Lázaro - Una historia con olor a formol - Última parte | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Lázaro - Una historia con olor a formol - Última parte

miércoles, 6 de mayo de 2015 0 comentarios


Cuento Tánato - Policial







Escrito por AQ Gimenez



Entre los dos empujamos el reluciente cofre de falso ébano hasta el lugar de privilegio de la sala velatoria, bajo luces con un sutil filtro color rosa.

Bernardo había logrado lo imposible, el cadáver parecía más vital que en las últimas semanas, cuando aun luchaba con su enfermedad.


Los esfuerzos del día, el poco sueño y la emoción me habían agotado, pero no tenía tiempo de descansar, la gente comenzaba a llegar a pagar sus respetos a Lázaro, mejor amigo, gran ingeniero, padre frustrado y pésimo seleccionador de mujeres.




Bernardo estaba muy acostumbrado, pero a mí eso de saludar y decir unas sentidas palabras a decenas de semidesconocidos, que en realidad me importaban un carajo, no me resultó fácil.

Nuestras mujeres hicieron acto de presencia y esta vez se comportaron casi como damas en lugar de hienas peleando por el último bocado de carne podrida.






Finalmente apareció la viuda. Tarde para que todos la vieran llegar. Falsas lágrimas para no arruinar la pintura de sus ojos. Flaca y elegante, como siempre. Con cara de frígida e hija de puta, como siempre. Por si no está claro, no la apreciamos en demasía.

Los dolientes se apartaron como las aguas del Mar Rojo permitiéndole llegar frente al cajón.

Con Bernardo pedimos a los deudos que se retiraran de la pequeña sala para darle a la enlutada un momento de soledad con su esposo… como si le importara algo más que los términos del testamento.

Mientras ella intentaba con poco éxito poner cara de sufrimiento, nos replegamos hacia la puerta. Vimos como se acercaba a darle un beso o más probablemente para asegurarse de que estaba bien muerto.

En ese momento apreté el botón. El fuerte resorte levantó la cabeza y el torso de Lázaro, empujando los brazos hacia adelante, como en las viejas películas de vampiros. 





La viuda cayó redonda. ¿Desmayada o muerta? No nos importaba. 

Ocultamos el aparato que habíamos construido y acomodamos el cuerpo de nuestro compañero. Aparentemente consternados por la salud de la esposa de un amigo, informamos a los asistentes y llamamos a la ambulancia.

La venganza estaba consumada.



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