El héroe reticente - Capítulo 5 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 5

viernes, 5 de junio de 2015 0 comentarios

"¿Cuál es la frontera más fácil de cruzar del mundo?"

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Una novela por entregas escrita

 por AQ Gimenez

Autor de "El Purificador de los condenados"

Para Diario Literario Digital





Al fin estoy llegando a Rivera. Tardé más que lo que pensaba. Me persigue la mufa… Pinché una goma. Si hay algo molesto es cambiar una goma de un auto desconocido, en el medio de la noche y sin linterna. Ya son las siete y veinte de la mañana. No sé si animarme a cruzar a Brasil. Si el dueño del auto pudo desatarse y hacer la denuncia, me meten adentro con pito y cadena.

Mejor me aparto del plan que usé en mi libro e improviso.

Estaciono en una estación de servicio a la entrada de la ciudad que está antes del puesto policial. Me acerco por la ruta y veo que no paran a nadie en dirección a Rivera, solamente a algunos de los que salen.




Con un destornillador que encontré en la guantera me tiro al piso frente a dos autos, con patente brasilera, estacionados en un rincón alejado. Acostado no me ve nadie. Saco las patentes delanteras de los dos autos. Cuando descubran que no están, creerán que se les cayeron en un bache. No me animo a desatornillar las traseras, alguien me puede ver.

Cambio las patentes argentinas de “mi” vehículo por las de Brasil. En los pocos metros que tengo que hacer, espero que nadie advierta que no coinciden. Tiro en una zanja profunda, bastante lejos, las placas originales.



Si me detiene la policía estoy perdido. Veo que uno de los agentes mira mi auto como para pararme. No sé si es mi paranoia, pero me parece que está buscando un Gol gris. Al ver la patente, me hace señas de que siga. Rezo al Dios en que no creo para que no advierta la diferencia entre las dos patentes. Por suerte ni siquiera mira la de atrás.

Espero no saber nunca si la policía ya está buscando el auto de Arturo Leiva.

No quiero que sepan que llegué a Brasil. Estaciono el Gol en una cortada oscura. Por si acaso le saco la patente delantera. Puede ser más sospechoso si no coinciden las placas. Es un modelo muy común en esta zona, pasará bastante tiempo antes de que descubran que el auto fue abandonado. Arranco las calcomanías de Rosario y de Ñuls y tiro los documentos del auto y de su dueño a una canaleta.






Por último lo dejo abierto. Sería ideal que lo roben y canibalicen.

Voy caminando hacia el lado brasileño. Solo tengo que cruzar una calle. Entro a un lancheonette a tomar un cafezinho y un pão doce.





Nadie me para, nadie me mira y nadie me pide documentos. Es la frontera más fácil de cruzar de América y quizás del planeta. Pero para tomar un ómnibus de larga distancia, dormir en un hotel y sobrevivir un encuentro con la policía, necesito un nuevo documento.

Vuelvo a buscar a alguien parecido a mí. Esta vez es más difícil. El pueblo es chico y necesito alguien que esté solo y sea brasileño, pero no viva en Santana do Livramento sino lo más lejos posible. De otra manera me descubrirán enseguida, seguro que los de acá se conocen todos.



Encuentro a uno sentado en un bar. Oigo que pregunta donde conviene comprar quesos. Eso lo delata. No es local. El tipo se parece en algo a mí pero es muy rubio, aunque de ojos marrón claro, como los míos. Lo sigo durante un par de horas por los negocios de los dos lados de la frontera. El compra muchas cosas. Yo solamente dos.

Se mueve siempre en lugares llenos de gente. No tengo oportunidad de atacarlo hasta que entra en el baño de un restaurant. Fuera de nosotros dos está vacío.

El brasileño entra en uno de los dos retretes, entorna la puerta, pero antes de que pueda trabarla, la pateo con fuerza y disparo el Taser que había comprado hace apenas unos minutos. El shock eléctrico lo inmoviliza en un segundo. Cae aparatosamente sobre el inodoro. Cierro la puerta del cubículo y lo inyecto con el calmante que compré no demasiado legalmente en la farmacia. Según el prospecto tengo un par de horas antes de que reaccione. Lo siento en el inodoro con los pantalones bajos, cierro la puerta desde adentro. Y luego de sacarle los documentos y el dinero trepo la pared hasta el otro retrete y salgo del baño. 






Yo mismo me sorprendo de la velocidad con la que me he convertido en un delincuente.

Ya sentiré culpa cuando pueda.

Miro la cartera. Soy ahora Paulo Ruscher de Blumenau, Estado de Santa Catarina y mi fortuna se ha incrementado en una cantidad importante de Reales. Pero antes de utilizar mi nueva personalidad, tengo que solucionar el tema del color de pelo. Pienso en teñirme. Pero va a tardar demasiado y es complicado hacerlo bien. Decido raparme. Lo hago en minutos, sin lastimarme demasiado. También me afeito. La bocha está más blanca que el resto de mi cara. Me pongo un spray bronceador. Me da un color parejo aunque algo rojizo que condice con mis supuestos genes alemanes.

El último problema es el idioma. Lo entiendo bien, pero hablo en un horrendo portuñol. Lo soluciono cambiando el vendaje falso de mi ojo a la garganta. Cuando me hablan señalo el parche y emito sonidos guturales que provocan una mirada de lástima sin desconfianza alguna.



Voy a la estación de ómnibus y tomo el primero que sale sin importarme a dónde va. La suerte decide que mi destino sea Porto Alegre.

Calculo que salgo de la ciudad en el mismo momento en que el verdadero Paulo se despierta. Trato de no pensar en el riesgo de que me encuentren. Dudo que la policía local sea tan eficiente como para tomar la denuncia, sospechar que alguien usó el documento, ubicar la compra del pasaje y detener el ómnibus antes de que se cumplan las seis horas del recorrido.






Estoy destruido. El monótono ruido de los neumáticos pasando las junturas del pavimento, me va durmiendo como el reloj de un hipnotista. Antes de caer al precipicio del sueño, me pasan, como en un video editado para un cumpleaños, las imágenes de unos años hermosos que tal vez he perdido para siempre.






Continúa en:
EL HÉROE RETICENTE - CAPÍTULO 6

Lee la primera parte de esta novela en: 
El héroe reticente - Prólogo


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