El héroe reticente - Capítulo 6 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 6

domingo, 7 de junio de 2015 0 comentarios

"La nuestra no era la familia perfecta de una publicidad de jabón para lavarropas"






Una novela por entregas escrita

 por AQ Gimenez

Para Diario Literario Digital

doris day gordon macrae




Capítulo 6

Un mes antes. Ágata y “El Zorrino”.


La nuestra no era la familia perfecta de una publicidad de jabón para lavarropas, pero se le parecía lo suficiente como para declarar que éramos felices.

Discusiones: muchas. Gritos: algunos. Miserias: unas pocas. Caprichos: de todo tipo.

Pero… Risas: abundantes. Imaginación: un montón. Gustos: homogéneos. Amor: bastante, porque jamás es suficiente.





Mi esposa Ágata (me encanta ese nombre de vieja en una mujer tan hermosa), es un perfecto ejemplo de la facilidad femenina para lo que ahora se llama multitasking, y antes se definía como: “Lo único que le falta es ponerse un plumero en el culo para limpiar mientras cocina”.





Casi me avergüenza decir que siempre fui un buen pibe. Ella tuvo una juventud tormentosa. Cuando la conocí ya había aterrizado pero todavía proyectaba una cosa distinta, algo peligrosa, como el aura de una heroína de acción. Extrañamente, o no, si es verdad que los opuestos se atraen, mi aburrida normalidad la pudo. Nos enamoramos sin medir nuestras diferencias, locamente, como vampiros de novelita adolescente.





Yo siempre quise escribir. Siguiendo el sabio consejo de un tío Profesor de Literatura, no estudié esa carrera. Él decía que te cortaba los dedos para escribir libremente. En su lugar estudié historia, que también me gustaba. Como profesor ganaba poco pero es lindo enseñar. Y podía escribir. En el subte, en el colectivo, entre las clases y antes de dormirme.

Escribía y corregía y tachaba y agregaba pero a nadie se lo mostraba.

Hasta que conocí a Ágata. 






Entré a su pequeño vivero en nuestro barrio de entonces, la incierta frontera entre Nuñez y Saavedra, para comprar una maceta para el departamentito que alquilaba. Ella me pareció tan linda que tartamudeaba mientras detallaba las especificaciones de la plantita que buscaba. Tenía que ser fácil de cuidar, no necesitar mucho sol y convenía que sobreviviera si me olvidaba de regarla. Ella se rió. La metáfora estaba gastada como cuchillo de carnicero, pero no había otra manera de definirla. Su carcajada resonó como campanitas de cristal. Me sugirió:

—¡Lo que necesitás es una flor de plástico!

Colorado como un irlandés insolado respondí:

—No me gustan las cosas artificiales.

Eso le cayó bien y decidió ayudarme a pesar de ser una causa perdida para la jardinería:

—La mejor opción es una colección de suculentas.

—¿Cactus?

—Entre otras… Vení que te muestro lo que tengo en la oficina.





La seguí hasta un cuartucho al final del espacio sin techo lleno de plantas. Había un escritorio metálico modelo primera presidencia de Perón, un calendario de hace tres años y un archivador lleno de papeles, pero arriba, no adentro. La foto enmarcada de un señor buen mozo, en el estilo de Hugo del Carril, presidía el atestado lugar y, como había sido anunciado, una hermosa colección de vegetales del desierto se alineaba en el borde de la ventana como indios mirando pasar la caravana.

—Me gustan —Dije—Una pregunta: ¿Quién es ese? Parece un actor de 1950.





Más sonido de campanitas.


—Era mi abuelo. Él fundó el vivero, pero no le daba mucha bola. Prefería las milongas y las minas, hasta los 73 años cuando murió.

—Demasiado joven…

—Vivió bastante para un tipo que fumaba tres atados por día, chupaba ginebra como un marinero holandés y se acostaba temprano una vez por mes y raramente solo. No me da pena. Era la vida que le gustaba. Siempre me quiso mucho, pero igual me sorprendió cuando me dejó el negocio. No sé si era muy legal, pero nadie quería ocuparse, así que no hubo discusiones en la familia.

Increíblemente me animé a decir lo que pensaba:

—¡Sos demasiado linda para atender un vivero!

Un tintineo menor:

—¡Más que los perros, me estás tirando una jauría!

Esta vez el color de mi cara estaba, en el catálogo de ALBA, entre el Bermellón y el Rojo Aderezo.





Me tomó del brazo empujándome hacia el vergel que era su negocio, mientras yo balbuceaba algo casi coherente referido a la compra de las famosas suculentas.





Dos semanas y cinco macetitas más tarde, empezamos a salir. Seis meses después nos casamos. Un año y medio más tarde nació nuestra primera, y por ahora única, hija.
Yo quería llamarla también Ágata. La madre me convenció que cuando, como a ella, las compañeras de colegio le dijeran Agatita, y todas sus variaciones, nos odiaría con razón.

Finalmente le pusimos otro nombre de vieja, pero también de princesa: Anastasia.

Al principio, Ágata ganaba mucho más que yo con mis pocas horas de clase mal pagas. A ella no le preocupaba, pero a mí sí.

Ella insistió hasta que le mostré mis cuentos y mis novelas. Pasó semanas leyendo las miles de páginas que llevaba escritas. Cuando terminó la última levantó la cabeza y declaró:

—Escribís muy bien. Pero hay cosas que son demasiado literarias y pesadas para mi gusto. Yo creo que te tenés que dedicar a escribir cosas policiales.





Curioso comentario. Ella había leído mis cuatro novelas, todas de temas serios y comprometidos, dos poemas y veinticinco relatos. De esos, sólo tres cuentos de los más cortitos podían denominarse policiales.

Cuando se lo comenté me contestó con su habitual franqueza:

—Es que esos son los mejores, lejos.

No discutí más y me puse a escribir una novela policial. Cinco meses después la terminé y la presenté en la editorial de un amigo de mi tío.

Así empezó todo. Los dos libros anuales protagonizados por el torpe e inteligente Inspector Goitía, no me convertían en Stephen King, pero me permitían ser uno de los pocos argentinos que podían vivir, modestamente, de la profesión de escritor.

Mi nombre de pluma Charly Topo, no era famoso como Messi o Tinelli, pero me llamaban seguido a disertar sobre boludeces en los canales de televisión. A veces iba con Ágata, porque como le decía, bromeando solo a medias:

—Con vos al lado, mejora mi look.

Una de esas visitas fue nuestra perdición. Un ex novio, antiguo compañero de “Sexo, Drogas y Rocanrol” en los años salvajes de mi adorada esposa, nunca se había sacado del todo el metejón y al verla en la pantalla decidió que tenía que volver a ser suya.

black and white vintage retro 50s lipstick


Parecía un mal capítulo de una telenovela venezolana, pero el tipo no jugaba. Había progresado desde que salía con Ágata. El público no conocía su nombre, pero era el traficante de drogas más poderoso del norte de la provincia de Buenos Aires.

Gracias a un contacto “non sancto” en la policía consiguió la dirección de nuestro PH en Belgrano en cuestión de horas.

Al otro día mientras mi mujer volvía del vivero, una gigantesca camioneta 4X4 con más cromados que la nave espacial de Buck Rogers le cortó el paso cuando intentaba cruzar Roosevelt. Manejaba un morocho grandote con cara, físico y seguramente habilidades de guardaespaldas. Del asiento trasero bajó Víctor “El Zorrino” Zorrilla. Su calidad moral no se apartaba demasiado de su apelativo. Los pocos oficiales que no había comprado ni amenazado sospechaban de él en conexión a varios homicidios. No dudaban de su participación en la venta de drogas, pero hasta ahora nadie, entre los aun vivos, había podido probarle nada.





Ágata lo reconoció enseguida, pero no cambió su expresión. “El Zorrino” la encaró con un previsible:

—¿Te acordás?

A lo que ella respondió, ganando amigos:

—¡Lamentablemente sí!

El aprendiz de Al Capone la empujó contra la pared y le grito a la cara:

—¡Te venís conmigo!

Ella respondió:

—¡No seas loco, tengo un marido y una hija!

Un grupo de alumnos del Colegio de la otra cuadra se acercaba como un malón moderadamente pacífico.

El delincuente miró a la docena de potenciales testigos, dijo “OK” mirándola con una mezcla de odio y deseo, se metió en el auto y se fue.

Resultado de imagen para narco imagenes 





Cuando llegó a casa estaba llorando. Me contó lo que había pasado y yo contesté que lo había manejado bien, que no se preocupara, que si volvía a aparecer llamaríamos a la cana.





Ágata no estaba tan segura:

—¡Lo conozco hace mucho, es hijo de puta, inteligente y obsesivo, no se va a rendir así nomás!





Pasaron un par de semanas. Nada había pasado y por primera vez en mi vida sospechaba que mi esposa estaba equivocada. Hasta que en el medio de la noche la policía tiró la puerta abajo.






Continúa en:
El héroe reticente - Capítulo 7

Lee el comienzo de la novela en:

El héroe reticente - Prólogo
Share this article :

Publicar un comentario

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. DIARIO LITERARIO DIGITAL - All Rights Reserved
LETRAS OPACAS (Diario Digital Literario) .Argentina
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}width=device-width, initial-scale=1.