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martes, 2 de junio de 2015 0 comentarios

"El arte cinematográfico como expiación"




Escrito por Dr Gustavo Duek


                El exorcismo cinematográfico de Dennis Gansel
“…Para ser uno mismo hace falta que el Ser pueda acontecer, que las posibilidades se actualicen aunque no se sea todavía lo que algún día se será…” 




A poco tiempo del estreno de “La Ola”, el realizador Dennis Gansel respondía de manera elocuente la pregunta del millón. Gansel, nacido en 1973, nieto de un general del tercer Reich, necesitaba volver a hablar una vez más de su pesada herencia:


¿Hay elementos para que se repita lo sucedido? 

Pensamos en ello, y es parte de lo que genera la película. Además, fascismo y economía tienen mucho que ver. Algún partido nazi ha llegado a conseguir, en estados alemanes, un 18% de los votos. Con problemas económicos graves, los líderes cuentan lo que quieren. Es algo que está pasando en Rusia, y con lo que juega Putin: censura en los medios, creación de un sentimiento exacerbado de orgullo nacionalista, movimientos juveniles en ese sentido.

Creo que es al antídoto es fomentar una democracia más participativa. Participativa de verdad. Un 80% de los escolares que vieron la película opinaban que el fascismo puede volver" 

¿Puede volver a ocurrir? ¿Qué haría yo si sucediera? ¿Partiparía, me sumaría con los demás, o me arriesgaría a alinearme con la resistencia? 

Hemos puesto la película en institutos. El 20% de los profesores decían que no era posible. El 80% de los alumnos, que sí. Y coincidían en que puede suceder si el movimiento logra identificación, si transmite imagen de solidaridad entre sus miembros, si el lider es carismático. Estoy de acuerdo.


"…Yo sigo teniendo todavía sentimiento de culpabilidad. Nací en el 73; pero los actores (los alumnos), que son de la generación del 84, del 85, no tienen ese sentimiento de culpabilidad.


Para ellos es una más de las cosas que pertenecen a la historia de Alemania, como la Primera Guerra Mundial, Martín Lutero..., es algo que tienen que estudiar y están incluso un poco cansados de hacerlo. Es un poco ingenuo, pero al mismo tiempo es muy refrescante, porque realmente pueden tratar un aspecto muy trágico de nuestra historia desde un punto de vista muy relajado, al no sentirse culpables…"




En “La Ola”, el realizador Dennis Gansel lleva adelante una idea basada en un hecho real, se trata de una adaptación de una novela de Todd Strasser. 

El carismático y heterodoxo profesor Wagner dicta un curso sobre el concepto de “autarquía” que resulta un éxito absoluto entre sus alumnos. Se trata de una semana de “proyecto” en la que ellos deberán conocer y luego dimensionar los alcances de un régimen autárquico. 

Heterogéneo en clases sociales y etnias, el grupo progresivamente va sumando adeptos que no vacilan en resignar su individualidad en pos de generar una verdadera unidad colectiva. Bajo el ala del carismático profesor, dotado de una envidiable capacidad de liderazgo, el grupo comienza tomando el experimento como un juego que luego va degenerando en su desarrollo hasta cobrar vida propia.

A pocos días de su gestación, el grupo encuentra un nombre, un uniforme, un logo y un saludo identificatorio de una sugestiva violencia simbólica. Así las cosas, los miembros de La Ola también van desarrollando, paralelamente a un sentido de pertenencia, una intolerancia desproporcionada para con el universo que los rodea (que incluye a novios, amigos, padres y familiares).

En cuestión de días, la onda expansiva del juego comienza a esparcirse ilimitadamente hasta que la incipiente comunidad de individuos eufóricos (aunque ya diluidos) conoce abruptamente la tragedia que quiebra el relato. La última escena del film, quizás la más inspirada, se inicia con un plano abierto en el que Wagner, de espaldas a un auditorio numeroso toma la palabra tras un prolongado silencio.





Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, la película aporta poco nada. Gansel se sirve de recursos ampliamente probados con éxito en el cine “mainstream”. Se suceden desde el comienzo los primeros planos nerviosos de cámara en mano, la música que trata de sumergirnos en una atmósfera opresiva, personajes estereotipados, diálogos forzados y situaciones poco creíbles.


Nada de esto impide al film interrogar y abrir nuevamente el debate acerca de la naturaleza alma humana, aunque finalmente no lo consiga. En este caso, se aborda de manera retrospectiva el origen del régimen totalitario; la deuda que la generación de Gansel acepta como herencia legítima.


Pero es aún más profundo que hay que adentrarse para dimensionar lo que una masa informe puede generar sólo por la inercia de existir, por su devenir, si se toca la cuerda sensible en el momento adecuado. Este es el punto. 

La película tácitamente nos concede que el momento adecuado podría ser cualquier momento, y que el objeto de rebeldía podría encarnar la manifestación de cualquier otro impulso (incluso el de no rebelarse ante nada). La semana de proyecto sobre “autarquía” cae en manos del profesor Wagner de manera absolutamente arbitraria, accidental, dado que un colega se le ha adelantado para dictar el proyecto que más ansiaba Wagner, el proyecto sobre anarquía.

Y bien, entonces, ¿Qué hubiera sido de “La ola” anarquista en manos de Wagner? Muy probablemente un movimiento diferente en esencia pero de una potencia similar al de la ola autárquica, porque el profesor Wagner forma a sus alumnos para transformarlos. Y lo consigue. 

Hacia el final de la película las consecuencias de este proyecto son mostradas de manera explícita. Esto es lo que puede ocurrir dentro de un régimen de esta naturaleza, nos intenta demostrar Gansel, cuando los alumnos deambulan en cámara lenta en derredor de la tragedia. Claramente el régimen totalitario es y fue el enemigo natural e inmediato. Pero se alude sólo tangencialmente (mediante dos personajes específicos) al problema central, que incluye a todos los otros: el del poder que se ejerce no sobre, sino a través de los individuos.

Y que utiliza como sustrato al individuo que anula su potencialidad, que no se produce a sí mismo desde la libertad de su autodeterminación, sino que basa su construcción identitaria en ideales y objetivos que no le son propios. Como se encarga de mostrarnos la película, los ideales a los que adhieren ciegamente estos adolescentes que no han cultivado su subjetividad son formulados dentro de una comunidad cerrada que los alberga mediante códigos dudosamente preestablecidos.


Michel Foucault ya ha teorizado al respecto hace muchos años: 

”…cuando los códigos se han internalizado tan profundamente, es difícil adquirir la suficiente distancia crítica que permita la reflexión sobre la praxis individual y social…”  


"…Sutilmente, sin violencia, irá infiltrándose en los individuos, trabajando detenidamente sus anhelos, condicionando su imaginación, controlando su pensamiento, hasta lograr una profunda identificación de los fines, las aspiraciones y las valoraciones personales con los de la estructura…(…)…Ya no hay necesidad de restricciones allí donde el individuo adhiere voluntariamente a los códigos del sistema. Trabajando sobre el deseo no es necesario imponer obligaciones…”


La inercia pura de la masa homogeneizada es la que encara el objetivo, cualquiera sea éste, en nombre del sujeto neutro, obediente y leal que es empujado o instado a conformarla.






La vida en autosuspensión


Es aquí donde habría que detenerse y la fallida película no lo hace. Más allá de toda ideología totalitaria, la película refleja tristemente (al tomarlo como un hecho propio de la edad, o ya natural del individuo social promedio) la huída del hombre de su propia libertad, la extrema facilidad con que se puede adoctrinar a personas de diferente cultura, etnia o religión para que adhieran a consignas y sientan placer en ello, para que mutilen su subjetividad. Pero esta idea despliega un sinnúmero de interrogantes que la película elude en su levedad. 

¿De qué manera se experimenta una vida vivida por encargo, y cómo se origina tal cosa? ¿Cómo se renuncia al protagonismo, y qué consecuencias genera el hecho de una vida estandarizada acorde a consignas de cualquier naturaleza? 

¿Es una vida auténtica a pesar de todo o un plagio de otras tantas, una apariencia? ¿La vida es un acto creativo o una vulgar representación de la experiencia de otros? ¿Cuál es la naturaleza del proceso en virtud del cual se instala sin reparos ni cuestionamiento alguno el dogma, en el marco de una subjetividad naciente?


“…Uno nunca se pertenece completamente, en cierto modo se debe al otro que socava nuestra pretensión a la hegemonía…” (Pascal Bruckner)


Más cuestionable que los enormes agujeros del guión es que Gansel se proponga analizar un fenómeno tan complejo y polémico de manera tan llana y superficial, centrándose en las consecuencias que todos conocemos, sin siquiera dejar en el aire algún viso de reflexión acerca de las causas.

Hay sólo una alumna en el grupo que muestra cierta rebelión frente a los acontecimientos, pero lamentablemente queda opacada por la pirotecnia visual de un guión que sugiere situaciones inverosímiles sin detenerse en ninguna (siguiendo un “tempo hollywoodense”).


Hace muchos años Sartre ha dicho que el “ser” se va dando mediante elecciones, mediante la praxis. Que no estamos determinados para nada, que somos libres, que sencillamente somos aquello que elegimos. 

La película sigue la idea opuesta a la planteada: en la huída de la propia libertad que genera angustia, el individuo elige que elijan por él, o sencillamente que lo elijan. Pero para llegar hasta allí, pareciera obvio (y lo es, según se muestra) que la anulación del individuo está siempre cerca, que es inminente, como un gen latente que se expresará ante el menor estímulo.

Si no se cae en la trampa, se la fabricará con tal de sentirse como cualquiera de los demás, a salvo y con su potencialidad anulada. El individuo no se pertenece a sí mismo en su propia libertad (que le es insoportable) sino a un colectivo que le dará cierta entidad y autonomía de proyecto.



“Así como la liberación posee una especie de grandeza épica y poética cuando nos libera de la opresión, la libertad, porque compromete y obliga, nos tiraniza a través de sus exigencias.
El individuo moderno, es un apóstata profesional, el nómada de los transfuguismos continuos, aquel que en el transcurso de una única vida abraza y abjura de montones de fes e ideas, mediante ahesiones tan efímeras como intransigentes. La historia del individuo no es más que la historia de sus abdicaciones sucesivas, de las mil argucias con las que trata de burlar el requerimiento de ser él mismo". 

(Pascal Bruckner)


El film de Gansel pareciera reflexionar, entonces, de una suerte de “banalidad de la identidad”, aunque tal cosa quede apenas sugerida debajo de una obra pretenciosa desde lo formal aunque absolutamente menor.

Se asume manera natural que el individuo vive sin objetivos trascendentes, sin compromisos políticos; cualquier ideal o dogma aguarda a la vuelta de la esquina para ser adoptado hasta el fanatismo.


La explicación de este fenómeno se entiende desde la historia. El enemigo está en otro lado: dentro de nosotros y por eso es que no lo vemos. El totalitarismo es uno de los tantos fantasmas, igual de grave que muchos otros. Por eso Gansel no debe victimizarse ni buscar expiación en un simulacro de arte cinematográfico. No tiene ninguna deuda con su pasado. 


Por fín Gansel se sincera:

”Sí, ya está genéticamente en la naturaleza. Nosotros crecemos así, con la figura del padre y de la madre. En nuestra naturaleza está tanto el deseo de pertenecer a un grupo y de someternos algunas veces a líderes, como por otra parte, el deseo de independizarnos y de estar solos. Y eso de formar parte de un grupo y someternos a un líder no tiene por qué ser necesariamente negativo. En el punto de partida de todos los sistemas autoritarios está el aprovecharse precisamente de este aspecto de la naturaleza humana”.

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