El héroe reticente - Capítulo 7 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 7

martes, 9 de junio de 2015 0 comentarios

"... sin sacarse la ropa se acuesta en la cama, me abraza, cierra los ojos y se duerme. En mi caso no es tan fácil. Mi erección culposa, los peligros de la huida y las pesadillas que llegarán cuando duerma me impiden relajarme... "




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Una novela policial negra por entregas

Escrita por AQ Gimenez




Autor de "El Purificador de los condenados"

para Diario Literario Digital




Porto Alegre es una ciudad que no merece ser brasilera. Tiene lo malo, la suciedad, la pobreza, el tráfico y el ruido, pero no tiene la alegría ni la música en los gritos que cruzan la calle. Hablan portugués con un acento demasiado parecido al nuestro.



Eso sí, la cerveza es helada y ubicua. La tomo en una cervecería gigante, al aire libre, en el centro de la ciudad.





Al fin estoy en un lugar anónimo. Demasiado grande y alejado de la frontera como para temer ser reconocido. Aun tengo los documentos de Paulo Ruscher, pero ya me saqué el molesto vendaje. Hasta que tome un ómnibus o algo así, no importa que mi manera de hablar me señale como extranjero.
Se hace de noche y, preocupado como estoy por la situación de mi esposa y mi hija, debo reconocer que disfruto este momento. Es el primero desde que la policía rompió mi puerta en el que estoy seguro y al pedo.







La sensación de bienestar no dura demasiado. Tengo dinero suficiente, pero si quiero dormir en un hotel necesito mostrar algún documento. Ya no me animo a usar el de Paulo, salvo en una emergencia. Su pérdida ya debe estar denunciada y todavía estoy en Rio Grande do Sul, el mismo Estado donde lo ataqué. 



Veo unas señoritas de dudosa moral pasar por la vereda y eso me da una idea.







Pago la Skol y busco una puta que no parezca demasiado estúpida. Veo una en una esquina tratando de ahuyentar a un gordo sudoroso que se le abalanza tratando de tocarla en cinco lugares al mismo tiempo. Me acerco con un billete de cincuenta dólares en la mano y hablando en inglés. La chica me mira. El gordo me mira. Agito el billete y el obeso admirador se rinde ante mi imbatible argumento capitalista. Con cara de odio sube a su auto y se va. La garotinha me agradece en un horrible inglés convertido en agradable por su buena onda. Le respondo en portuñol:






—Soy argentino —Le digo— Hablé en inglés para sacarnos de encima a tu “amigo”. Ella se ríe, agarra mi mano y me lleva hasta el hotel por horas que está a media cuadra.



La habitación es aceptable siempre que no haga un análisis serológico del cubrecama y la moquette. Mi nueva amiga comienza a sacarse la ropa. La freno y le digo que no hay apuro, que me quiero quedar toda la noche. Llegamos a un acuerdo económico. Pido unos petiscos y más cerveza y nos sentamos en la cama a comer.





Cuando terminamos vuelve al ataque. He visto que puedo soportar la culpa de golpear y robar a completos inocentes. Pero cogerme a otra mujer, aun con mis deteriorados parámetros morales, es demasiado. Por supuesto sé lo que debe estar haciendo Ágata. Pero acostarse con otro tipo porque amenazan la vida de tu hija, no es infidelidad, es coraje.


Trato de explicarle a la chica que quiero dormir con ella, abrazarla para sentir calor humano, pero que no quiero tener sexo. Sorprendentemente me comprende. Me da un beso en la boca, que a pesar de mi rigor monógamo me excita y sin sacarse la ropa se acuesta en la cama, me abraza, cierra los ojos y se duerme. En mi caso no es tan fácil. Mi erección culposa, los peligros de la huida y las pesadillas que llegarán cuando duerma me impiden relajarme. 



Por un rato. Media hora después estoy recibiendo codazos para evitar que ronque.







A la mañana me despierta el ruido de la ducha. Abro un ojo en el momento en que la veo salir del baño secándose sin preocuparse por lo que se vea. Y lo que se ve es mucho y bueno. Cierro el ojo y me hago el dormido. No necesito más tentaciones. Me sacude y dice que tiene que irse. Me besa otra vez, con similar resultado, se viste, recibe la plata que le acerco y se va. 



Me levanto descansado, con el dolor del brazo herido en franca retirada y recaliente. Voy al baño y, mezclando imágenes de Ágata y la garota, me toco hasta acabar. 



Quedará para los filósofos explicar por qué eso está bien y fifarme a la puta está mal.





En un bar al lado del telo tomo un desayuno con hectolítros de café y jugos, huevos, frutas y panes. Al fin mi mente está clara. Sé lo que tengo que hacer. Pero falta mucho antes de poder actuar. Si me apuro fracasaré. Primero tengo que terminar de curarme y fortalecer mi brazo. Después tengo que entrenarme y aprender las habilidades que necesito y no tengo. Y por supuesto tengo que pulir mi plan. 







La primera parte es fácil. Tomo un ómnibus local de los que no piden nada para subir y voy hasta la playa más cercana: Capão da Canoa.





En un día laborable como este, no me cuesta demasiado alugar una casita pedorra a cinco cuadras de la playa sin mostrar ningún documento. Miento un nombre cualquiera y paso a estar cómodamente instalado en un lugar más difícil de encontrar que una “casa segura” de la CIA.



Entre caipirinhas, queijo grelhado, mandioca y cerveja paso diez días en esa playa sin gracia pero sin complicaciones. En un locutorio, busco en internet cómo recuperar un brazo herido como el mío. Hago los ejercicios recomendados y poco a poco los movimientos se van normalizando. Al final de mi estadía ya funciona razonablemente bien. Dejé que mi pelo y mi barba crecieran. Ahora no me parezco demasiado a Paulo Ruscher, pero tampoco me parezco a las fotos de mi pasaporte que tiene la policía argentina.

Es momento de adentrarme más en Brasil. Si me buscan será más difícil encontrarme fuera de los lugares cercanos, como éste. Me acuesto con la decisión tomada de seguir viaje. 

Como casi todas las noches, antes de dormirme veo flashes de lo que pasó. Todavía me cuesta digerir el contraste entre la mala suerte de lo que pasa con mi familia, con el tremendo culo que hace que esté acá, asustado, pero vivo.





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Continúa en:
El héroe reticente - Capítulo 8


Lee el comienzo de la novela en:
El héroe reticente - Prólogo

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