El sembrador de estrellas | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El sembrador de estrellas

martes, 26 de mayo de 2015 1 comentarios

"Cuento que narra la historia de un gigante que era feliz sembrando estrellas"



Escrito por Isabel Llor Cerdán








CUENTO

Salió gateando de la montaña que siempre le había acogido, pero esta vez había dormido mucho, toda una estación, todo el invierno y cuando se despertó y quiso ponerse en pie, se dio cuenta de que ya no podía, había crecido demasiado, aquella montaña ya no podía seguir siendo su hogar. 


Se alzó, caminó unos pasos y hasta él llegaron dulcemente las olas. El agua estaba muy fría, mejor, así terminaría de despertarse. Unos pasos mas, hasta que hubo suficiente agua para poder nadar sin que su vientre tropezase con la arena del fondo. 

Nadar era una maravillosa sensación de libertad, sus miembros le obedecían y el mar lo envolvía en un abrazo amable, como una gran Madre, o como una madre a la que nunca conoció. Al llegar a las islas se puso en pie, el agua le llegaba algo mas arriba de la cintura. Las gaviotas, lanzando agudos chillidos le advirtieron que estaba invadiendo su territorio, cientos de aves vivían allí y ya estaban los nidos preparados. 
Era Primavera, abrazó con fuerza una de las islas y, algo debió pasar, porque de repente, toda ella se cubrió de flores. Las gaviotas seguían protestando, él con sumo cuidado, cogió los nidos y los depositó en otra isla: “Hay sitio de sobra para todas ” dijo. 

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Siguió nadando mar adentro, luego se dejó mecer con los ojos cerrados, sintiendo el tibio calor del sol, tal vez su Padre Sol, o su padre, al que nunca conoció. Pensó: “Ya que en este momento estoy en vuestros brazos, decidme ¿adonde debo ir, donde estará ahora mi casa, mi hogar?” 
Así flotando no sentía su cuerpo, solo era un punto situado en un lugar indeterminado de su cerebro, una gran paz lo invadía por completo. Oyó la voz de su Madre que decía: “Te amo y con gran ternura te acogería en mi seno, pero te ahogarías.” Después oyó la voz de su Padre: “Te amo, sin mi no existirías, pero si te acercaras mucho serías consumido por el fuego.” 

Entonces, a pesar de que aún estuvo así unos instantes, dejándose mecer por el agua y acariciado por el sol, el gigante lloró...Sus lágrimas, redondas y muy grandes, no se mezclaron con el mar sino que, formaron un sendero luminoso y traslúcido que indicaba hacia donde debía dirigirse. Obedientemente lo siguió, pero al pasar cerca de las islas, algo sucedió, quizás las flores sintieron su tristeza y se marchitaron y, a pesar de que los polluelos ya habían nacido, ni ellos ni sus padres hicieron el más mínimo ruido, como si respetaran el dolor del gigante. 

Comenzó a caminar tierra adentro y, cuando sentían sus pisadas a gran distancia, los campesinos decían: “Se avecina una gran tormenta allá, a lo lejos, ya se oyen los truenos, sin embargo es extraño, no se ven nubes, ni relámpagos y el sol luce espléndido.” 

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Ya se acercaba a la Gran Montaña, la más grande de cuantas había visto, a sus pies el Gran Lago de aguas color violeta. El gigante se sentó a su orilla, atardecía, las nubes parecían llevar mucha prisa y se alargaban como cintas púrpura hacia el horizonte. “Parece un buen lugar para pasar la noche –pensó- pero antes me refrescaré un poco.” 

El bosque cubierto de grandes árboles, lo cobijó. Se tendió en el suelo y pronto se quedó dormido. Tal vez fue en sueños, pero sintió que unas manos amorosas lo arropaban con un manto azul profundo cuajado de estrellas. 
Los cantos de los pájaros lo despertaron, miró hacia lo alto, la cima estaba cubierta de nieve, el sitio era muy grande y hermoso, podría vivir bien allí. 

Durante todo el día buscó una cueva y cuando la halló, recogió ramas y algunas provisiones, pues el invierno estaba próximo y pasaría todo ese tiempo durmiendo. 
Se refugió en su nueva morada y desde la entrada vio como la primera nevada descendía lentamente, cubriéndolo todo con su manto de pureza, como si nada antes hubiera existido. Bostezó varias veces y se quedó profundamente dormido. 
Su Padre Sol, acarició su rostro y le llamó: “Es tiempo de despertar”. El gigante salió de la cueva, hacía un día magnífico y decidió subir hasta lo mas alto de la montaña, pero sus piernas pesaban mucho, respiraba con dificultad y, con gran asombro, descubrió que su cara estaba cubierta por una gran barba blanca. Era evidente que había dormido mucho más de lo acostumbrado, muchas estaciones, muchos inviernos, pero su voluntad era fuerte y aunque le costase un gran esfuerzo, debía llegar a la cima de la montaña. 
Allí, sentado en lo más alto, sintió su corazón latir muy deprisa, apenas era capaz de respirar. A sus pies se extendía un hermoso valle, poblado de casas, que la distancia hacía aún más pequeñas, al fondo el mar y las islas, entre ellas, aquella que él un día abrazara y se cubriera de flores. 
Sus lágrimas rodaron como inmensas perlas aún sin cuajar y bajaron por la ladera de la montaña, chocando entre si, uniéndose unas a otras y formando un río que llegó hasta el mar, su Madre. Ella sintió su melancolía y alzó la voz: “No llores el tiempo perdido, mira en tu interior.” 
Él siempre había sido obediente, pero no sabía mirarse a si mismo, pensó que sería mejor bajar hasta el Lago y buscar su reflejo en las aguas

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Se vio como un rey muy antiguo, con enorme espada de hierro al cinto y tosca corona. A su lado, una reina muy bella, de largos cabellos de oro y mirada azul. Vivían en un castillo de piedra gris, rodeado de humildes casas. Las gentes cultivaban la tierra y tenían algunos animales, pero, lo más importante, es que parecían felices 

Borró las imágenes metiendo la mano en el agua y miró de nuevo. Era un capitán muy valiente que conducía a sus soldados, esa sería su última batalla, pero aún así, animaba a sus hombres y espoleaba a su caballo. 
Se vio como un comerciante que, acompañado de sus dos burros, transportaba mercancías, y después como un monje en un antiquísimo monasterio. Con una voz magnífica cantó en los mejores teatros del mundo. Fue como peregrino a todas las ciudades santas de todas las religiones y tuvo la certeza de sentirse vivo en todas las razas que pueblan la Tierra. 
Pero ¿en que momento se había convertido en un gigante solitario? Hizo de nuevo un gran esfuerzo y ascendió hasta la cima. Cuando llegó anochecía, el cielo, en cada una de sus estrellas, parecía mirarle y sintió que allí, en algún lugar, alguien le sonreía con una gran dulzura. 
De pronto, vio aparecer un carro, todo de luz, tirado por un caballo blanco. Sintió que una gran energía recorría todo su cuerpo, dándole un vigor olvidado; se sintió joven, ágil, subió al carro, era parecido a una cuadriga romana, separó ligeramente las piernas, afirmó los pies y cogió las riendas. Ahora se sentía capaz de cualquier hazaña. 

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A su espalda, en el carro, una gran bola de luz, ocupaba todo el espacio disponible. Una profunda alegría, que no sentía hacía mucho tiempo, lo inundó y salió a toda velocidad, por caminos que no conseguía ver trazados en la oscuridad de la noche. 
Era feliz porque la gran bola de luz despedía cientos de estrellas que iban formando infinidad de dibujos distintos, creando a su paso nuevos caminos de luz. 
Así pasó un tiempo, la velocidad era tan grande que parecía que el carro iba a volcar, pero no le importaba, creía que las estrellas salían precisamente por ir tan deprisa. 
Mas adelante, a lo lejos, vio un hombre anciano que, muy serio, parecía aguardarle. No sabía que debía hacer, pero fue aminorando la velocidad y, cuando llegó a su altura, paró, temiendo que le reñiría. Pero el anciano sonrió y le dijo amablemente: “¿Por qué no te paras a ver que le sucede a cada estrella de las que vas sembrando?” 


Comenzó a andar de nuevo, mas despacio y se dio cuenta que la gran bola de luz seguía dejando estrellas. Ahora se fijó, cada una producía una luz blanca que iluminaba una escena, una historia; eran cosas normales, buenas noticias que ocurrían en muchos lugares: La alegría por el nacimiento de un niño, la primera cosecha, el triunfo de un deportista, las fiestas de un pequeño pueblo, la llegada de la lluvia en unos sitios o la salida del sol en otros. Se sentía emocionado, en cierto modo, era como plantar una semilla, ver como nace la planta e ir contemplando su crecimiento hasta convertirse en un gran árbol, lleno primero de flores y luego de frutos. 

Un instante después volvió la cabeza, el carro era mas grande y estaba todo lleno de niños que reían y alborotaban y que, no sabía cómo, le transmitían su alegría e inocencia. 
Así pasó toda la noche, por el Este asomaba el pálido color rosado de la aurora 
El carro ya estaba vacío y cuando pensaba qué hacer con él, vio una extraña construcción, como unas viejas cocheras. De todas partes llegaban otros carros como el suyo, con sus respectivos conductores. 
Cuando llegó al lugar sintió una gran paz, todos charlaban amigablemente, pero en voz baja. 
Mientras había durado el viaje, creyó que él era el único que hacía aquello y la sensación de alegría, bienestar, paz, eran tan grandes, que nunca se le hubiera ocurrido denominarlo como un trabajo. Pero ahora, conocía a otras personas que hacían lo mismo.
Se le acercaban interesándose por los pormenores del recorrido, le preguntaban de qué lugar procedía, si llevaba mucho tiempo conduciendo el carro, y, a su vez, le comentaban sus propias experiencias. 


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Le habían reconocido y aceptado como Sembrador de Estrellas, éste era su nuevo oficio, algo que no tenía memoria de haber hecho nunca, pero estaba seguro de poder desempeñarlo a la perfección. 
Sus compañeros y compañeras vestían largas túnicas blancas y, de sus pechos se desprendía una gran luz. No sabía si a él le ocurría lo mismo. 
Ahora que su trabajo había terminado por ese día, no sabía como regresar a la Gran Montaña que le servía de refugio. Como si oyera sus pensamientos, el Anciano que antes le había hablado en el Camino, sonrió a su lado. “Hará un día espléndido, si quieres, caminaremos juntos un rato”. No sabía muy bien donde estaba, pero sentía que sus pies no tocaban el suelo, tampoco veía por qué sendero iba andando. 
El Anciano le dijo: “Te sucederán a partir de ahora, muchas cosas que no tendrán explicación lógica, pero es porque tienes que aprender a seguir mas la voz de tu corazón, hacer caso de lo que sientas, no de lo que pienses. Busca en el silencio la respuesta a tus preguntas. Ahora debo dejarte, ya nos veremos, estás, mas o menos, a mitad de camino de tu morada.” 

 
El gigante, obedientemente, cerró los ojos, aquietó sus pensamientos y pidió que le mostrasen hacia donde debía dirigirse. Oyó la voz de su Madre: “Estás ya muy cerca, mira enfrente de ti.” Luego oyó la voz de su Padre: “Yo he derretido la nieve y ahora toda la Montaña es como un hermoso jardín:” Abrió los ojos y allí estaba, su casa, pero mucho mas bella de cómo la recordaba. 
Antes de subir se dirigió al Lago. Ahora sus aguas eran de un azul brillante por el reflejo del cielo. Antes de inclinarse para verse, cerró los ojos, tal vez una de las cosas mas difícil es enfrentarse con la propia imagen. Sentía su corazón latir deprisa, pero pensó que se aceptaría tal y como era. 
Por fin abrió los ojos y miró: su aspecto era el de un hombre en plena madurez, de rasgos agradables y, por su condición de gigante, de una considerable estatura. Como sus compañeros, vestía una túnica blanca y, lo más importante, de su pecho salía una potente luz blanca que, naturalmente –observó con una sonrisa- tenía la forma de una estrella. 
Ágilmente subió hasta su cueva y sabiendo que su Padre y su Madre, siempre cuidarían de él, se tendió y al momento quedó profundamente dormido. 
FIN
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+ comentarios + 1 comentarios

martes, 26 de mayo de 2015, 10:52:00 GMT-3

Muy hermoso cuento Isabel. Cálido saludo

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