El héroe reticente - Capítulo 8 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 8

jueves, 11 de junio de 2015 0 comentarios



"Veintiún días antes. La huida..."





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Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez



Autor de "El Purificador de los condenados"


Para Diario Literario Digital

La Revista Literaria sincrética, plural y abierta.

weird scary running dark tree


Supongo que una bomba es peor. O abrir un ojo y encontrar una yarará en la almohada. Pero hay muy pocas cosas más desagradables que ser despertado por la policía derribando la puerta de tu casa.










El estampido del ariete nos despertó a todos. 





Gritábamos —¡Qué pasa!— al mismo tiempo que los agentes entraban vociferando—¡Policía Federal, levanten las manos y salgan despacio!



Por suerte eran tipos experimentados. La primera en salir al pasillo fue mi hija de seis años. El que iba primero la ignoró y siguió mirando al mundo a través de la mira de su escopeta. Uno de los que venía atrás la tomó con una suavidad sorprendente. Vi eso en el momento en que salía de la puerta de mi habitación con los brazos estirados sobre mi cabeza como si quisiera anotar un doble de básquet. Me tranquilizó un poco el trato que le dieron a mi hija. Duró poco. Conmigo no fueron tan dulces. El de la escopeta apuntaba a mi corazón mientras uno de sus compañeros me tiraba al piso. Caí de jeta en la alfombra. El cana me apretó la cara contra el piso y me colocó las esposas. Esta vez agradecí la obsesión de mi mujer por la limpieza. 



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Como música de fondo, mi perro ladraba desesperado desde el patio, arañando la puerta.
La última en salir fue Ágata. Tranquila y digna ante las armas como una reina depuesta.




Mientras la esposaron sin violencia. Ella comenzó a decir 


—No hagan ninguna locura, no hay armas en la casa, debe ser un error—una y otra vez, como un mantra.

Si había un error era mío por no haber previsto el nivel de llegada de “El Zorrino” dentro de la estructura policial.

Una vez que nosotros estuvimos inmovilizados, recorrieron las habitaciones para verificar que no había nadie más. Sabían dónde buscar. Fueron directamente a un armarito lleno de porquerías que teníamos en el lavadero. Adentro, mal escondido detrás de cosas que no usábamos hace años, había una pistola, no sé de qué calibre, y dos bultos envueltos en plástico. En uno, del tamaño de un ladrillo, había billetes de cien pesos. En el otro, dos bolsas con la forma y el peso de un paquete de azúcar. Según el jefe del operativo eran dos kilos de cocaína de máxima pureza.








Mi nena no entendía nada y lloraba. Yo, haciendo un esfuerzo logré evitar las lágrimas pero entendía menos que mi hija. Ágata reaccionó como si ya hubiese visto esta película. Como sabía que no iban a dejarla conversar conmigo, lanzó una frase y pudo terminarla antes de que la callaran:



—¡No te preocupes por nosotras. Víctor te quiere sacar del medio. Cuidate. Yo voy a hacer lo que sea necesario para que a Anastasia no le pase nada. No me llames!








En ese momento entendí que una vez que estuviera en la cárcel no iba a permanecer vivo mucho tiempo.
Me dejaron ponerme un pantalón y una camisa y me llevaron a la rastra sin dejarme darle un beso a las dos mujeres más importantes de mi vida.





Me metieron en el asiento de atrás de un patrullero. Un uniformado manejaba y otro subió conmigo. Como en las películas de Hollywood, salieron quemando gomas. Dos calles después hay un cruce muy transitado que no tiene semáforo. Una pick up que iba adelante frenó de golpe al cruzarse un camión que no se dignó a bajar su velocidad. La frenada levantó la cola de la camioneta y bajó la trompa del patrullero que, con el último envión, se encajó bajo el paragolpes y quedó enganchado como un vagón y su locomotora.










El conductor fue a ver qué había pasado. De la 4X4 desembarcó una señora de unos treinta y pico de años, con las curvas y la cara seguramente pagadas por el mismo que había comprado el vehículo. El policía tranquilizó a la mujer diciéndole que el culpable era el inconsciente del camión mientras le miraba las tetas sin el menor disimulo. Ella, acostumbrada a ser tomografiada por la mayoría de los hombres, se acercó un poco más para pedirle su ayuda para desenganchar los autos. El uniformado intentó hacerse el Superman, pero el peso de la pick up hizo las veces de Kryptonita. No pudo levantarla. Para no perder puntos, hizo señas a su compañero que se acercara. Mi custodio, mirando el culo de la curvosa motorista, me hizo salir del patrullero. Me sacó una de las esposas y tironeó hacia abajo con la intención de sujetarla en mi tobillo opuesto para que no pudiera correr. 






No saqué la idea de Bruce Lee sino del Burrito Ortega en el Mundial del 98. Antes de que pudiera cerrar el grillete, me levanté de golpe y le pegué con la parte superior de mi cráneo en la mandíbula. El agente cayó redondo. Atiné a tomar la llave y empecé a correr hacia la esquina. El conductor estaba conversando con la tetuda y tardó en reaccionar. Solo pudo disparar dos tiros antes de que doblara la esquina. Inicialmente los dos fallaron, pero uno rebotó en la pared con el “ping” típico de los western spaguetti y me dio en el brazo. Era lógico, venía teniendo demasiada suerte y alguna vez se tenía que acabar.



Como pude abrí las esposas y las tiré a la calle.



No sabía que una herida así dolía tanto. Y la sangre. 


Mi ropa sucia es como un cartel que anuncia: ¡Criminal! ¡Llamen a la cana!







Lee el comienzo de la novela en:


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