El héroe reticente - Capítulo 18 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 18 (Novela Policial Negra)

sábado, 18 de julio de 2015 0 comentarios

“Cuidado en el barrio, cuidado en la acera, cuidado en la calle, cuidadondequiera, ¡que te andan buscando!” 
Rubén Blades.


Revista literaria online novela por entregas







Una novela policial negra por entregas 

Escrita por AQ Gimenez
 para Diario Literario Digital


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“Cuidado en el barrio, cuidado en la acera, cuidado en la calle, cuidadondequiera, ¡que te andan buscando!”


Así empieza una de mis canciones favoritas del panameño. No conozco al que la posteó en la página del Inspector Goitía, pero su significado es evidente. “El Zorrino” de alguna manera descubrió donde me escondo y Ágata me avisó de la única manera en que podía.

¿Qué hago? Desde la época en que disputábamos el dominio del mundo con los Neandertales, el Homo Sapiens tuvo para estos casos solo dos opciones grabadas a fuego en su ADN: Huir o pelear.





En este caso huir tiene menos riesgos inmediatos y responde a mi manera de ser (por lo menos la que tenía antes de mi contacto íntimo con la violencia).

Pelear es riesgoso, pero si sobrevivo estaré más seguro a mediano plazo. Además si quiero efectivizar el plan que comienza a formarse en mi cabeza, necesitaré algo de práctica atacando blancos que puedan defenderse, no como las siluetas de papel y las bolsas de arena. Y la verdad es que estoy cansado de escapar. En las pelis yanquis, hay un momento en que el protagonista se cansa de jugar dentro de las reglas mientras sus enemigos no lo hacen. Es cuando masculla “No more Mister Nice Guy” y empieza a hacer cagadas. Bueno, yo pasé esa parada hace diez cuadras. 




Quiero vengarme con alguien. No es una actitud muy cristiana, lo sé. Mi abuela, la tana, se horrorizaría. De la boca para afuera. Pensándolo bien, no creo que una napolitana aceptaría pasivamente un ataque directo a su familia como el que estoy sufriendo. Igual he decidido darle licencia sin goce de sueldo a mi conciencia por tiempo indefinido. Retornará a su lugar de trabajo cuando deje de ser una molestia.

Lo primero es conseguir un arma. Como ya estoy jugado voy a hablar con Leocádia. Si me denuncia, mala suerte.

Le cuento una versión “Light” de la verdad. Le digo que no puedo ir a la Policía porque no tengo ninguna prueba demostrable, pero sé que por un problema de mujeres hay un delincuente argentino que me quiere muerto. Por eso me estoy entrenando. Por si acaso. Y el acaso es hoy. Me avisaron que me vienen a buscar y, le digo, estoy cansado de correr sin rumbo y sin futuro como una gallina degollada.





Mi instructora se ha convertido en algo parecido a una amiga. Me mira a los ojos y sin un gesto que anuncie lo que va a hacer me dice que la siga. Vamos al taller donde me ha enseñado a limpiar las armas. Después de cada clase no puedo irme sin antes desarmar y dejar relucientes todas las armas que usamos. Al fondo hay un mueble con frente de vidrio, que ella llama “El Museo”. Hay un fusil de los que usaban en el ejército Imperial y varias pistolas y revólveres decorados con óxido de distintas tonalidades. Son armas demasiado comunes como para tener valor histórico y demasiado deterioradas como para venderlas. 


Elige un revolver calibre 32. Me explica que revisando esa pila de mierda, encontró ese revolver Colt. Fuera de algo de herrumbre superficial, está en perfecto estado y funcionamiento. Lo disparó un par de veces y decidió limpiarlo, aceitarlo y guardarlo por “O que pode acontecer”. Me lo da, explicándome que nadie lo va a echar de menos. Me da media caja de balas que anota como utilizadas en mi clase.






El calibre no es gran cosa, tiene poca velocidad, precisión, potencia y penetración. Pero si te pega bien y de cerca te mata y eso es todo lo que necesito. Antes de irme me desea suerte y me pide que me cuide. Me doy cuenta de que a su manera me quiere. Le agradezco, la beso castamente en las dos mejillas y me voy. No creo que la vuelva a ver. Después de mi enfrentamiento con los sicarios que enviará mi némesis, tendré que dejar la ciudad inmediatamente… si todavía estoy vivo, claro.

Camino a mi pieza, paro en una armería a comprar un Taser, gas pimienta y un cuchillo plegable afilado como para practicar neurocirugía. Estar bien equipado nunca está de más.





Esa noche no sueño con serpientes como Silvio, pero tengo pesadillas con sangre y disparos.

“¡Un sicólogo acá!” gritaría Alfonsín señalándome.






Continúa en EL HÉROE RETICENTE - CAPÍTULO 19 (NOVELA POLICIAL NEGRA)


Lee la primera parte de esta novela en: 



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