La función: Elixir dámour | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La función: Elixir dámour

domingo, 31 de mayo de 2015 0 comentarios


"Porque el escenario no es para todos"





Escrito por Diego Maañón 
(con la inestimable colaboración de Tony Newman).



Irrumpió en el escenario. Pensó por un momento que la tragedia nunca acabaría. Todos los ojos apuntaban a un mismo blanco: él. 

Carraspeó con suavidad y se acomodó la corbata mientras buscaba desesperadamente alguna palabra. Las imágenes se abrían paso en su mente como abanicos. Ya no podía recordar siquiera cuántos daiquiris de kiwi había tomado desde la noche anterior y hasta escasos minutos antes de subir a las tablas.

El apuntador ensayaba unos gestos curiosos mientras miles de luces opacas aguardaban en silencio. Recordó su piel, sus ojos y sus piernas, pero ningún sonido.




Las palabras lo evitaban. Él debía hablar para que las imágenes no perturbaran su actuación. Le parecía que no estaba allí, sentía como si flotara más allá de todo. Pese a esa creciente sensación de irrealidad pudo advertir que ella, vestida con una túnica de gasa transparente que resaltaba sus adorables curvas, lo aguardaba en el final del arco iris, como esperándolo para entregarle en forma de ofrenda un beso profundo de sentimientos simples y puros. Pero él debía seguir hablando: se encontraba en el final de la obra, sólo faltaban algunos minutos para que todo terminara. El telón caería en pocos momentos.




Casi sin que se diera cuenta atronaron los aplausos. Sintió que alguien –ella- le tomaba la mano y le decía al oído -casi en un susurro- que se inclinara, que sonriera. Él, cual autómata, obedeció.




La insolente luz blanca daba de lleno en su rostro, casi que lo enceguecía. 

Entendió entonces el significado de todas y cada una de las lecciones aprendidas. El calor de aplauso, la temperatura de su vanidad, el fuego sagrado que comenzaba a subir por sus entrañas. Ese fuego, ese calor, esa impostergable sensación apremiante y, al mismo tiempo, liberadora que recorría toda su humanidad era el premio a tanto desvelo.



Resultado de imagen para actor con luz de reflector


Su cuerpo se relajó. En el mismo lugar en que había saludado y sonreído, un charco de súbito vómito que aunaba pintorescamente todo aquello de lo que se había nutrido para esa, su última función, ensuciaba sus zapatos y la túnica de gasa. Fue la cosa más horrible y patética jamás vista en escena.


Ella no pudo más que inclinar su rubia cabellera y sollozar quedamente. Él, sintiéndose otro, como mirándose desde la platea, sólo atinó a decir cinco palabras. Cinco palabras que se clavaron en el corazón de los espectadores como puñales invisibles arrojados por un avieso lanzador. Cinco palabras que quedarían grabadas para siempre en la memoria de todos y cada uno de los cronistas de espectáculos que presenciaron esa, su última perfomance. Cinco palabras que repetirían las portadas de los matutinos y que quedarían retumbando para siempre en las paredes del engalanado teatro.
“Me cayó mal el kiwi”.




Cayó el telón. La función recién empezaba.
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