El héroe reticente - Capítulo 4 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 4

miércoles, 3 de junio de 2015 0 comentarios


"A veces no hay más remedio que cometer un crimen"

Revista literaria argentina novela negra


Una novela negra por entregas escrita


 por AQ Gimenez

Autor de "El Purificador de los condenados"




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A Arturo Leiva no le dolía así la cabeza desde la mañana siguiente al último campeonato ganado por Ñuls. La causa esta vez no era la resaca sino dos piedrazos. El tipo que lo había surtido no tenía cara de chorro. Hasta parecía un buen tipo, aunque un poco roñoso. Pero no había dudas: Era un ladrón.
Por lo menos no lo había matado. Salvo los mosquitos que le picaban la cara y las hormigas que le picaban el culo, no corría peligro. Trató de gritar y de su boca tapada con su propio pañuelo salió solamente un gruñido imposible de oír a más de tres metros.






Tenía que desatarse.

El hijo de puta lo había atado bien. Tenía las piernas estiradas atadas en los tobillos y arriba de las rodillas. Las manos adelante, como si estuviera rezando, anudadas con tres sogas diferentes bien apretadas. Otras tres cuerdas me ataban al tronco a la altura del cuello, bajo los sobacos y en la panza.

No iba a ser fácil pero tenía que tratar. Si esperaba que lo encontraran lo más probable es que pasaran semanas o meses. El lugar era invisible desde la calle de tierra y, desde que se había despertado no había oído pasar a nadie.

Recordando con un poco de envidia las clases semanales de Stretching de su mujer, logró con gran esfuerzo recoger sus piernas hasta que sus manos alcanzaron la soga que ataba sus tobillos. Como sus piernas estaban unidas más arriba con otra ligadura, no podía pasar sus manos entre sus piernas para llegar a los nudos que estaban sobre sus talones. La única solución era inclinar las piernas hacia un lado y torcer el tronco.

Apenas pudo desatar uno de los muchos nudos antes de que un calambre lo obligara a descansar.

Iba a ser una larga noche.


Cuando terminó de desatar las piernas habían pasado más de dos horas. Su plan era intentar pararse. Como el árbol se angostaba en su parte superior, las cuerdas se aflojarían y podría zafarse y caminar hacia la ruta. Ya encontraría alguien que le desatara las manos y llamara a la policía.

La idea era buena pero no funcionó. Las sogas que rodeaban el árbol estaban calzadas en las irregularidades del tronco y no se movían ni un centímetro.


Sus dedos no llegaban a los nudos sobre sus muñecas. Tenía un cinturón con una hebilla metálica decorada obviamente con el escudo leproso. Se lo sacó. Uno de los bordes de la hebilla estaba mal terminado y tenía un poco de filo. No era precisamente un bisturí pero, con la maldición número mil dirigida a su atacante, colocó el pedazo de metal entre sus rodillas y comenzó a raspar la primera soga.

Ya amanecía cuando cortó la última. Tirando del cordón que unía su cuello al eucaliptus logró alcanzar los nudos y en poco tiempo más, desatarlos.

Se sacó de encima las otras dos ataduras como si fueran un calzoncillo apretado.

Al fin estaba libre.

Estaba demasiado entumecido para correr. Cojeó hasta la ruta 14 donde encontró a unos policías que lo llevaron a Roque Sáenz Peña 26 en Gualeguaychú.







Ya en la Delegación de la Policía de Entre Ríos, hizo la denuncia que se envió a todas las delegaciones de la Provincia y a la Gendarmería. Todavía estaban procesando el boletín dirigido a todo el país cuando los gendarmes del Puente comunicaron que el auto y un masculino con el DNI de Arturo Leiva había pasado el puente con dirección a Uruguay esa misma noche.


Enseguida se comunicaron con sus colegas uruguayos solicitando su captura informando los datos del auto y la descripción del sospechoso.

Los agentes entrerrianos tranquilizaron a Leiva. Su agresor no podría escapar.

Eran exactamente las siete y media de la mañana.










Lee el comienzo de esta novela en:



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