Robotodo -Tecnología y terror- Primer Capítulo | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Robotodo -Tecnología y terror- Primer Capítulo

sábado, 2 de mayo de 2015 1 comentarios

Cuento de Ciencia Ficción













Escrito por AQ Gimenez


Dos años después de la Olimpíada de Quito, las empresas de productos electrónicos comenzaron a producir masivamente robots para la casa. 


No eran como los antiguos electrodomésticos, artefactos inmóviles que debían ser operados por manos humanas. Estos nuevos artefactos, si bien estaban construidos para una tarea determinada, luego de ser programados, operaban sin intervención de los dueños de casa. Sus baterías recargables de iones de litio les permitían trasladarse sin necesidad de cables. 

Los humanos no debían preocuparse por el nivel de carga, ellos mismos se ocupaban de conectarse automáticamente.




El esclavo cibernético más popular era la aspiradora/lustradora. Solo debían insertarse en su memoria los ambientes a limpiar y encerar, y las horas y días en que debía hacerse. Los pisos permanecerían impolutos y brillantes como por arte de magia.

Existían muchos juguetes más: El limpiador y desinfectante anfibio para piscinas; un lavador, secador y planchador de ropas; el comprador de suministros por internet, que al llegar el pedido ordenaba los productos en el sitio que correspondía: el baño, el freezer, el refrigerador o los estantes.




Uno de los más caros era el lavavajillas integrado a los muebles de la cocina, que permitía introducir los platos más pringosos y grasientos, para aparecer unos minutos más tarde ordenados en su correcta ubicación, limpios como la conciencia de un monje tibetano.






Al principio yo me resistí. Tanta tecnología no supervisada me ponía un poco nervioso.


Vivo solo en un caserón un poco alejado que heredé de mis padres. La mucama de siempre se volvió demasiado viejita para seguir trabajando.

Hice un esfuerzo e intenté limpiar con mis propias manos, pero no tenía la habilidad ni la voluntad necesaria para hacerlo.
Fracasado, vacío de amistades y de ideas, no tuve otro remedio que ir a la tienda ridículamente bautizada como “Robotodo”.







Soy débil ante personalidades prepotentes como las de los vendedores. Lograron convencerme de comprar algo llamado Kit del Hogar. Incluía diez máquinas automatizadas, que hacían todo tipo de cosas que jamás podría comprender.

Por suerte, creí entonces, el Kit incluía la visita de un técnico diplomado para programar los artefactos e instalar el puesto de recarga para las baterías.










Cuando el experto dejó la casa, me sentí como un domador cuando los asistentes meten al león dentro de la jaula y lo dejan solo con la fiera.


Miraba a los artilugios como si fueran tarántulas o escorpiones listos para atacar.



Esa noche me acosté con la puerta de mi dormitorio cerrada con llave. No sirvió de nada, cada vez que lograba conciliar el sueño, pesadillas con estridentes aparatos llenos de luces y cromados me hacían despertar sudando.
Para mi sorpresa la casa empezó a convertirse en un lugar higiénico y organizado como cuando vivía mamá. Las sábanas aparecían blancas y planchadas como en un hotel de lujo. Los platos y cucharas dejaron de tener esa tenue capa de suciedad que arruinaba el sabor de los postres.

La piscina tenía el color del Caribe. La comida se preparaba por sí sola, sana y deliciosa, como si tuviera un chef encadenado a la puerta del horno. 




Como salgo muy poco, era imposible programar las máquinas para que trabajaran en mi ausencia. Por lo tanto, gigantescas cucarachas metálicas se deslizaban por la casa sobresaltándome a cada momento. Traté de sobreponerme y gozar de la perfección de mis asistentes robóticos.





Todo parecía funcionar bien, pero casi sin darme cuenta, comencé a pasar cada vez más tiempo en mi cuarto, cuya puerta mantenía siempre cerrada vedando el acceso a las maquinarias que me rodeaban como los indios en las películas del oeste.

Mi dormitorio se impregnaba de ese tufillo que mi madre llamaba “olor a hombre”, pero por lo menos pude dormir algo unas cuantas noches.


A la semana, los robots domésticos comenzaron a rebelarse. Creo que no les gustó que me encerrara en mi pieza. La tierra prohibida de mi cuarto desataba en ellos una fiebre conquistadora como la de Cortés o Hitler.



El engendro que limpiaba los pisos, embestía mi puerta todas las mañanas, exigiendo entrar. La máquina que reemplazaba los suministros, pretendía ingresar al baño en suite con jabones y lociones, pero no se lo permitía.

Dos veces por día, cuando no se oía ningún sonido mecánico por los pasillos, me aventuraba hasta la cocina para recoger la comida preparada por los aparatos. Era siempre deliciosa, pero la comía con miedo, temía que estuviese envenenada.




Para leer el final de este cuento clickea:

Robotodo -Tecnología y terror-Capítulo Final

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+ comentarios + 1 comentarios

domingo, 3 de mayo de 2015, 1:00:00 GMT-3

COMO SIEMPRTE, MUY BUENO ANTONIO

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