El héroe reticente - Capítulo 15 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 15 (Novela Policial Negra)

jueves, 2 de julio de 2015 0 comentarios


"Es mejor en este oficio de guía turístico, dice, engañar bien que saber de lo que se habla. ¡Que me lo cuente a mí, que vivo una gran mentira!"




Diario Literario Digital Pistola Taurus P 24/7


Una novela policial negra por entregas 

Escrita por AQ Gimenez

Autor de "El Purificador de los condenados"

(exclusivo para Diario Literario Digital)




animals jump ocean swim dolphin



Dos días más tarde Leocádia me “asciende” y trae una pistola Taurus PT 24/7 en calibre nueve milímetros. Me explica que tiene diecisiete balas en el cargador y una en la recámara. Una barbaridad de poder de fuego. 




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El primer disparo me ensordece con orejeras y todo. No tenía idea de que las armas hacían tanto ruido. El retroceso casi me hace perder el equilibrio. Sorprendido le pregunto cómo hacen en las películas para que después de un tiroteo de cinco minutos dentro de un túnel, los personajes puedan hablar normalmente y además tirar con una sola mano en cualquier posición sin luxarse la muñeca. Mi experta instructora me explica el secreto. En las películas usan cartuchos sin proyectiles, y cargados con mucha menos pólvora, por lo tanto el estampido y la patada es mucho menor.


Para demostrar la potencia de esta munición, llena una botella vacía de Guaraná con agua, la cierra con su tapita a rosca y la pone en el piso del polígono. Ya estoy un poco más canchero y le acierto con el primer disparo. La botella estalla como si fuera una bomba. Recordando la bala del mismo calibre que me dio en el brazo, agradezco a todos los dioses del Olimpo que haya sido un rebote.





Con esta arma me cuesta mucho más hacer puntería pero poco a poco me voy acostumbrando. Al terminar el quinto cargador, las manos me duelen como si me las hubiera pisado un elefante con sobrepeso. Leocádia me dice que me voy a habituar con el tiempo.

Hoy es mi primer día de trabajo en la agencia de turismo. Me cambio en el polígono para mi primera experiencia como guía de un lugar que nunca recorrí. Estudié algunos videos de viajes anteriores y me dieron la versión portuguesa de lo que tengo que decir. Por supuesto nada como los genes argentos para sobrevivir algo así. Pero igualmente estoy un poco nervioso.


Por suerte en este viaje no hay argentinos, me parece que mis coterráneos se darían cuenta enseguida de que soy un chanta. Son un grupo de españoles, algunos chilenos y dos italianos que ante la ausencia de guía en su idioma, prefieren el castellano antes que el portugués.

Al principio me cuesta pero a los pocos minutos me suelto y hablo sin parar como una vedette en un programa de chismes.




Cuando paramos a almorzar en la Ilha do Mel, yo estoy satisfecho de mis proezas como “Tour Conductor”, hasta que el Capitán del barco entre carcajadas, me cuenta que la hemorragia de datos que brindé sobre la Ilha de Superagui estaba perfecta, siempre y cuando nadie se diera cuenta que la que estábamos recorriendo era la Ilha das Peças.


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Más tarde vemos unos golfinhos en la bahía del mismo nombre y si alguien ha notado mi barrabasada geográfica, la olvida.

Al llegar confieso mi error al dueño de la agencia. Me contesta que no importa, es mejor en este oficio, dice, engañar bien que saber de lo que se habla. ¡Que me lo cuente a mí, que vivo una gran mentira!

Me despido de mis nuevos compañeros de trabajo y, mientras camino hacia mi pieza, me doy cuenta de que es la primera vez que tengo algo parecido a una relación social desde mi escape de la policía. En lugar de ponerme de buen humor, eso me deprime en forma terminal. Es más fácil soportar la falta de algo si no te lo ponen adelante, como una zanahoria.

Sé que lo que voy a hacer es un error pero no puedo evitarlo. Voy a un locutorio y llamo por segunda vez a Quesada la quesera. Esta vez me trata un poco mejor y acepta pasar un mensaje que no entiende. Sé que Ágata trabaja bastante con Mercado Libre. Quiero saber qué pasó con su antiguo novio. Si no la contactó le digo que publique una oferta de helechos. Pero si está “molestándola” (no me animo a usar una palabra menos eufemística) la oferta publicada debe ser, con un simbolismo fúnebre, de calas.
La señora me pregunta si estoy bien y le miento que sí.

Al otro día antes de ir al Clube de Tiro, paso por el café con Internet. Ágata ha recibido el mensaje y posteado la oferta. Se me mojan los ojos cuando leo que la oferta es de calas.





Decido no ir a practicar con Leocádia. Necesito descargar la adrenalina. Entro en un gimnasio y le pido al encargado que me diga cuánto tengo que pagarle por usar la bolsa de arena. Me mira y pregunta:

—¿Notícia ruim?

Sacudo la cabeza asintiendo.

Me dice:

—Hoje é libre. Amanhã você pode praticar com a gente, barato.

Le agradezco, me estiro un poco y empiezo a darle con todo. Me pregunta, señalando la bolsa:

—¿Você coloco um nome a ela?


—¡Infelizmente si!—Contesto. Me mira un segundo más y me deja solo, destruyendo a mi enemigo virtual.





Continúa en: EL HÉROE RETICENTE - CAPÍTULO 16 (NOVELA POLICIAL NEGRA)


Lee la primera parte de esta novela en: 
El héroe reticente - Prólogo



NOTA: Exclusivo para DIARIO LITERARIO DIGITAL
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