Fracasos ocasionales del fantasma (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Fracasos ocasionales del fantasma (Psicoanálisis)

miércoles, 27 de mayo de 2015 0 comentarios


"Una originalísima aproximación al psicoanálisis partiendo del análisis del Hamlet"




Escrito por la Dra Silvia Amigo
Psicoanalista










APUNTES SOBRE HAMLET




Horacio: ¡Oh, luz y tinieblas!... ¡Pero esto es prodigiosamente extraño!

Hamlet: ¡Pues dale, por lo mismo, como a un extraño, buen recibimiento! ¡Hay algo más entre el cielo y la tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía! 

(Shakespeare, Hamlet I, 5,)




Intentaré presentar la dificultad que a la clínica le plantean aquellos casos en que el sujeto no llega a consulta representado por sus formaciones del inconciente –entre las que podríamos considerar como paradigma al síntoma– sino por otra clase de manifestaciones.

En el caso de las formaciones del inconsciente, la entrada clínica por la cuerda simbólica del desciframiento jeroglífico suele, vía apertura de la poiesis inconsciente, ser vía regia de acceso, que de ninguna manera está pasada de moda. No hay un “más allá de la interpretación”.

Durante mucho tiempo se consideró “inanalizable” a quien no se presentara al análisis de este modo.

Pero no representarse así puede obedecer a situaciones clínicas muy diversas.

Puede tratarse de una psicosis, donde se halla impedida, por accidentes forclusivos del Nombre del Padre en la estructuración, la cualidad borromea de anudamiento.

 

Allí se imponen los remiendos, mejor llamados “suplencias”, que enlazan de nuevo las cuerdas –que se mantienen juntas– pero sin restablecer la cualidad borromea de su modo de anudamiento estructural.

Puede tratarse también de un sujeto por venir, ése que aún no concluyó los tiempos escriturales de anudamiento. Tal como sucede en los niños o adolescentes. En esos casos el análisis transita los tiempos de escritura del anudamiento, imponiéndose también otro dispositivo. 

En verdad, los únicos sujetos analizables por el dispositivo clínico clásico son los adultos neuróticos en sus tres vertientes habituales: histeria, neurosis obsesiva y aquellas fobias cuyo objeto pueda ser considerado, mediante el trabajo clínico, como un significante. 

Estos casos mantienen la condición borromea de anudamiento, pero además la conservación de sus zonas escriturales operativas: la del objeto, la del sentido, la del goce fálico y la del goce del Otro. 

Existe también otra clase de posibilidad clínica: Se trata de casos en que la cualidad borromea está conservada, pero se han corrido los hilos de tal maneara que no se cuenta con la disponibilidad de algunas de las zonas de escritura a disposición del sujeto. 

En estos casos hay que trabajar en los bordes de los hilos –y de allí puede aprehenderse el por qué se llama a esta clínica “clínica de bordes”– para restablecer, no la condición borronea – que está conservada– sino la escritura de la zonas cuya disposición el sujeto ha perdido. 

 

Por lo tanto suele ser preciso “entrar” clínicamente por la cuerda real y por la imaginaria. Así, “no andan” las intervenciones de desciframiento, intervenciones éstas que se abren camino través de la cuerda simbólica, razón por la cual se trató mucho tiempo como “inanalizables” a estos pacientes. 

En todo análisis hay momentos en que se debe trabajar clínicamente “en los bordes” porque hay circunstancias de la vida que “corren los hilos” de modo tal de que el sujeto pueda llegar a no contar con alguna zona vital del nudo. 

En algunos casos el sujeto cuenta con presentaciones establemente “corridas” de los hilos. Estos son casos de los que me he ocupado bastante en los últimos tiempos: anorexias, bulimias, adicciones, tendencias al acting-out a repetición, tales que no resulten epifenómenos de una psicosis o de una perversión. 

¿Por qué si afirmo que en estos casos no se trata de que haya accidente forclusivo de estructuración, que se cuenta con el anudamiento borromeo, no llamo por ejemplo histerias a esos casos? 

Porque creo que no es lícito hablar de histeria en casos en que la presentación nodal no permite, por ejemplo, contar con la disponibilidad de la zona sobre la que se escribe el goce fálico, o aquella de la escritura fantasmática del objeto a, de la que depende por ejemplo la posibilidad de transferencia. 

Conservo para estos casos el diagnóstico de neurosis. Discuto que pueda hablarse de histeria. 

No me ocuparé aquí de los casos establemente corridos de los hilos, casos graves que se suelen llamar “de borde”. Estos casos existen, pero también existe la eventualidad de episodios graves de corrimientos de hilos dentro de cualquier neurosis. Solemos llamar “crisis” a estos episodios motivados por alguna contingencia que azarosamente toca un punto débil de la estructura, en que de pronto los hilos se corren y el sujeto ya no cuenta con zonas escriturales vitales a su disposición. 

Esto pasa en cualquier análisis. Cualquier sujeto puede, bajo circunstancias que intentaré definir, andar “en la cuerda floja”. 


Una lectura del Hamlet shakesperiano 


Me ocuparé en esta ocasión del caso de un joven de unos treinta años, estudiante de una prestigiosa casa de altos estudios, descendiente de una familia ilustre, que ama a una mujer y es correspondido. 

Se trata de Hamlet, príncipe heredero de la corona de Dinamarca. La tragedia de Shakespeare, inspirada en la vida de este Príncipe, interesó a Freud desde los inicios (1). De hecho introduce una lectura en la Traumdeutung, en el apartado de los sueños típicos. 

Es hablando de los sueños de muerte de personas queridas que Freud introduce oficialmente –ya lo había mencionado en su correspondencia a Fliess– el tema del complejo de Edipo. Estos sueños típicos se demuestran en análisis dependientes del asesino Wunsh edípico contra el padre. 

Para aceptar dentro de la tipicidad a estos sueños, exige Freud que se trate de personas por cuya falta debiéramos de llevar duelo. Así, estos sueños, de ser típicos, nos han de causar angustia. 

Duelo y angustia denotan desde las primeras líneas de esta reflexión freudiana sobre los sueños típicos, la valencia especial que estas personas queridas, objetos amados y perdidos, debieran poseer. 

Este deseo de muerte edípico es tan radical e irreductiblemente inconciente que la censura lo deja pasar casi sin velo, ya que su lectura a la letra no ha de poder llevarse a cabo. 

Entonces duelo, angustia y radical no saber, hacen al sueño edípico, y más aún, al Edipo "típico". 

En efecto Edipo, príncipe de Corinto por adopción y más tarde rey de Tebas, ejecuta el crimen de parricidio y desposa a su madre Yocasta en la más absoluta inconsciencia. El "no sabía". No sabía de su deseo parricida ni de su Wunsh incestuoso. La tragedia de Sófocles va develando lentamente este misterio. 

Pero cuando Edipo sabe de su pecado paga el precio de la castración y padece de un duelo en regla. Lección ética para todos y cada uno: de un acto propio, tanto más acto por el hecho de haber sido inconciente, debe uno de hacerse responsable. 

Freud pasa enseguida de Sófocles a Shakespeare, arremetiendo con Hamlet, Príncipe de Dinamarca. 

Quisiera subrayar que tanto en la tragedia de época isabelina del Hamlet shakesperiano, como en la tragedia antigua de Edipo, los actos por dentro o por fuera de la ley, serán cometidos, a sabiendas o sin saberlo, recibiendo sanción o no por ello, por personajes señeros de alguna polis, Tebas de Dinamarca. 

Estos actos van a involucrar, pues, al conjunto de la trama social. 


No escapa a la brillantez de Freud que se trata en Hamlet de una reconocible vuelta del tema edípico. Nuestro atribulado personaje no podría vengar el asesinato de su padre –quien le ha encomendado explícitamente la tarea– asesinando a su vez a su tío Claudio (que ha matado a su padre y usurpado el trono y el lecho de su madre) por presentir que él mismo podría haber sido el protagonista criminal e incestuoso de esa trama macabra. (2) 

Freud acentúa, con su genio, las similitudes de Hamlet y Edipo. Esto es, el carácter inconciente y por ende poiético de la tragedia shakesperiana. 

En términos de escritura nodal diríamos hoy que Freud acentúa en su lectura la dimensión imaginariamente simbólica de la situación hamlética (3). 

Los “escrúpulos de conciencia" y la vacilación, la postergación al infinito del acto, son para el maestro, subsidiarios de esta lógica inconciente y calificados de neuróticos, específicamente histéricos. 



Genial lectura freudiana, ordena de un de un solo golpe y con la sencillez del hallazgo verdadero las miles de páginas que se habían dedicado al enigma de una obra que, desde el lejano año 1601 deja conmovidos y atónitos a sus espectadores. 

El síntoma aparece como resistencia de lo real, “chillido” de lo real ante la avanzada del goce fálico, ante el exceso de goce fálico, que opera un corrimiento dextrógiro de lo simbólico por sobre lo real. Lo simbólico avanza imperialmente, intentando ocupar el territorio del agujero de lo real, y éste resiste con el síntoma. 

El síntoma histérico es ese quejido. Y su reducción ha de pasar por la corrección levógira de lo simbólico, reabriendo su agujero específico. Esto es, poniendo a jugar la capacidad curativa de la maquinación de la poiesis inconciente. 

Como se observa en el esquema, el inconciente se asienta en el punto de ek-sistencia de lo simbólico. Al abrirse al infinito la cuerda simbólica, aparecerá lo real de lo simbólico. 

Así, la lectura edípica freudiana del Hamlet shakesperiano acentúa una lógica de tramitación del goce por la vía de la ex-sistencia del goce fálico –tramitación ésta de edipo "típico"– que exigiría una maniobra clínica “típica” de trabajo sobre la batería de saber inconciente, a través de la cual se podría llegar al nódulo real que lo organiza. 

Cuando este goce –que exige que sólo el trazo fálico represente lo anotable de lo real–ejerce exceso de violencia sobre este registro, obtendremos una respuesta sintomática, un quejido de lo real que se resiste a ser forzado a limitarse, a dejarse agotar por esa marcación. 

Desde luego, estas reflexiones evocan el tan remanido "más allá del padre" y "más allá del falo". 

Es, sin dudas, una tarea a encarar en un análisis esta excursión "por fuera” – prefiero esta expresión al esotérico “más allá”– de la caja paterna que justamente dona el edipo, y por ende su marco fálico. 

Pero resulta notorio en la práctica clínica, al menos al realizarla con asiduidad, que este franqueamiento es deseable, y por sobre todas las cosas es posible, si y sólo si se está en condiciones –como quien dice "en zona–" de realizar ese pase "por fuera". 


Otra lectura de la tragedia de Hamlet 



Nos permitiremos una lectura de la tragedia de Shakespeare que pondrá a la luz algunas diferencias con la apreciación freudiana. 

Cuando William Shakespeare comienza el relato encontramos al príncipe Hamlet en graves problemas, en plena “movida de hilos”, donde se derrumba subjetivamente. 

¿Qué sucede? Resulta que su padre, el rey Hamlet, ha muerto. 

Su madre no ha podido llorar al muerto, respetar el tiempo de duelo, y al mes del deceso se ha casado con Claudio, su cuñado. 

Hay salteo del tiempo de duelo que hubiera impuesto recato a la viuda, abstinencia de su goce sexual, decoro, tiempo de espera para contraer un nuevo enlace. 

Al abalanzarse así sobre su nuevo vínculo sexual, que hará público además con un pomposo matrimonio, ha creado muchísimas dudas al joven Hamlet sobre el valor de un varón para una mujer. 

En efecto, ¿qué era el padre para la madre si es desplazado, de un día para el otro, como si tal cosa, de un plumazo, por otro? Y no por cualquier otro, sino por su propio hermano, de quien se hubiera esperado también la observancia de las leyes del luto. 

Antes aún de la aparición del “ghost” del padre y de su terrible revelación, Hamlet está en problemas. En una charla que mantiene con su amigo y compañero de estudios Horacio, quien ha concurrido a palacio a acompañar al camarada para las exequias del padre, comentará con ácida ironía: (4) 

“¡Economía, Horacio, economía! Los manjares cocidos para el banquete de duelo sirvieron de fiambres en la mesa nupcial”. 

En la corte de Elsinor, su madre y su nuevo marido, lejos de demostrar alguna aflicción, incitan a los cortesanos y también a Hamlet a que festejen. 

A Hamlet le reprochan, en el límite de la amenaza, su exceso de duelo, le piden que se quite los vestidos negros, que termine con esa historia de las caras largas y que no les complique más la vida con el recuerdo del padre. 

Y estos reproches y amenazas son proferidos por su propia madre, ¡la viuda! El duelo del padre, el luto ritual impediría a Gertrudis compartir las alegrías del lecho con Claudio. Gertrudis, la madre, no vacila. Si el duelo contraría su goce, eliminará de la escena tanto al duelo en sí como a quienes se lo recuerden. 

Así las cosas, intentará “por las buenas” disuadir a Hamlet de su hábito vestimentario de duelo. Le pide con meloso cariño: 

“Querido Hamlet, arroja ese traje de luto y mira en tus ojos como a un amigo al rey de Dinamarca” 

No tardará en pasar de la zalamería a la amenaza. Y en consentir explícitamente que su propio hijo sea enviado a una muerte segura en Inglaterra. 

Su madre, siguiendo esta línea de acción desleal y glotona, no podrá reservar su lecho para más adelante, una vez que haya duelado a su marido. 

Ante la ausencia de un varón, tomar inmediatamente a otro, como quien se entrega al mejor postor. 

Pero no se trata solamente de la traición: se añade un ingrediente que explica, a mi juicio por qué no puede tratarse, en la problemática de Hamlet, esencialmente del goce fálico y de su productividad inconciente. 

Decía que la madre se entrega al mejor postor, y añadiría ahora que se entrega al mejor postor fálico. Pero me detengo y me pregunto: Esa voracidad genital, ese "carácter genital" de Gertrudis, ¿es subsidiario del deseo de falo? 

En verdad creo que rotundamente no. Allí el órgano es obsceno objeto del apetito desatado, indigna "pound of flesh" (5) destinada, no a pagar la deuda, sino a ser consumida para gozar venga de donde venga, aún del asesino del esposo, aún de aquél que acaba de destronar a su hijo. 

“Deseo de falo” evoca sin más trámite al falo en su significación, mientras Gertrudis se ocupa de hacer una exhibicionista mostración de goce fálico. 

Este goce fálico de la madre, será retraducido por el hijo como arrasador goce del Otro. 

¿Qué pasa, además, a partir de ahí con el objeto, cuya cobertura es para Hamlet la imagen femenina? 

Si su padre Hamlet fue no el digno varón falóforo sino “fast food”, alimento de la voracidad de su partenaire…, ¿qué podrá llegar a ser él para su antes amada Ofelia? 

En esta crisis terrible la antes amadísima Ofelia es ahora una potencial ofensora del falo, una voraz genital. Ofelia (“¡Oh! falus”, según la lectura de Lacan) se torna sospechosa de indignificar el falo, y el goce que el encuentro con ella prometía se ensombrece de obscenidad. 

Ofelia, que no comprende el súbito desamor de su antes devoto amante, pide en vano una explicación, suplica en vano al antiguo novio. 

Desesperada, cree haber sido seducida y abandonada, objeto de un capricho pasajero. Busca en vano el antiguo amor de Hamlet. Lo sigue por los pasillos de palacio e intenta hablar con su novio. 

Detengámonos en esta escena imperdible. Cuando Hamlet consiente por fin en hablar con ella, mantienen un diálogo sobre las relaciones entre la hermosura y la honestidad, que Ofelia daba por supuestas. Le replica Hamlet : (6) 

“... el poder de la hermosura convertirá a la honestidad en alcahueta mucho antes que la fuerza de la honestidad transforme a la hermosura a su semejanza ... en la edad presente es cosa probada. Yo te amaba antes, Ofelia” 

Antes del derrumbe, de la caída a cero de la dignidad fálica. 

Prosigue el tenso diálogo. Ofelia expresa su angustia y su decepción. Le aconseja Hamlet : “¡Vete a un convento!2 ¿Por qué habrías de ser madre de pecadores? 

Queda bastante claro. Se trata de que quo ad matrem Ofelia únicamente engendrará pecado. 

De encarar el “acto” sexual con ella, ¿tomaría él digno lugar de varón falóforo, o el lamentable rol de “fast food” del apetito de la dama? 

Pero no es sólo eso, como si eso fuera poco. Además, al casarse con su cuñado, la madre desheredó a su propio hijo del trono que le correspondía legítimamente. 

Así las cosas, Hamlet no será a futuro sino un molesto rival potencial de Claudio, un potencial reclamante de la corona. El falo, simbolizable en la corona, no se ha de transmitir como emblema de padre a hijo. El hijo, sólo será hijo, privado de recibir a su turno el emblema fálico. 

En el nudo, es claro que se han corrido los hilos de tal forma que el goce del Otro se extiende a expensas del goce fálico, del sentido y de la zona escritural del objeto a. En efecto, el sentido de la vida escapa al ensombrecido príncipe, su novia se le torna subjetivamente inaccesible, y no encuentra canal fálico para ejercitar su goce de varón. 

Por supuesto no se trata de afirmar que el goce del Otro exista. Este goce es imposible estructuralmente, pero para que el sujeto advierta su imposibilidad, le es necesaria una marca, una escritura que señale esta imposibilidad, a su propia cuenta. De faltar esa escritura, esa traza literal de la imposibilidad, el horizonte arrasador de ese goce se hace presente en la clínica. 

Cuando se presenta para cualquier sujeto una situación como la que describimos para Hamlet, la formación imaginaria que debe velar el agujero verdadero que engarza al objeto resulta ser velo de nada, cobertura de nada. 

En efecto, este “príncipe heredero” ¿tiene algún reino que heredar? ¿Este hijo de rey, no es acaso también hijo de la infamia? 

Cuando estas funciones relacionables con la dignidad del falo, que debieran ser sagradas, están comprometidas en el sentido de lo que nuestro argot porteño denomina lo “trucho”, los blasones imaginarios no cubren ningún real y el sujeto tiene la penosa sensación de llevar un disfraz vacuo, pesado y ridículo. 

Así le sucede a Hamlet, quien porta la investidura de príncipe heredero cuando se ha despojado esa investidura de todo sentido “real”. Real a ser leído, tanto en el sentido del registro de lo real, como en el de la realeza. 

Hamlet no ha de heredar ningún reino. Representa más una molestia, un sobrante amenazador para la voracidad de poder de la novel pareja real, que un ser verdaderamente querido. Asistimos al total derrumbe de su imagen “amable”. 


Los pecados del padre 


¡Y todo esto antes aun de la aparición del “ghost”! 

Cuando éste aparezca ante Hamlet le informará, como si todo lo anterior fuera poco, que ha sido asesinado en los jardines de palacio mientras dormía. ¡Asesinado por su propio hermano! ¡El usurpador del trono, del lecho nupcial! 

Como no se le ha dado siquiera la ocasión de confesarse, está pagando en la vida de ultratumba, con horribles padecimientos, los pecados que ha cometido en vida. 

Dice a su hijo que ha muerto en la flor de los pecados. Sin haberse confesado, carga con la expiación de los crímenes que ha cometido en vida. 

Le pide entonces a Hamlet que vengue la horrible afrenta, que mate a Claudio, que devuelva al trono la dignidad perdida. 

Luego de esta demanda se desencadena la profunda inhibición de Hamlet. 

Este es capaz de fingir estar loco, de enviar a la muerte a Rosencrantz y Guildernstern, de dar la estocada que mata a Polonio. Puede de todo... menos ejecutar el único acto que en su vida merece el título de tal: matar a Claudio y restaurar la legitimidad y la dignidad del trono asumiendo la corona. Para su acto, está profundamente inhibido. 

Pero, ¿cuál ha sido el pecado del padre? ¿Qué delito cometió este padre tan idealizado – tal como deja claro la obra de Shakespeare – por su hijo? 

Lacan, de cuyo comentario sobre Hamlet son deudores estos apuntes, subraya este asunto de los pecados del padre, de la falta del padre tan idealizado por su hijo, dejando en la indeterminación de qué pecados se trata. 
Arriesgaré una lectura. 
¿Qué le ordena el ghost a Hamlet? Que no ceje hasta vengar la horrible afrenta padecida, que no repare en gastos para llevar a cabo el retorno de la legitimidad a la corona…, pero sin comprometer – ni siquiera un poco – a su madre. 

Escuchemos un fragmento del parlamento del ghost, proferido luego de clamar venganza y de urgir a su hijo a ejecutarla: (7) 

“Pero de cualquier modo que realices la empresa, no contamines tu espíritu ni dejes que tu alma intente daño alguno contra tu madre”. 

No nos hallamos ante un flor de pecado del padre, ¿esto es que lejos de hacerse cargo de la privación del Goce de la Madre se transforma en su cómplice? ¿No le demanda el padre a Hamlet que también él haga "la vista gorda”, se haga cómplice, cuando se trate de la madre? 

¿No encontramos aquí una poderosa razón para la encerrona inhibitoria de Hamlet? 

¿Cómo sancionar los crímenes sin comprometer a la madre quien es ejecutora por complicidad? 

En ese mismo sentido es impresionante la escena en el tocador de la reina, en que Hamlet enfrenta a su madre luego de la famosa “play scene” con los actores ambulantes. 

Hamlet acude a hablar con ella luego de la representación. En la cámara de la reina, recrimina a su madre por toda esta situación, anómala hasta el límite de la náusea, quien le pregunta, en el colmo del malestar: “¿Pero qué he hecho yo? (8) 

Le replica su hijo: “Una acción que empaña la gracia y el sonrojo del pudor, tacha de hipócrita a la virtud, arrebata su rosa a la tersa frente del amor puro, dejando allí una infame llaga, hace los votos conyugales tan falsos como los votos de tahur”. 

Y le pide a la reina que ya no se acueste con Claudio. 

Cuando la reina ya no puede más, cuando Hamlet está a punto de lograr hacer que se angustie, y quizás deje de gozar tanto... aparece el ghost pecador quien le reprocha: 

“¡Pero observa cómo el espanto se apodera de tu madre! ¡Interponte en la lucha que sostiene con su alma ...!” 

Fin de la eficacia de las palabras de Hamlet. 

Cuando se retire la sombra y la madre pregunte explícitamente a Hamlet: 

“ ¿Qué debo hacer? ” 

Este responderá: “Nada por supuesto... Dejar que el cebado rey os atraiga nuevamente al lecho....” 

Este pecado del padre impide ofrecer el recambio de su falo, de su prestigio de su dignidad para tornar viable ese goce del lecho. Allí el falo es una indigna “pound of flesh” destinada, no a pagar la deuda, sino a ser consumida vorazmente. 



¿Un progreso en la civilización? 



No escapó, tal como se menciona más arriba, al genio de Freud que se trata en Hamlet de una reconocible vuelta del tema edípico, tratando Freud a Hamlet como un “típico” producto del Edipo. 

Pero el Edipo “típico” está destinado a desarrollarse y sucumbir, dejando como residuo la herencia del falo de padre a hijo, la sexuación lograda y el fantasma que orienta en relación al deseo. 

Freud atribuye la inacción de Hamlet a un progreso "de la represión", a un paso adelante dado por el hombre desde la antigüedad hasta nuestros días. 

¿Se sostiene esta tesis? 

¿Es más represión, más inconciente lo que retiene el brazo de Hamlet y no le permite empuñar la espada vengadora? ¿Es más represión la que torna a Ofelia sospechosa, rechazable, humillable, a los ojos antes enamorados de Hamlet? 

No es ésta la situación de Hamlet. Al propio Freud no se le escapó que dentro del gran marco estructural Edipo-Hamlet hay diferencias, no por cierto de detalle. 

Hay aquí profunda atipía del conflicto Edípico, no hay posibilidad de resolución porque, lejos de poder plantearse un más allá del falo, la obra toda muestra un encalle “más acá” de la marca de corte del falo. 

“Tragedia del deseo” – así describe Lacan esta obra maestra. (9) 

Fracaso del fantasma, me permito añadir, dado que el fantasma regula y sostiene la posición deseante, del marco fálico en que halla escritura el hueco del objeto (10). 

¿Es raro acaso que Hamlet, frente al desborde del goce del Otro que convalida el propio padre, se refugie en la inhibición? 



La inhibición –lo simbólicamente imaginario, geometría angélica, la que ignora la falta, la diferencia de los sexos y su ley– toma apoyo, arriesgo, en la ex-sistencia de lo real, pero en este caso en su cruce con el imaginario, en el goce del Otro. (11) 

En condiciones normales, debiera este goce –imposible por estructura, pero que reclama letra de corte para que sea advertida y operante esta imposibilidad– estar limitado por la señal de angustia. Esta prepara el corte y la normativización, ya que inicia una operación literante ante el goce del otro. 

El ghost, lejos de preparar la solución que es precedida por la angustia, convalida como área intocada e intocable a ese goce. 



El qué hacer clínico 



¿Qué hacer en estos casos en que no tendría eficacia la técnica de la lectura jeroglífica, puesto que –si se aceptan las consideraciones nodales que he desarrollado– no se está en zona nodal donde resultaría eficaz operar por esa vía? 

Texto literario, Hamlet nos permite sacar una lección para la clínica. Se trata de maniobras clínicas que se ejecutan entrando por las cuerdas de lo Real y de lo Imaginario, llevando los hilos hacia posiciones que hagan recuperar las zonas escriturales cuya disposición se había perdido. 

La obra muestra el valor “curativo” de la escena del cementerio, que saca a Hamlet de su profunda inhibición. 

En esta escena se entera del suicidio de Ofelia. Este pasaje al acto en lo real restituye, muy al estilo de Antígona, puesto que es al precio de su vida, el valor de objeto precioso que sólo entonces Hamlet entiende que tenían él mismo y su padre para ella. 

Este suicidio hace que bruscamente Hamlet recupere la disponibilidad de la dignidad del objeto, pudiendo de ahí en más hacerlo pasar de objeto de goce obsceno a objeto de deseo digno. 

Podrá, por ende, destrabarse de la encerrona trágica del deseo en que se hallaba. 

En la misma escena del cementerio Hamlet se enfrenta a Laertes llorando desgarrado la muerte de su hermana ante el hueco de su tumba, abierto como hueco en la madre tierra. Su semejante Laertes cumple –y lo hace ostentosamente– los ritos funerarios. 

El rito funerario conecta al objeto amado y perdido con el hueco de la falta en la estructura. Esto es, conecta al a con el hueco de - . 

De faltar el rito, a revoloteará sobre la escena como un alma en pena sin poder caer por el hueco-fosa que al tiempo que le otorga por su pasaje fálico brillo agalmático y dignidad, permite –recién entonces– anotarlo como perdido. 

Pero para ello es precondición que el sujeto cuente en la estructura con la letra -, muesca de tope real sobre lo Imaginario (12). 

En Hamlet, arriesgo, asistimos a uno de esos casos en que, acaecida la inscripción de la marca fálica, ante un grave acontecimiento real –que reclamaría su disponibilidad– el Otro se coloca de forma tal que el sujeto no dispone de la superficie para reescribirla. 

Es mi hipótesis, plantear que, así como en el síntoma, subsidiario de la eficacia del goce fálico, resulta vía regia de acceso clínico la apertura del inconciente entrando por la cuerda simbólica, abriéndola al infinito, en los casos subsidiarios de la demanda de goce del Otro, se trata de la maniobra en el borde de los cruces entre I y R. En esta zona, deberá restablecerse el hueco letrado de -, restablecimiento subsidiario de la apertura al infinito de la cuerda de lo imaginario. Esta apertura hará aparecer, de esa cuerda, el agujero real, es decir, lo real de lo imaginario. 

Propongo denominar esta intervención clínica “maniobra imaginaria literante”. 

En giro levógiro sobre el nudo –es decir dirigiéndose hacia lo real– se puede intentar escribir analíticamente el hueco de -, permitiendo la literalización, la escritura de cuerda imaginaria de la imposibilidad de respuesta al goce del Otro. 

Puede salirse así de la encerrona inhibitoria, trágica. Sin esa maniobra, la salida espontánea suele producirse a costa de la inhibición en masa o del acto que cuesta la vida, “not to be”. 



Ser o no ser 



“To be or not to be”. 

En los casos de Edipo “típico” se trata de la pregunta por el ser o no ser el falo de la madre, porque lo típico consiste justamente en interpretar fálicamente ese deseo. 

Cuando se trata del “to be or not to be” fast food, objeto obsceno y no falo portador de uno de los nombres del padre, la inhibición masiva restituye a altísimo precio el “decir que no” al goce del Otro, cuando esta negativa vacila. 

La inhibición suple la nominación imaginaria (13) con cuya renovación no se está contando. Allí el falo pierde su dignidad de ser uno de los nombres del padre, para ser carne de la que se goza indignamente. 

Not to be fast food, responderá Hamlet luego de la escena del cementerio y al precio de su muerte. 

Tragedia del deseo, fracaso del fantasma. 

Intentando evitar este desenlace trágico, las maniobras clínicas, mediando la presencia del analista, intentarán una salida. 

Entrando por una vía “atípica”, esto es, por la cuerda real y por la imaginaria, recolocarán una parte a perder, parte cuya demarcación precisa también el hueco fálico en la dignidad de la imagen. 

Es corriente además que, de llevarse a cabo esta maniobra con eficacia en la cura, se logre cambiar el tono de tragedia y se coloque la dimensión entre dramática y cómica; hace más transitable una, de por sí bastante difícil, vida humana. 

Éste tema continúa en:


NOTAS 


1.- Sigmund Freud. La interpretación de los sueños. Capítulo V. sobre “Material y fuentes de los sueños”. Apartado sobre sueños típicos, en particular: Sueño de muerte de personas queridas.

2.- Ibid nota anterior.

3.- Lo imaginariamente simbólico es lo que de lo simbólico hace efecto en lo imaginario, creando allí la fuente poiética inconciente. Se pueden seguir los desarrollos de Lacan sobre esta temática nodal de la caída de un registro sobre el otro en el Seminario XXIV, “L’Insu ...” . Inédito.

4.- Hamlet, príncipe de Dinamarca, por W. Shakespeare. Acto Primero. Escena Primera. Ed. Aguilar . Madrid, 1960. Todas las citas del texto serán tomadas de esta cuidada edición.

5.- “Libra de carne”, metáfora shakesperiana de la deuda. Puede consultarse, de W. Shakespeare El mercader de Venecia.

6.- Shakespeare,W. Hamlet, príncipe de Dinamarca Acto tercero, escena primera. El subrayado es nuestro.

7.- Hamlet, príncipe de Dinamarca, por W; Shakespeare. Acto Primero, Escena Quinta.

8.- Ibid, Acto tercero, escena primera. Este mismo fragmento había sido citado por María del Carmen Meroni en su artículo “El goce, una posición de cálculo ante la ley”. Hay fotocopia en la biblioteca de la E.F.B.A.

9.- Así llama Lacan a esta tragedia, en su “Hamlet, un caso clínico”. Ed. CEP. Este escrito parte de la lectura de este “Lacan oral”.

10.- Los desarrollos que siguen están en la línea de la tematización de los trastornos no formalizables por la vía de la productividad típica neurótica. Se puede consultar el libro “Bordes... Un límite en la formalización” de S. Amigo, G. Díaz, C. Cruglak, H. Heinrich y P. Cancina, editado por Homo Sapiens. Esto con la salvedad de que no consideramos a Hamlet un caso de “borde”, sino un caso clínico que contiene una situación de borde.

11.- Lo simbólicamente imaginario es aquello que de lo imaginario se desplaza sobre lo simbólico imponiéndole su “geometría angélica”, borradora de la diferencia sexual. Puede consultarse el seminario XXIV “L’insu...” , Inédito.

12.- Puede consultarse, para seguir el desarrollo del necesario pasaje de a por el hueco de la castración fálica, de Silvia Amigo el artículo citado en nota N[Símbolo] 10, su artículo “Mediaciones narcisistas en la constitución del objeto” en “De la práctica analítica. Escrituras” De. Vergara ; así como el artículo de Sara Glasman “Consideraciones sobre la pulsión y el fantasma” en Conjetural N[Símbolo] 16 Ed. Sitio.



13.- 17.- El lector podrá encontrar referencias a este Nombre del Padre en lo imaginario funcionando como inhibición en el seminario XXII, R.S.I., inédito. Para este punto en particular es esclarecedora la última clase. 


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