La estética del exceso (Maradona) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La estética del exceso (Maradona)

martes, 12 de mayo de 2015 0 comentarios






LA ESTÉTICA DEL EXCESO 




Maradona por Kusturica – 2008 - Documental






Escrito por Dr Gustavo Duek



Su aspecto no es el mejor. A pesar de una cirugía reciente que lo ha salvado, se muestra grueso y su aspecto es desalineado. Luce una remera negra y una cruz enfática en medio del pecho. En el escenario a sus espaldas tampoco hay orden; no se entiende bien que hay detrás en lo que aparenta ser un galpón o un depósito. Este es el marco en el que tiene lugar la conversación central del film y la última respuesta. 

-Emir…,¿sabés que jugador hubiese sido yo si no hubiese tomado cocaína?, dice en un momento golpeándose el muslo.

Diego se queda en silencio gesticulando su incredulidad durante unos segundos…

-¡¡Qué jugador nos perdimos!!.., remata juntando ambas manos hacia adelante, antes de un nuevo silencio más prolongado.

El ocaso y la resurrección del Idolo  

Quizás fue una premonición, quizás casualidad, pero el grito de Maradona ya había sido filmado en “Gato negro gato blanco”. En 2004, la productora española “Pentagrama”, la misma que había organizado una reunión entre Oliver Stone y Fidel Castro, ofreció a Emir Kusturica, reconocido por la constante inclusión del fútbol en sus trabajos, ponerse al frente de este proyecto. Un proyecto que intentase desentrañar lo que esconden las sucesivas caídas y resurrecciones del mito viviente, desde su humilde infancia, pasando por el ídolo inmerso en el delirio de la fama, el descenso a los infiernos y la resurrección final en la que el héroe es rescatado por el niño.

Lo que vemos son selecciones de varios años de rodaje sin guión. Son Maradona y Kusturica en una interminable conversación en la que parecen entenderse con el cuerpo, a pesar de la mediación de una traductora.

La película son ellos, dos figuras avasalladoras, provocadoras, políticamente incorrectas. Entre ambos (y por esto la película funciona) todo fluye de una manera inesperada desde el comienzo, y de esta química es que se alimenta una película, que de otro modo se hubiera ahogado en la redundancia de la magia futbolística y de declaraciones altisonantes. La película multiplica las lecturas de una historia muy conocida: la del héroe que volvió de la muerte.








“…El día que conocí a Maradona fue, en todos los sentidos, mucho más grande de lo que esperaba. Es una persona que emana una emoción, fuerza y encanto únicos. Al conocerlo entendí lo complicado que debía ser tenerlo controlado en un campo de fútbol…”  


Un pastiche ético y estético



Como en “Underground”, como en “Tiempo de gitanos”, el cine de Kusturica es aquí, nuevamente, la estética del exceso. El director, fan confeso de su héroe, promete ir por todo desde el minuto uno, sin guardarse nada. Y su gran logro consiste en la amplificación de las constantes de su filmografía; encadenando imágenes de animación y material de archivo a un eje argumental sostenido casi exclusivamente por entrevistas.




Por momentos, lo que se muestra con camaradería es ironizado por la propia voz en off omnipresente de un director que no esconde su idolatría ni sus contradicciones. Son realzadas las declaraciones incorrectas, las polémicas apariciones del 10 junto a Fidel y a Chavez, y, muy especialmente, en imágenes ya clásicas de Maradona en la selección bajando línea en contra del mainstream futbolístico y mediático (sobre todo en contra de un personaje canonizable y universal como Pelé).





Estos dos gitanos de la vida, entre otras cosas, comparten la distorsión con la que perciben el mundo. Han nacido y se han criado en la misma contradicción. Uno aislado en una villa hasta su adolescencia, el otro criado en Sarajevo mientras su país desaparecía del mapa. Ambos han transgredido a sus orígenes de manera visceral, sanguínea y contradictoria. Ambos fueron y son artistas rotundos intentando hacer pie en un mundo usurpado por la hipocresía; y ambos comparten rasgos que identifican un mismo criterio de acción ante la adversidad: la concreción de la utopía personal.


La película no avanza en un sentido convencional. Poco a poco vemos repetición de escenarios, secuencias y testimonios que se suceden de manera aleatoria. Así las cosas, pasamos de ver a Maradona en el mundial de México paseando en un campo, entre media docena de ingleses, a verlo declarar su amor por Fidel dentro una piscina. Lo vemos junto a Chavez y a Evo Morales sepultando al A.L.C.A en Mar del Plata, y luego recreando uno de sus goles en el estadio del Estrella Roja de Belgrado junto al director.

En uno de sus grandes momentos, el film muestra a Maradona volviendo a Nápoles, en Junio de 2005, después de muchos años de ausencia. Una muchedumbre aguarda al ídolo, entre otros el propio Manu Chao que le entrega su guitarra para que se la firme. Parecen imágenes de una guerra. Maradona en la camioneta, sus ventanas violentadas, el caos ganando las calles, la policía haciendo lo que puede y Kusturica metido en el barro, tratando de entender el fundamento ideológico de los desesperados que vibran en los estadios.



Kusturica a su manera se divierte, pero también sabe detenerse en lo intrincado, en lo mansamente trágico: en los ánimos deliberadamente exacerbados. En su desacomplejada exhibición y de manera lateral, el film desnuda  todos los mecanismos de fascinación e identificación, que en muchos casos están al servicio de un negocio con coartada de comunicación fraterna y universal. Y pone de manifiesto los ribetes más siniestros del fenómeno futbolístico y su uso actual como arma de homogeneización y proselitismo comercial; bien lejos del sentimiento romántico y desinteresado que sus empresarios usan como pantalla y explotan sin escrúpulos.



Pasada la primera hora vemos a Maradona cada vez más suelto y verborrágico de vuelta en Villa Fiorito. La ornamentación barroca de la casa pareciera ser un tributo de la familia al director serbio.
Allí asistimos a un colorido desfile de escenarios, personajes y vestuarios en estudiada disarmonía, paredes derruidas de color celeste, trofeos desordenados, relojes, virgencitas y objetos de los más insólitos. Y a todo aquello se lo condimenta con imágenes de la iglesia maradoneana (el imperdible rosario maradoneano con treinta y cinco pelotas y un botín que remedan los  goles de Diego en la selección), e imágenes de las señoritas de “Cocodrilo”, que se enojan cuando el público presta más atención a los goles de Diego que a sus cuerpos.




Y es allí en Fiorito donde tiene lugar otro buen rato del monólogo de Diego, mientras Kusturica alterna su atención entre la familia y un partido de Fútbol que da la tele.

A esta altura ya percibimos una situación que subyace a todo lo que es mostrado, a todo lo que es dicho. El director parece estar hipnotizado con un sucedáneo lejano de sí mismo. Lo vemos tratar de atrapar sus gestos, de realzar sus dichos, y de editorializar tácitamente mediante largos planos en silencio. Alguna vez lo había planteado en una entrevista reciente, respecto de verse a sí mismo en la pantalla:

“…Disfruto de verme en la pantalla porque ahí descubro los ángulos desde los que siento que irradio emociones y de los que no soy muy consciente…”

Cuando Maradona calla otra vez, sus ojos enfocan el vacío y las palabras parecen no alcanzar más.

“Cuando estuve muerto...porque yo estuve muerto..., y el Barba me agarró de acá atrás, me subió… y me dijo: todavía no".

Su rostro, ya descompuesto, se  funde con una imagen de sí mismo bajando de su camioneta. Del otro lado de la calle, Manu Chao, otro miembro incondicional del club de los disidentes, lo recibe contra la pared del otro lado de la calle entonando "La tómbola".



“…Si yo fuera Maradona viviría como él…”

“…Si yo fuera Maradona nunca me equivocaría…”

Kusturica nos hace saber, ya en casi en el final, que de alguna manera se siente decepcionado. Años girando detrás de los horarios y los desplantes de Diego sin siquiera llegar a conocerlo verdaderamente.


El encuentro lo ha hecho reflexionar acerca de la paradoja de reconocerse en el otro en la idolatría. Kusturica ha encontrado en Maradona virtudes y defectos en los que se reconoce perfectamente como un otro (en él).

Así están planteadas las cosas en un mundo donde no es la normalidad la que presupone veneración.

En la última escena de la entrevista, la cámara se queda quieta por última vez, con el máximo emblema del fútbol mundial al borde del llanto.

“…Me podrán decir que estoy bien, que estoy mejor…, pero nadie está dentro mío, yo solo sé la culpa que tengo…y no la puedo remediar…” 

Sus ojos y su largo silencio dejan flotando en el aire la famosa sentencia de Samuel Beckett, aquella que reza que no hay partido de vuelta entre un hombre y su destino.
Share this article :

Publicar un comentario

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. DIARIO LITERARIO DIGITAL - All Rights Reserved
LETRAS OPACAS (Diario Digital Literario) .Argentina
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}width=device-width, initial-scale=1.