lo diferenciaban rigurosamente de este acto de don, ese que hace al prestigio en el lazo social. En el comercio –que existía– era totalmente aceptado el regateo, se consideraba totalmente normal para las reglas del comercio tratar de pagar lo menos posible. En el potlatch en cambio el que ganaba era el que daba más, era el que se avenía a desprenderse más. El potlatch plantea la perspectiva de una suerte de plusvalía al revés.

La ética del potlatch, que es la ética del psicoanálisis, es estrictamente inversa a la ética capitalista. Ahí donde el regateo, que existía en esas tribus como parte del comercio estaba legitimado, en el potlatch el que adquiría maná era el que podía dar más, el que en los torneos rivalizaba con otros intentando demostrar cuánto más era capaz de donar.

Hay obligación de dar porque el que no da se deroga a sí mismo en su nombre propio, se rehúsa al lazo social, a la alianza, a la comunión. No dar equivale a declarar la guerra. Todo esto vuelve a ponernos en posición de creernos por fuera de estos primitivismos. No estamos, sin embargo, y por suerte, completamente por fuera de esta lógica. Si en nuestros días alguien va de visita y no se le ofrece un café, o no se lo hace pasar, las consecuencias son similares a una declaración de guerra.

¿Cuáles son nuestros potlatch de hoy? Dar una cena, ofrecer una fiesta. Las fiestas son potlatch, celebrar que nuestra hija cumple los quince años, celebrar que nos casamos, celebrar el nacimiento de un chico, es ofrendar un potlatch.

Se escuchan cartesianas teorías pragmáticas acerca de la inutilidad del gasto en una fiesta. En efecto, ¿para qué hacer fiesta? Eso cuesta mucho dinero. Si no se lo tiene, no hay más remedio que no hacer la fiesta. Pero si uno lo tiene ¿qué mejor que sancionar con un potlatch un matrimonio, un nacimiento, una presentación en sociedad? 


Cuando se puede dar una fiesta, qué mejor que ese gastar “inútil”, ese destruir riqueza en una noche, para mostrar en sociedad este nuevo vínculo, para hacer que el “maná” de ese vínculo exista.

Una historia aún, esta vez la de la tribu tsimshian, que dice así:
“Una princesa de una de las ciudades tsimshian concibió un niño en el país de las focas. Ella da a luz, milagrosamente, a su niño llamado ‘pequeña foca’. Ella vuelve, con su hijo ya crecido, a la ciudad de su padre, el jefe. ‘Pequeña foca’ pesca grandes bacalaos, con los cuales su abuelo, el jefe, hace fiestas para todos sus camaradas, jefes de las tribus vecinas. Él presenta a todos a su nieto y recomienda que no lo maten cuando lo encuentren en el mar bajo la figura de un pez.”
Interrumpo aquí el relato para subrayar algunas ideas. Una princesa, una hija de jefe, concibe un niño. El nombre que se da al pequeño heredero, “pequeña foca”, indica la pertenencia a la tribu pesquera. Por extensión afirma que los peces pertenecen a ‘pequeña foca’. Delimita y demarca un territorio, pero no cuando “pequeña foca” pesca y por ende se apropia materialmente de los bacalaos, sino cuando hace la fiesta dando de comer los bacalaos que él pescó. Sólo cuando su abuelo dona los peces en potlatch, “pequeña foca” se apropia de los peces que no podrán ser consumidos por otras tribus, ya que matar a un pez equivaldría a matar al nieto del jefe que ofreció el potlatch.

El jefe presenta en sociedad a ‘pequeña foca’ ¿cómo? dando un festín con los peces que pesca ‘pequeña foca’. Es al dar el festín, al dilapidar los peces, que él puede decir que los peces son el reino, el lugar, el territorio de su nieto y que por ende hay tabú, para los demás, de pescarlos.

No se trata de fenómenos sólo dignos de una mente primitiva. Historias de todos los días en el diván nos recuerdan la vigencia de esta ética. Dice ella: “yo soy amante de tal, pero no me lleva a ningún lado, no me presenta a nadie. Si no me presenta a nadie ¿cómo va a pretender que no se me declaren los otros hombres?”.

No hay nada que hacer, no hay progreso. Presentar a alguien en sociedad, es una mini fiesta, es también potlatch, son actos de intercambio simbólico que marcan el territorio que es de uno.

Sigo con la leyenda: “He aquí a mi nieto, quien les ofrenda este alimento para ustedes, yo se los estoy sirviendo, huéspedes míos. Así el abuelo se volvió rico con toda clase de bienes, que le ofrendaban cuando esos extranjeros llegaban de visita a comer los peces, y devolvían otros bienes.” 

Quisiera subrayar que al poder decir “éste es mi territorio” la familia se comprometía a dar a los demás los peces para comer, no los retenía, no los freezaba y los guardaba a -30°, los daba. Al dar esos peces podía recibir en devolución otros bienes, que tribus de otros parajes donaban. Aquí aparecen las reglas del intercambio no fundadas en el comercio.

Continúa : “(…) pero en la fiesta de presentación el abuelo se olvidó de invitar a un jefe. Un día que un grupo de remeros de la tribu despreciada encontró en el mar a ‘pequeña foca’, quien sostenía por la garganta a un bacalao, el arquero mató a ‘pequeña foca’ y tomó el pez. El abuelo buscó a ‘pequeña foca’ hasta que fue alertado de lo que había sucedido. El jefe abuelo se excusó con la tribu despreciada. Esta explicó que no podía reconocer a ‘pequeña foca’, que lo habían matado porque no sabían quién era. La madre murió de pena.” 

¿Qué es lo que sucedió para que esta historia termine de manera trágica? El abuelo jefe donó un potlatch con los peces pescados por el nieto pescador, invitando a los jefes de las tribus vecinas. Pero olvida a uno, para quien viola la obligación de dar. Ante los jefes que sí invita puede exigir reconocimiento para el nieto, quien de ahí en más existirá en su nombre propio y merecerá los honores y el respeto acordados a un príncipe.

El séquito del jefe que no fue convidado, en cambio, no reconoce a ‘pequeña foca’. Y esto porque para ellos él era nadie, dado que no había habido presentación en sociedad, no teniendo por ende derecho al reconocimiento social. Como es “nadie”, se lo matará y se tomará el pez que estaba pescando. El abuelo no declara la guerra a esa tribu, el abuelo pide disculpas, y la madre muere de pena.

Una vez más que uno se siente tentado de decretar, es el producto de una mente de salvajes. Pero…¿A quién no le pasó alguna vez no ser invitado a una fiesta? La respuesta más frecuente a ese desprecio es decidir, de ahí en más, que quien no nos invitó, no existe ya para nosotros.


Al no dar uno no sólo deroga al otro. Lo que es más difícil de ver es que al no dar uno se deroga a sí mismo. Al que yo no le doy, para ese yo no existo. Me hago dueño de lo que estoy dispuesto a hacer circular, desprendiéndome.


El potlatch tenía también una faz sagrada: era considerado indigno pedir a los dioses, ya que a los dioses se les da. Se esperaba que los dioses, estuvieran dispuestos a dar algo a su vez. Nadie pensaba que tuviera derecho de pedir sin haber primero dado.

Pasemos a la segunda obligación, la de recibir. ¿Por qué hay obligación de recibir?

Esta regla es más compleja de lo que parece. Recibir dista mucho de ser una tarea pasiva y confortable. Recibir crea obligaciones.

Me acuerdo todavía de una paciente a la cual un señor había seguido por la calle, ofreciéndole un ramo de rosas. Ella, que adora las rosas, tomó el bello ramo sin querer comprender que el señor exigiría, después, devoluciones. Esta chica moderna no había comprendido que si ella tomaba el “hau” del señor, tendría que darle a él, a su vez, algún “hau” de ella. Por supuesto la historia terminó bastante mal, lo que recuerda que si uno recibe debiera no ignorar que está aceptando un compromiso. 

Entonces, si resulta tan comprometedor, ¿por qué hay obligación de recibir?

Porque si alguien se niega sistemáticamente a recibir es que se rehúsa a la alianza o a la comunión. 

Volvamos a la sabiduría de la saga escandinava. Recordemos un verso: “El avaro teme a los regalos”. ¿Por qué? Porque sabe que el regalo lo compromete a devolver. ¡Y a devolver el “hau”! ¡Nada de salir del paso así nomás! Hay obligación de devolver, porque una vez que he recibido el “hau” de alguien, no me lo puedo quedar, tengo que hacerlo circular. Devolver relanza el circuito de los dones.

Para ver que seguimos bien de cerca problemas del sujeto y también de la clínica: ¿Por qué razón uno discute el pago de una sesión? ¡Sería tanto más cómodo no entrar en ese arduo territorio transferencial y permitir que no se pague!
¿Por qué es importante cobrar? ¿Por qué es importante pagar? Porque el pago mismo demuestra la capacidad de un sujeto de hacer potlatch. Es decir de tener “maná”, prestigio y fundamentalmente nombre propio.

El “contrato” analítico no forma parte del área del comercio, sino que ingresa de lleno en la del potlatch.
Desprendiéndose de una porción de su “cosa” en forma de dinero el analizante podrá abrir su ventana a lo real, alcanzando desde allí la representación que pueda venir en el lugar de lo donado. 


No se trata, en modo alguno, de pérdida masoquista. El potlatch es el asesinato de la riqueza –respetando la traducción “aida”– o bien un “matar la cosa”, tal como anuncia el aforismo “la palabra es el asesinato de la cosa”. En el potlatch se pierde la cosa para ganar un nombre. Para ganar un nombre, para obtener maná, me avengo a perder.


Mientras que el masoquista, por el contrario, quiere ser una cosa humillada y usada, y no tener nombre alguno; es un anónimo. Sacher Masoch pacta con su mujer que ha de ser tratado como una alfombra, como un felpudo. La posición masoquista está en la antípoda del potlatch, dado que el masoquista quiere, al precio de serla, retener la cosa.


Buena parte del “setting” analítico, tan injustamente maltratado por muchos analistas, tiene que ver con el pago, por razones de estructura. ¿Qué es lo que el Hospital público nos enseña? Al no haber potlatch económico, hay algo de la escena analítica que no se termina de armar, lo cual no quiere decir que el análisis en el Hospital no sirva.


La ética del análisis es el reverso de la ética capitalista, que acumula y produce plusvalía. Quien retiene la plusvalía es considerado un hombre de éxito. La ética del potlatch es otra. Según ésta, un objeto devendrá valioso, tendrá brillo agalmático en la escena social, cuando sea apto para representar el objeto que estamos dispuestos a perder en la medida en que lo donamos, haciéndolo circular de uno a otro. 

Pero qué es el “agalma”? Es ese brillo que hace que un objeto, en vez de ser el objeto de una acumulación, o de una retención, cuyo prototipo puede configurarlo la ampolla anal, sea objeto evanescente de un don. 





Potlatch y significación fálica



Si algo puede evocarnos la fuerza del falo en su significación, si algo va a ser capaz de hacer llegar a nosotros algo del brillo fálico, si algo se torna por ende –tal como lo nombra Lacan en el Seminario de la Transferencia– agalmático, es que evoca a la joya inaccesible, encerrada en un objeto rústico. Si algo se torna agalmático, no es porque haya sido acumulado, sino que alguien ha sido capaz de donarlo, desprendiéndose.

Esto vale para lo objetos inanimados pero también vale, por ejemplo, para los hijos. Un chico es agalmático, un niño es encantador, cuando no es una cosa adosada a su madre, incapaz de vivir fuera de contacto con ella. Un chico agalmático es aquél que es dado por la madre a la vida, un chico cuya madre cuida y de quien ella se ocupa, pero es capaz de donarlo al colegio, a los amigos, a la circulación social.


Lo que consideramos agalmático en psicoanálisis son aquellas cosas, aquellos objetos, que tienen ese brillo particular por estar destinados a formar parte de una operación de intercambio y por ende de pérdida.

Si un objeto, tal el paisaje figurado en el bastidor de Magritte, nos alcanza, es porque resulta evocador de lo real, dado que ya no es el paisaje real. Lo que encanta es lo que está anotado, inscripto y representado en la medida en que se ha perdido como real. El cuadro nos ofrece una representación –agalmática– de un paisaje perdido. 
Una cosa es acceder a la representación y otra cosa acceder a lo real del paisaje.


Todo lo que ingresa a hacer lazo social se funda en la capacidad de intercambio de cosas que entran en el territorio de la representación en la medida que, en tanto cosas, dejamos ir.

El objeto que puede entrar en esta clase de intercambio será significado fálicamente, y tomará brillo fálico.


Toda vez que sea retenido el objeto, cada vez que se obstaculice su utilización en función de potlatch se estará frente al ejercicio, sobre ese objeto, del goce fálico.

Significación y goce son, ambos, preciosos para una correcta estructuración.

Por ejemplo, en los matrimonios de las tribus arriba mencionadas, la familia que daba en esponsales a la mujer recibía trenzas cortadas de los caciques, que eran muy valoradas, y retenía esas trenzas durante un lapso de tiempo estipulado. Luego tenía el deber de intercambiarlas. No estaba prohibido disfrutar durante un lapso de tiempo de la retención de esos objetos. Pero luego había que volver a relanzar la circulación.

Estas antiguas costumbres señalan la obligación de donar, de desprenderse, pero no sin dejar de otorgar el derecho a lo que en los nudos se llama empalme, recubrimiento de agujeros, dado que durante un tiempo se puede retener un objeto.

Entre significación fálica y goce fálico, ha de haber, legítimamente, basculación. Esto equivale en el nudo a la alternancia del corte y del empalme.
Es por esto que Lacan trae a colación el potlatch en el seminario de los nudos. ¿Qué tienen que ver los nudos con el potlatch? (3)


En el momento de corte, el objeto, ése que está en el punto de coinçage del nudo, puede caer. Cualquiera sea la cuerda que por corte se abre al infinito, permitirá por el agujero real que se abre en el acto de corte, la posibilidad de caída del objeto.


Específicamente en la juntura entre real y simbólico, el goce fálico retiene en su frontera al objeto a. De abrir al infinito la cuerda real, ha de caer el objeto a, momento en que se devuelve, se da el objeto en regalo. Cuando se vuelve a empalmar se recupera la ilusión de capturarlo. A través del goce fálico se ilusiona retener el objeto a, cuando se abre al infinito, a la significación fálica, la cuerda de lo real, se lo deja ir.

La dialéctica de empalme y corte es normativa. 
El análisis promueve la “souplesse” de esa dialéctica, que merecería la extensión del concepto de “pulsación en eclipse”.


Lo que el análisis, desde los tiempos de Freud se propone resolver son las “fijaciones patológicas” del objeto. Esas que nos hacen esclavos del goce fálico, impedidos de potlatch, tal el avaro de la saga escandinava.

En una persona que ha pasado por un análisis, uno nota, después de años de ese ejercicio, con cuánta más facilidad empalma y corta, Cuánto menos fijado se halla, sea a la modalidad de corte a rajatabla, sea a la de retención a ultranza.





Función del fantasma en la báscula “goce-significación”



Para que ese gozne que permite el vaivén funcione ¿en qué nos auxilia el fantasma?

En principio, nos asegura contar con el marco del agujero a lo real. El marco del agujero permite hacer salir y entrar al objeto. Hacerlo entrar en la ilusión de retenerlo, ilusión normativa necesaria, y hacerlo salir en el momento de dejarlo ir, momento necesario para fundar la ley simbólica de intercambio, de lazo social.
Haber constituido el fantasma, contar con el fantasma, es contar con el lugar desde donde yo puedo hacer alternativamente coordinar y desobstruir el agujero con un objeto.


¿Qué madre podría criar a un niño a quien jamás pudiera tomar en brazos, si ese contacto, si ese goce no se le legitimara? Sissí, la emperatriz habsburgo, fue, en los inicios de su reinado, madre de tres niños. Apenas nacidos tuvo que entregarlos al imperio. Tuvo que darlos antes de haber podido estrecharlos un tiempo en su abrazo. Tres príncipes deben de ser entregados a los deberes del linaje, pero no sin permitir antes a la madre cierto contacto cuerpo a cuerpo.

Las consecuencias sobre Sissi de este desgarro son narradas en innumerables novelas.
Hay que tener cuidado en no caer en una suerte de terrorismo del corte. El continuo imperio de la significación fálica resulta arrasador, dado que no permite al sujeto un amarre en el campo del goce.
El corte debe normativamente ser seguido de la posibilidad de un empalme. Y este empalme será de una eficacia diferente para el sujeto, dado que, si es que fue precedido de un corte, la eficacia de goce del que es capaz será distinta, puesto que el objeto acababa de haber sido hecho caer en el corte precedente.


He leído desde niña historias acerca de la vida de Sissi, y más que la anorexia, que también está presente y que es una cuestión interesante, siempre me conmovió el padecimiento de esta madre ante la brutalidad del arrancamiento de sus hijos. Si debe entregarlos sin antes tener el derecho de sentirlos en sus brazos, al imperio austrohúngaro, este déficit de goce le va a generar a Sissí además una aguda sensación de falta de sentido. La falla del empalme del goce fálico afecta también el empalme imaginario-simbólico del sentido.


No es extraño que la cuarta hija de Sissi, María Valeria, nacida en la Hungría de sus amores electivos, haya sido retenida hasta la exasperación por su madre, quien finalmente ni con unos ni con la otra tuvo la chance de ejercitar una báscula correcta entre goce y significación fálica. 





La búsqueda de satisfacción



El don no es un acto oblativo, está enlazado a la búsqueda de una satisfacción en el orden de la ley. Hay una frase con la que Lacan cierra su escrito sobre la subversión del sujeto, dice así: “la castración quiere decir que el goce debe ser rechazado, para que pueda ser realcanzado en la escala invertida de la ley del deseo”. (2) 

Esta frase que intenta definir bastante aforísticamente la castración, afirma que ésta sólo estará lograda cuando el sujeto se haya asegurado un camino hacia la satisfacción. Todo el problema es bajo qué ley se obtiene una satisfacción, motor de la acción humana.
Por supuesto que es posible querer alcanzarla por medios ilegales, en cuyo caso se rompe la trama de confianza mutua que asegura que se mantengan los lazos sociales. 


Otra clase de satisfacción es la satisfacción legal. Esa implica el pago de la castración, llega después de haber dado algo, de haber perdido algo y alimenta el tramado de los lazos sociales.


Todo sujeto quiere que se le dé, lo cual no está mal. El detalle que le escapa habitualmente al neurótico es que si quiere algo, por ejemplo amor, debiera poder en principio darlo.


Claro que el propio Freud decía que amar y trabajar es muy difícil. Cuando uno puede amar y trabajar está curado Y nadie llega curado al análisis. Porque llega dañado en su capacidad de dar, por ejemplo amor, y entonces no es extraño que tampoco lo reciba. 
El análisis favorece claramente en principio el que se pueda dar, lo que luego provocará, sin que se pueda calcular cuándo, una devolución.

Sin duda alguna, el análisis rescata el aliento del antiguo potlatch.






NOTAS

1;- Mauss, Marcel “Sociologie et Anthropologie” Ed. Quadrige. Presses Universitaires de France. 1950. Precedido de prólogo de Claude Lévy Strauss. Segunda parte “Ensayo sobre el don. Forma y razón del intercambio en las sociedades arcaicas”. Todas las citas se encuentran en este capítulo.
2.- Lacan, Jacques “Ecrits” Ed. Du Seuil, Paris. 1966. “Subversion du sujet et dialectique du désir dans l’inconscient freudien

3.- Lacan, Jacques. Seminario N° XXII “R.S.I.” Inédito. Véanse las primeras cuatro clases.





Share this article :

Publicar un comentario

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. DIARIO LITERARIO DIGITAL - All Rights Reserved
LETRAS OPACAS (Diario Digital Literario) .Argentina
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}width=device-width, initial-scale=1.