El héroe reticente - Capítulo 3 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 3

lunes, 1 de junio de 2015 0 comentarios

"Un fugitivo de la justicia en el Carnaval de Gualeguaychú"

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Una novela por entregas escrita
 por AQ Gimenez

Autor de "El Purificador de los condenados"




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Con las monedas que me quedan compro un pancho y un alfajor y me doy por almorzado, merendado y cenado.

Voy a una plaza a dormir un rato. El ruido me despierta. La histeria artificial del carnaval está comenzando. Gritos, bocinazos, autos y negocios con la música al mango, anuncian la alegría embotellada for export.




Me levanto de mi siesta como si tuviera artritis hasta en los párpados. El brazo herido me late un poco. Voy al baño de un local de comida chatarra que parece incongruente en este baluarte de los valores culturales del pasado. Allí hago pis, me lavo un poco, tomo agua y me cambio el vendaje, maldiciendo al inventor de la tela adhesiva y a buena parte de su prosapia. La herida me sigue doliendo pero el brazo ya funciona mejor. Lo voy a necesitar.








Hay una computadora que se puede usar si consumiste algo. Como tomé agua en el baño, me considero cliente. Le pido a un pibe que se está por sentar si me deja ver algo por un minuto. A desgano retrasa su compulsión de matar alienígenas y me deja entrar en Google Map. Mientras estudio rápidamente los alrededores de la ciudad, los dedos del pibe se mueven espasmódicamente como si ya estuviera jugando. 



Me voy antes de que sufra una crisis de abstinencia.








Empieza a anochecer y la gente busca bares y restaurantes para comer y tomar algo antes del desfile de las comparsas.

Camino por las calles buscando a un buen candidato. Quiero dañarlo lo menos posible. Lamentablemente para la víctima, no tengo, como en las películas, un pañuelo con cloroformo o una inyección somnífera. Ni siquiera una Stun gun eléctrica. En mi bolsillo llevo un arma efectiva pero un tanto más primitiva: un pedazo de adoquín.

Mi objetivo no es imposible. Después de todo no soy alto y rubio como Brad Pitt, ni enano y gordo como Danny DeVito. Tengo una estatura promedio, peso normal, pelo castaño ni claro ni oscuro, y rasgos aceptables pero no memorables. No va a ser difícil encontrar a alguien similar a mí.


Veo salir de un bar a un tipo con tres amigos. De lejos se me parece. Me acerco un poco y oigo que le dice a los otros tres que vayan yendo para el Corsódromo mientras él va a estacionar el auto.








Al fin tengo un poco de culo. El auto está estacionado sobre la plaza bajo la sombra de un sauce. Hay gente alrededor pero nadie está muy cerca. Paso por la vereda de la plaza mientras el flaco busca las llaves. Cuando abre la puerta me acerco y grito el primer nombre que se me ocurre:


—¡Alberto! ¿Qué hacés en Gualeguaychú?



El tipo me mira con la cara del Terminator revisando los archivos de su memoria.






—¡José! —Digo extendiendo la mano, mientras de reojo miro a los costados buscando testigos—¡No te acordás!

Antes de que pueda decirme que su nombre no es Alberto y que efectivamente no sabe quién mierda soy, le agarro la derecha mientras que le estrello la piedra en la sien con la zurda.


No le pego demasiado fuerte con mi brazo malo y queda atontado pero consciente. Cambio la piedra de mano y le doy otra vez con un poco más de punch. Las piernas se le transforman en margarina al sol. Alcanzo a abarajarlo y empujarlo dentro del auto. Tomo las llaves, doy la vuelta y abro la puerta del acompañante. Meto el cuerpo, lo tomo de los brazos y lo arrastro hasta el otro asiento. 
Una pareja pasa caminando por la plaza mirándome con curiosidad. Pongo expresión de vergüenza ajena y declaro:

—¡Todavía no empezó el Carnaval y ya está en pedo!

Con una risa de compromiso continúan su paseo.






Cierro la puerta, vuelvo a la vereda y me siento al volante. El falso Alberto gime pero sigue Knock Out. 

Arranco el auto, un cómodo e invisible Volkswagen Gol color gris. Salgo de la ciudad rumbo al oeste.

Tomo la calle Urquiza hacia la ruta 14, hay policías en el cruce pero solo miran a los que van por la ruta. La cruzo sin problemas. Del otro lado es un surco de tierra. Sigo derecho hasta que el camino, como vi en el mapa satelital, pega un brusco giro de noventa grados hacia el norte. Busco un lugar lleno de árboles y estaciono. Abro el baúl y encuentro unas sogas. 








Arrastro al pobre hombre cuyo único pecado fue parecerse a un fugitivo, hasta el bosquecillo alejado unos cien metros de la ruta. Lo pongo de espaldas a un árbol en un ángulo que hace imposible verlo desde la calle de tierra. Primero le sujeto los pies, luego las manos y finalmente lo ato contra el eucaliptus.






Espero un poco hasta que empieza a despertarse. Recién en ese momento lo amordazo. Desmayado podía ahogarse y aunque ahora verdaderamente soy un delincuente, no podría soportar la culpa de matar a un inocente. Respira bien por la nariz. Intenta abrir los ojos. 

Es hora de rajar.

Vuelvo por el mismo camino hasta llegar a la ciudad. No llego al centro, doblo hacia el norte hasta llegar a la ruta 136 que lleva al puente que cruza el río Uruguay.
Mientras manejo a poca velocidad reviso la billetera de mi “amigo”. Su verdadero nombre era Arturo. Por eso dudó cuando le dije Alberto, era bastante parecido. Tiene unas tarjetas de crédito que no podré usar y bastante efectivo que no me vendrá nada mal. El DNI es nuevo y el registro de conductor vigente. Las fotos son tan malas que se parecen más a mí que a él.
Los papeles del auto están en regla y el seguro pago. Espero cruzar sin problemas.
Salí del tercer carnaval del mundo y entre al país del mejor candombe. La Gendarmería me dejó pasar sin mirarme dos veces.








En Fray Bentos hay menos plumas y menos bailarines gay, pero más repique de tambor. Paro en un boliche con vista a las murgas. Me encanta la agrupación “Mamba Negra”. El nombre es ominoso pero su ritmo que me hace olvidar por un rato quién me persigue.

El chivito es carísimo y suculento. La cerveza, como siempre en el “paisito”, excelente y fría. Tomo nada más que un porrón, lo único que me falta es fallar un test de alcoholemia. Pago con los pesos que robé, es más fácil sobrellevar una conciencia pecaminosa con el estómago lleno. Aprovecho a cambiar los pesos por uruguayos y dólares en el mismo boliche. Me matan con el cambio pero no puedo esperar a ir mañana al banco. Tengo que irme ya, son como cuatrocientos cincuenta kilómetros hasta Rivera y no sé cuánto tiempo tardará en desatarse mi involuntario benefactor. 






Continua en:
EL HÉROE RETICENTE - CAPÍTULO 4


Lee el comienzo de esta novela en:

El héroe reticente - Prólogo


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