Cuando el dolor es tan grande (relato) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Cuando el dolor es tan grande (relato)

jueves, 11 de junio de 2015 0 comentarios

¿Por qué nuestros problemas por graves que parezcan, pueden llegar a resultarnos insignificantes?




Escrito por Lic Ramón D. Peralta

EJERCICIO LITERARIO

Modelo de breve Relato In Extrema Res


CUANDO EL DOLOR ES TAN GRANDE





No debes angustiarte tanto por estas cosas m´hijo, esto suele suceder.


Eran las seis y media de la tarde de un jueves de principios de Abril. Mi hermano había salido del Hospital veinte minutos antes. Había atravesado todo el centro y ahora estaba a media legua de la última edificación habitada del pueblo, intentando disimular los dolores de su cuerpo, mientras tiraba en vano de la cincha.  






Dos años y medio antes, había logrado esconder el potrillo (de una semana de vida), de los soldados. La chacra no estaba lejos del poblado, tampoco cerca. La comida escaseaba, pero el caballo hacía falta. Tres meses después, el ejercito se llevó todos los caballos y las cinco vacas que quedaban. El joven equino se salvó de milagro.  



Todo ello le había producido una profunda sensación de desprotección, impotencia y desesperanza. No le importaba demasiado su enfermedad terminal, él amaba a su familia, y dentro de ella estaba su "Sleipnir" (nombre mitológico que supo darle a su corcel). En realidad, todos teníamos miedo; los rusos estaban cada vez mas cerca.  


La magnitud de la hambruna y la vastedad de la destrucción, había afectado especialmente a Hartwig, mi hermano. En varias ocasiones me había contado sobre sus principales temores. El domingo anterior, me había narrado una pesadilla que le había llevado a imaginar el infierno en que podría convertirse su vida si perdía a Sleipnir. 


El lunes había sonreído con ganas, luego de ganarle una carrera a Gottlieb, el hijo del principal terrateniente de la zona. 



Ese jueves decidió desechar la ruta habitual y atravesar el pueblo por el camino que conducía a Dresden, dando un pequeño rodeo para gozar de aquella reconfortante sensación de triunfalismo que, parecía justificar toda su existencia.


Mi padre había muerto en 1938, y mamá se había ido en el 42. De pequeño fui a la escuela y a los quince ya estaba en la guerra. El frente ruso no era un buen sitio para estar. Luego de perder una pierna, me mandaron a casa nuevamente. Al regresar comencé a trabajar en la herrería de mi tío Holger. Wenke, su esposa; se había encariñado con nosotros. 


En la herrería todo era distinto. Allí no moría nadie, salvo alguna que otra cucaracha.  También había ratas manchadas. Algunas solo eran ratones. 



 


La especialidad de Wenke era lavar ropa ajena y subirse al sulky para repartirla. Olía a guiso con estofado. Después se murió. También Holger murió. Mi hermano no tardaría en morirse, estaba muy enfermo. Todos moriremos tarde o temprano, le solía decir a mi hermano para consolarlo.



  



Íbamos  felices a trabajar, la herrería había quedado a mi cargo. 


Cuando llego, veo a mi hermano aplastado por el caballo. Sleipnir había muerto repentinamente. Varios parroquianos ya estaban descuartizando el animal. Uno había logrado arrancarle una pata con todo un cuarto. El hambre yacía despiadado. 

   


Al caer, mi hermano se había lastimado el brazo y la cabeza con una piedra muy afilada. Las heridas le sangraban mucho, yo diría que demasiado. Y sin embargo, lo único que le dolía era el espectáculo de ver a su caballo siendo desmembrado.   

Luego que mi abuelo me contó la historia de su hermano Hartwig, entendí que lo mío era insignificante, incluso me dio vergüenza.  

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