Palmeira Juçara (Palmito) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Palmeira Juçara (Palmito)

miércoles, 27 de mayo de 2015 1 comentarios



"Relatos simples pero llenos de calor y humanidad, aquellos que nos identifican"




Escrito por Eduardo Zacarias


Traducido por Redacción Letras Opacas







Llovía torrencialmente en la selva cerrada. La choza de tacuaras y el techo de hojas de palma, bien trenzadas, tapaban los agujeros para que el agua de lluvia no pasara. 


Estábamos en silencio, recostados en las literas de caña esperando cómodamente que pasara la fuerte lluvia, mientras tanto, el café, se calentaba en la pava improvisada con una lata cualquiera; el reviro (*) calentito en la olla de hierro, esperaba dejando escapar un poco de vapor por la brecha que permitía la improvisada tapa. 


 


La lluvia pasó como por arte de magia, y las nubes accedieron a que penetren los imponentes rayos de sol, inundando de luz la, hasta instantes antes, oscura selva.


Pronto se oyó el canto de cuervos y tucanes,  y a la distancia un suruqûa de pecho rojo. Al servir el café, escuchamos también a un yacú muy grande disputando una hembra con otro macho, en la parte superior de un frondoso árbol. 


No hace falta decir que, pronto teníamos carne fresca para acompañar el reviro (que antes estaba solitario). Tomamos el café quemado, casi con bronca, y llenamos la barriga con el reviro y la carne frita de yacú (caído en combate ante un feroz oponente).


 


Luego, salimos con los machetes marca Corneta, livianos y bien afilados. Con tres golpes certeros, las palmeras se rendían a nuestros pies, para luego ser escalpadas (quitarle su cabellera ergo sus hojas).


Por supuesto, nada de esto me llena de orgullo. Pero era esto o nada. 


Y después a seguir el sendero, derribamos más palmeras mientras éramos picado por los mosquitos, arriesgándonos a mordeduras de víbora o ser golosina de algún jaguar.


 


Apilamos todo con cierta prolijidad, para subir los trastos a las mulas que oficiaban de transporte.

Al llegar al campamento, preparamos los trozos de palmera para llevarlos a la ruta, donde un camión los recogería para transportarlos hasta donde serían procesados. Allí le extraerán el delicioso palmito que, después de ser pasteurizado y enlatado, serán servidos en los mejores restaurantes. El resto, obviamente irá a parar a las góndolas de los supermercados o a las alacenas de las cuantiosas y exigentes mansiones del mundo.

Así de simple es la abnegada y dura cotidianidad de un hombre como yo. Quizás no sea la gran cosa, pero es todo lo que tengo, es todo lo que soy.-

FIN




Nota: (*) El Reviro es como una torta frita, pero granulada y muchas veces con huevo. Se come con el mate o el café
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Anónimo
miércoles, 27 de mayo de 2015, 8:02:00 GMT-3

En Buenos Aires, solemos quejarnos de todo, aún teniéndolo todo. Este simple pero hermoso y sentido cuento, es despabilante y emocionante a la vez. El final me mató.

Felicitaciones al autor.
Marta Molina

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