El héroe reticente - Capítulo 10 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 10

lunes, 15 de junio de 2015 0 comentarios

"—¡The money! —Grito, sabiendo que es una palabra que cualquier argentino conoce."




Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez



Autor de "El Purificador de los condenados"


Para Diario Literario Digital

La Revista Literaria sincrética, plural y abierta.





Al llegar a Torres, lo primero que hago es ir a una juguetería a comprar un chiche que Ágata jamás me dejaría regalarle a nuestra hija.Después recorro la playa frente a los principales hoteles, buscando una vez más a algún incauto que se me parezca y esté solo. Seguiré repitiendo el truco todas las veces que sea necesario. No me interesa ser original, como dicen los norteamericanos: “Si no está roto, no lo arregles”.

No tardo demasiado en encontrar a uno. Es un poco más gordo que yo, pero su cara es bastante similar a la mía. Tiene el pelo corto y está rasurado al ras. Hace varios días que no me afeito la cabeza y la barba. Cualquier discrepancia entre la foto de su documento y mi jeta quedará oculta por la diferencia capilar.



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Para mejor, es argentino. Está leyendo atentamente un diario Clarín de ayer. Observé que lo vendían en el kiosco de la Rodoviaria.

Me instalo en un barzinho a comer un plato de mandioca frita con la reglamentaria cerveza. Desde allí veo la grasienta espalda de mi víctima que va tomando un poco saludable tono camaronesco. La culpa sigue estando, pero ahora es como un eco lejano. Como los soldados que jamás lastimarían a nadie en su vida normal, pero pueden matar a cientos durante una guerra, yo, armado con la excusa de la supervivencia y el rescate de mi familia, me estoy acostumbrando demasiado fácilmente a robar y a engañar. 



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Espero que como algunos militares, cuando llegue la paz pueda volver a encerrar bajo llave a mis peores instintos.




Una hora y media después, mi objetivo finalmente se da cuenta de que el “Buraco de Ozonio” no es joda y que su piel pide por favor un respiro. Se levanta de la reposera y camina hacia el hotel. Yo lo sigo con mi mejor cara de turista del primer mundo. Saludo al portero al entrar y ni se le ocurre preguntar si tengo derecho a entrar. Subo al ascensor con el gordito insolado. Dejo que apriete el botón y le digo en un razonable inglés:

—Same floor for me. ¿Do you speak english?

El tipo separa el índice y el pulgar de su mano derecha, y contesta con una pronunciación de mierda:

—E litle

Estoy salvado. No se va a dar cuenta de mi acento imperfecto.

—¿Where are you from?

—¡Aryentina! 




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Intenta explicarme lo maravillosa que es nuestra tierra natal con su vocabulario de diez palabras, mientras salimos del ascensor y llegamos a su puerta. Abre con esa tarjeta magnética que se usa ahora en lugar de la llave. Lo empujo y entro con él. La cara de sorpresa que pone es cómica, pero se funde con otra de terror, que no tiene nada de graciosa, al ver el arma que lo apunta a la nariz. No sabe que es de plástico, y lo único que dispara son unas bolitas celestes que con toda la furia pueden irritarle un ojo.

—¡The money! —Grito, sabiendo que es una palabra que cualquier argentino conoce.

Me da todo lo que tiene en el bolsillo. Lo empujo hacia el closet donde sé que está la caja fuerte. Con el arma le señalo el teclado y digo —¡Open!—



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La abre y allí está la plata y como esperaba, los documentos, las tarjetas de crédito y el pasaje de avión. Con la pistola le ordeno que se aleje. Agarro los dólares y los reales y le dejo los pesos y las tarjetas para que no arruinarle del todo las vacaciones. Revuelvo en su porta documentos y encuentro un registro de conducir, el pasaporte y un DNI. Sin que me vea agarro el DNI. Lo más probable es que no lo denuncie, no creerá que le robé eso y no los otros documentos. Me doy vuelta lentamente para que vea que solo me llevo el dinero y ato sus manos y sus pies con los cordones de unas zapatillas. Lo amordazo con una camisa y me voy cerrando la puerta.




Por suerte no tuve que lastimarlo. Por alguna estúpida razón me siento peor al atacar a un compatriota. Sonrío un poco, sacudo la cabeza y pienso con ironía: “!Seré un ladrón pero amo a mi bandera!”




Salgo caminando sin que nadie me mire dos veces. 






Voy directo a la Rodoviaria donde dejé mis cosas en el Guarda Volumes. Media hora después estoy camino a Florianópolis. Ahora puedo hablar sin preocuparme por el sotaque, mi documento dice que mi nombre es Daniel Goldstein y soy argentino. Por si acaso conservo el documento brasileiro oculto en la entresuela de mi zapatilla izquierda. 




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Cuando llego a Floripa ya es de noche. Encuentro una inmobiliaria abierta y “alugo” un departamento por una semana. Me piden el documento al firmar el contrato. Muestro el de mi alter ego de hoy. No creo que tenga problemas, a diferencia de un hotel, supongo que los que alquilan no informan a ninguna rama del gobierno. Nadie quiere pagar impuestos si puede evitarlo.




Estoy instalado, invisible y medianamente próspero. Necesito saber algo de mi familia. Preferiría no volver a llamar a la quesera Quesada. Tengo miedo que avise a las autoridades y rastreen mi llamada. Por eso salí en cuanto pude del Estado de Río Grande do Sul. Un poco de paranoia es útil para un fugitivo.




Voy a un local de Internet. No entro en mi mail ni en mi página personal de Facebook. Tengo miedo de que puedan rastrear los contactos desde el exterior. Sin embargo mi editorial creó una “Fan page” sobre mis libros con el nombre de mi personaje: “Inspector Goitía”. Allí tengo como siete mil de esos seudoamigos de la Red provenientes de todos los países donde se publicaron mis libros. El año pasado publicaron el primero en Brasil, traducido por un conocido escritor local. No vendió mucho, pero tengo algunos admiradores que me siguen. Por lo tanto no será extraño un contacto desde Brasil.




Apenas entro en la página encuentro una agradable sorpresa que me hace sonreír.

Una de las pocas cosas dónde mis gustos se oponen a los de Ágata es en la música. Ella ama la música suave, bossa, hindú, smooth jazz. Yo me burlaba diciendo cosas como:

—Primer corte del álbum “Música para tranquilizar a un cosaco en pedo” —o—Este tema lo ponen siempre en la guardia de locos peligrosos del Moyano.




Por su parte ella no soporta mi afición por el rock pesado y la música Country. No puede entender como un tipo sin un gen anglosajón en sus células puede emocionarse con las historias de unos brutos de cuello colorado y sombreros de ala ancha.



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El punto más alto de mi amor y su odio es la música de ZZ Top. Los barbudos despiertan en ella un desprecio visceral como el que yo tengo por Enya, Yanni o cualquier otro traficante de dulzura pegajosa para tímpanos.

Por todo eso, cuando vi que Ágata había subido ayer en la página del Inspector Goitía el video de “La Grange”, el más pesado de todos los temas de mi banda favorita, supe enseguida que era un mensaje para mí que nadie más podría entender.

El significado era evidente: “¡Estamos bien, sé que estás a salvo y vamos a aguantar!”






Continúa en:
EL HÉROE RETICENTE - CAPÍTULO 11



Lee la primera parte de esta novela en: 
El héroe reticente - Prólogo


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