El héroe reticente - Capítulo 16 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 16 (Novela Policial Negra)

miércoles, 8 de julio de 2015 0 comentarios

 "A nadie le gusta dar malas noticias, menos al jefe y todavía menos a un jefe mafioso"





Revista Literaria policial negra







Una novela policial negra por entregas 

Escrita por AQ Gimenez

Autor de "El Purificador de los condenados"


(exclusivo para Diario Literario Digital)




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La quesera Quesada


La señora de Quesada no tenía entrenamiento de espía. Ni siquiera era una chismosa de barrio. Transmitir mensajes secretos era, para ella, como disertar en dialecto Urdu.









Llegó al vivero y vio que, como de costumbre, un gorila con cara de de ningún amigo estaba parado a dos metros de distancia de Ágata.

Cuando le preguntó qué quería, tartamudeó, dio unas vueltas y se puso a inspeccionar con gran concentración las bolsas con distintos tipos de tierras, compost y otras porquerías. El custodio no era precisamente Hércules Poirot, pero las pocas neuronas que habían logrado sobrevivir las drogas y el alcohol le alcanzaron para deducir que la clienta quería hablar a solas con la dueña del local. Decidió que era mejor alejarse un poco y tratar de oír. Dijo que necesitaba ir al baño y pasó detrás de la cortina que llevaba a la parte trasera. Cuando llegó a la puerta la cerró con fuerza desde afuera y desandó sus pasos silenciosamente. Alcanzó a escuchar el final de una frase con las palabras “Mercado Libre” y “calas”. Luego un saludo y el zumbido de la alarma de la puerta. En seguida volvió atrás, abrió la puerta del baño, tiró la cadena y regresó sin decir nada. Ya le contaría sus sospechas a “El Zorrino”.



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El custodio llamó con miedo al celular de Víctor Zorrilla, a nadie le gusta dar malas noticias, menos al jefe y todavía menos a un jefe mafioso. Pero “El Zorrino” no era idiota. Sabía que si castigaba al mensajero, nadie se animaría a contarle los problemas y los errores. Y errores y problemas no faltaban en la profesión de mayorista de venenos sociales. Suspendió la visita que pensaba hacer esa noche a su juguete favorito. Tenía que pensar y eso lo hacía mejor solo.


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Al otro día tenía las ideas claras, entró en Internet y vio que el vivero había posteado una oferta de calas en Mercado Libre. Evidentemente era un código.

A la noche fue a la casa de Ágata. La tomó de los pelos delante de la nena y los custodios y le pegó, no exactamente una cachetada, sino una verdadera trompada con la mano abierta.

—¡Eso que subiste en Mercado Libre, la oferta de las calas! ¿Es un mensaje para tu marido?

No tenía sentido mentir, pero tampoco servía decirle toda la verdad:

—¡Si! Quiere decir que estamos bien, nada más.


—¿Sabés donde está escondido?


—¡No!

Estiró la mano y agarró a su hija:

—¿Seguro?

—¡No le hagas nada, sí, en serio, no tengo idea donde está. No me lo dijo, nada más me pidió que pusiera esa oferta para saber si no nos pasó nada!

Sin soltar a la chica, “El Zorrino” preguntó:

—¿Quién es la señora que te pasó el mensaje?

—Es una clienta, no sé cómo se llama.

Víctor sacó una pistola y se la apoyó en la cabeza a Anastasia, que estaba tan asustada que abría la boca como un pescado fuera del agua sin animarse a llorar o a gritar.


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Ágata exclamó:

—¡Quesada! Es la mujer del dueño de la quesería. No sé como Carlos le pasó el mensaje.

—¿Algo más? —dijo Víctor Zorrilla haciendo círculos con el arma como si estuviera taladrando.

—¡No, te juro que no!

Dijo—Ok —y soltó a la nena que corrió, llorando en silencio, a esconderse entre las polleras de la madre.


No pudo disfrutar mucho de ese refugio. Toda la escena había excitado a “El Zorrino” y además necesitaba mostrarle a Ágata lo que pasaba cuando se apartaba de sus órdenes.

La tomó del brazo y la arrastró hasta la habitación. Ella no se resistió. Miró de reojo a Anasatasia que, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas, no gritaba ni se tapaba la cara. Su expresión era triste pero decidida, como la de Juana de Arco en la hoguera.





Esta vez los gritos continuaron durante horas y no se preocupó si las marcas que dejaba eran visibles.

Cuando el narcotraficante salió de la casa, llamó a uno de sus contactos en la Federal. Necesitaba conocer los llamados que había recibido la familia Quesada tanto en su casa como en su negocio.


Unas horas más tarde tenía la información. La mayoría de las comunicaciones parecían rutinarias, con excepción de dos llamadas cortas originadas en Brasil. La primera desde Capão da Canoa hace algo más de un mes y la última, el mismo día de la visita de Quesada al vivero, desde Paranaguá, Estado de Paraná.

“El Zorrino” estaba seguro de que había descubierto la madriguera de Charly Topo, escritor, cornudo forzoso y próximamente cadáver.



 



Continúa en: 
EL HÉROE RETICENTE - CAPÍTULO 17


Lee la primera parte de esta novela en: 
El héroe reticente - Prólogo



NOTA: Exclusivo para DIARIO LITERARIO DIGITAL
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