El Plagio en la evolución literaria | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El Plagio en la evolución literaria

domingo, 31 de mayo de 2015 0 comentarios


"El plagio ha tenido un rol protagónico en la evolución de las sociedades, de hecho nada más descriptivo del plagio en el pensamiento que la ideología... negarse pensar por si mismo"




Escrito por Lic Ramón D. Peralta

Exclusivo para Diario Literario Digital







PLAGIO: EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA



Muy superficialmente tocaré un tema que apasiona, tanto en el facto como en la negación, el plagio (soy superficial). En 1876 Juan Varela ponía en aprietos a uno de los más famosos literatos de la época (en España). Fue tan resonante el caso, que hoy se estudia en muchas facultades de filosofía y letras de varios países hispanoparlantes, como un ejemplo emblemático de lo que representa el plagio en el mundo literario.  


-- ¿Qué opinas respecto lo que hizo Campoamor? Me preguntó un profesor.
-- Pues Señor, no debería haberse dejado pillar así
(no le gustó mi respuesta, se los aseguro)



Se escribió un muy buen ensayo sobre el tema, donde explica los alcances del célebre plagio cometido por el escritor español Ramón de Campoamor en perjuicio de Víctor Hugo. La historia es vieja, de hecho, Campoamor murió en 1901, pero el descubrimiento del plagio aún sigue dando que hablar.    



 


Los artículos de la revista El Globo, citaban 50, 60 y hasta más de 100 frases, pensamientos y sentencias tomadas "sin permiso" de Víctor Hugo. En otras palabras, el autor de las "Doloras" había literalmente sonsacado de Victor Hugo gran parte de su trabajo y rebautizado a su nombre. Lo cual lo catapultó a la fama. Lo curioso es que, cuando Varela advierte el plagio, ya Campoamor era rico y famoso. Tampoco existía un marco legal que protegiera los derechos de autor.   


Ignorando quienes fueron los acusadores y creyendo las firmas de Vázquez y de Nakens (pseudónimos), hubo bastantes personas que le hicieron a Varela, el honor de atribuirle los méritos de los artículos mencionados. Y he aquí lo más gracioso, Varela por mucho tiempo, alagado por las loas, pleitesías y la imprevista fama, tardó mucho (demasiado) en aclarar que él no era la verdadera pluma tras esos pseudónimos.  

Moraleja: El que esté libre de plagio, que arroje la primera piedra.  

Solo a modo de ejemplo, porque casos hay muchos. En Argentina, más precisamente en el mes de octubre del año 2005, un escritor que se había vuelto muy famoso dada su cotidiana presencia en uno de los canales más importantes de la televisión abierta, fue también puesto en evidencia, por otro lastimoso caso de flagrante plagio. 

La Editorial Sudamericana dijo al diario LA NACION que, decidió no reimprimir "Shimriti", uno de los libros más exitosos de Jorge Bucay, luego de que éste admitió, en medios que se publican en España, haber incluido varios párrafos copiados de un texto escrito por Mónica Cavallé, doctora en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.

Pero el plagio y los contubernios generados, no son fruto de la modernidad, ni siquiera remotamente. Es algo tan añejo que quizás, con algo de ironía, podríamos afirmar que es difícil determinar el orden cronológico ¿Qué  nació primero? ¿la literatura o el plagio? 


Algunos, en general sus detractores, han querido situar el nacimiento del concepto de plagio en una invectiva del Filósofo Heráclito, llamado el Oscuro, contra su colega y rival Pitágoras, de quien insinuó que, no era más que un "acaparador de conocimiento". Vaya procaz acusación (ojalá me acusaran de eso). 

El problema de la traducción de este fragmento, es sin sorpresas, un problema de interpretación. Podemos suponer que, lo que le molestaba a Heráclito era el prestigio de tan magno erudito, pero del que -al fin y al cabo -, había aprendido varias de sus mañas. 

No obstante, por muy espectaculares que fueran sus rezongos, la tradición del plagio venían siendo pasada de maestro en maestro por los sofistas, costumbres que, a su vez, habían sido importadas (como legado) de los sabios del antiguo Egipto, magos caldeos, eruditos indoeuropeos o incluso, de los escribas babilónicos.  

Es por esto, y en consonancia con lo que deducimos como una concepción aristocrática del saber que, ciertos traductores no han dudado en poner en boca de Éfeso la primera acusación de plagio. 

Sea como fuere, lo cierto es que, la Antigüedad no otorgaba demasiada estima a la originalidad creativa, y aunque es frecuente encontrar acusaciones de plagio entre los grandes escritores griegos (Aristófanes de haber copiado a Eurípides, Demóstenes a Iseo, etc.), no parece haber tenido más trascendencia que los escarceos sobre algo no considerado del todo limpio, aunque tampoco, en ningún caso, ilícito. En síntesis, la detección del plagio en un tercero podía enojar, pero sin ocasionar mayores efectos. 



La literatura latina (o romana) tampoco parece haber prestado una atención más que tangencial a la cuestión de la propiedad intelectual, y a su estatus moral y jurídico. 


Así, Macrobio señala sin escandalizarse los "préstamos" de Virgilio a Homero, mientras que Séneca aconsejaba la re-escritura como método ideal de trabajo y formación del futuro hombre de letras. 

No obstante, ciertos estudiosos -parecen contra toda evidencia -, empeñados en remontar la aparición del término plagio a la cultura romana como término derivado del verbo latino Plagiare, que significaría originalmente "vender fraudulentamente el esclavo del prójimo como propio", delito que, era condenado con la pena de veinte azotes. 

Para ello, los antiguos historiadores y doxógrafos suelen coincidir en invocar un famoso texto del epigramático Marcial, donde el término parece estar empleado en esta acepción:

"Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tengan por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme." (Epigrama XXX: A Fidentino el Plagiario).


"(...)El que desea adquirir la gloria recitando versos de otro, debe comprar, no el libro, sino el silencio del autor". (Epigrama LXVII: Contra un plagiario de su libro).

Asimismo, en la Retórica (tanto forense, como política) era una práctica habitual, e incluso obligatoria, aprender de memoria fragmentos o discursos enteros para servirse de ellos "ad hoc", o para modelar la  propia alocución. 

Tal era el sistema propugnado por Séneca que, quedaría fijado en la Epístola a Lucilio, en la celebérrima sentencia de que "cuando se toma prestado de otros escritores se debe proceder como las abejas, un poco de muchos, y no como las hormigas que saquean todo lo que encuentran"

Así es como, en la literatura, abundaban los préstamos, las refundaciones, los homenajes, las parodias, las citas y todo tipo de producciones literarias de nuestra modernísima hipertextualidad


Basta mirar, sin ir más lejos, la Eneida de Virgilio o las Metamorfosis de Horacio; por lo que podemos deducir que, aunque se reconocía de facto una relación evidente e indisoluble entre el creador y el texto, la autoría se hallaba difuminada en el proceso de adquisición del libro, en su lectura pública o privada y/o en la apropiación productiva del mismo.

Sin embargo, no deberíamos pensar que la teoría literaria que se empezaba a formar era tan tolerante con las imitaciones y los préstamos. 

Los autores, por otra parte, solían condenar la imitación excesiva, aunque no se debe olvidar que, en resumidas cuentas y según la propia historiografía romana, la literatura itálica nació por asimilación de la helénica. 

La cuestión sobre dónde se trazaba el límite, se mostraba tan problemática como en la actualidad, así, si Horacio atacaba a los imitadores serviles, el propio Virgilio se veía censurado por Ausonio por sus préstamos a Homero, él mismo es el protagonista de una anécdota apócrifa, por lo que, ante un plagiario de sus versos, habría de haber exclamado: "Sic vos, non vobis", adagio latino que hizo fortuna, y que podemos traducir como: "(los versos) si bien los puedes usar como tuyos, no son tales"


En cualquier caso, no se cuestionaba la adquisición de la competencia literaria a través de la imitación de modelos. El problema de la originalidad, sobre los límites de la escuela o de la imitación, ya no se plantearía en el plano teórico hasta al menos un milenio más tarde, cuando se diera el dilema entre erasmistas y ciceronianos, en pugna por instaurar un ideal de retórica verdaderamente clásico.

Los letrados se convierten así,  en autores a través de un proceso de vulgarización del saber latino, a través de la traducción y de la adaptación con fines propedéuticos. 

Gonzalo de Berceo no oculta las fuentes de sus escritos, los cuales son a menudo traducciones versificadas de textos ajenos. En más de una estrofa, y en lo que en un escritor contemporáneo sería considerado como un caso extremo de “plagiarismo”..., el autor se niega a continuar por carecer de fuente de contenidos para su propio texto: 

"Lo que non es escripto non lo afirmaremos" 



No obstante, el cambio de modelo epistemológico que se produce en los últimos siglos de la Edad Media, la aparición del tomismo, el retorno del materialismo y del aristotelismo más empírico, conllevan una revalorización de la figura histórica del autor. 

El método de crítica textual propuesto por Santo Tomás, a través del cotejo de fuentes y variantes, la reconstrucción hipotética del contexto y por lo tanto, de las circunstancias materiales e históricas de la producción textual; implican un autor individualizado, con una intención comunicativa más autónoma y una personalidad distinta reflejada en su "modus significandi".

Este cambio progresivo de mentalidades, provoca que, coexistan diferentes actitudes, a menudo completamente contrapuestas, de los autores y los lectores con respecto al material literario. 

Así frente a un Arcipreste de Hita que invita a sus lectores a apropiarse de manera productiva del texto, a transformarlo, prestarlo -o incluso a atribuirle fines más prosaicos que el placer estético ergo didáctica religiosa y moral -, podemos encontrar al Infante Don Juan Manuel, celoso guardián de la integridad de su obra, a pesar del hecho (o precisamente debido a ello) de que, ésta era el fruto de innumerables lecturas de su autor (la lista de las fuentes de los libros del Infante es extensa y comprende las tradiciones de tres continentes), el cual llega a dejar encomendado en su testamento unas rentas a una congregación a cambio de que ésta preserve la pureza de su escritura de variantes ilegítimas. Cuando  su obra rebozaba de plagio.


La dimensión contractual adquirida por la obra literaria impresa, recibió su consolidación jurídica a través de lo que se llama el sistema de licencias, es decir, autorizaciones otorgadas por el Estado (el Rey) a un impresor para publicar una obra determinada. Las licencias podían ser exclusivas y otorgarse por un número determinado de años, en cuyo caso se hablaba de privilegios. Este sistema, se prolongó hasta bien entrado el S. XVIII. Con él, se ejercía un doble control fiscal y censorio sobre las obras impresas.

Algunos autores ven en este sistema, los inicios del derecho de autor moderno. Otros señalan acertadamente que, la licencia de impresión no se otorgaba al autor sino al impresor, y que, una vez vendida su obra, el autor no tenía ningún derecho patrimonial ni moral ni mucho menos estético sobre la misma. 

Coincidentemente, la iniciativa de publicar a través de la imprenta no provenía sino excepcionalmente por parte del escritor, sino de las instituciones políticas y religiosas (obras juzgadas de utilidad pública: compendios y antologías encargadas por las autoridades). En palabras de Frederick J. Morton, gran estudioso de los inicios de la imprenta en España:

"(...) En un primer momento, las querellas se limitaron al campo del honor, como en la confrontación de Quevedo y Góngora; pero la progresiva profesionalización y mercantilización de las obras literarias impusieron unos intereses más mundanos y una lógica mercantil de beneficios perdidos" (sic)

Sin embargo, el principal reconocimiento del autor como instancia garante de la coherencia textual, origen y legitimación de las diferentes interpretaciones de los textos, apareció paradójicamente del aparato coercitivo del Estado y la Sociedad. 

En términos de Propiedad Intelectual, los deberes se impusieron en un primer momento a los derechos de los autores. De este modo, la instauración de la censura previa civil y eclesiástica a las obras impresas, así como la sanción penal en caso de su contravención, forjan un vínculo que adquiriría -dos siglos más tarde -, su formulación más importante en la expresión libertad de prensa

Sin embargo, es necesario precisar que la sanción afectaba por igual al impresor y al escritor. El contexto de la Contra-reforma y su celo de ortodoxia estrecharon el cerco a los textos de la época. Los pragmáticos de la época insisten, sin alteraciones significativas durante más de dos siglos en un reconocimiento implícito de la autoría y en la necesidad de la censura previa.

A pesar de que el concepto de plagio, como práctica inmoral y condenable, ha existido siempre, prácticamente desde el inicio de la Escritura occidental, es entre los siglos XVIII y XIX que se cristalizará la creación del sistema jurídico de la Propiedad Intelectual. De un reconocimiento parcial de la autoría se pasó a la creación de un circuito de transmisión textual que consideraba el texto como el fruto del trabajo del escritor, y por lo tanto, como propiedad que podía ser comercializada. 

En este proceso de reconceptualización, la "ideología idealista" (oxímoron) y utilitarista del Siglo de las Luces culminaría durante el siglo XIX en la dos definiciones complementarias: romántica (la obra es parte esencial de la personalidad del creador) y capitalista (la obra es una mercancía comercializable, cuyos derechos el autor puede ceder a un empresario). Esta transformación sentará las bases del patrón de explotación y monopolio de las obras intelectuales, condensado de manera icónica en el actual copyright.  

Pero hay innumerables casos de plagios entre escritores consagrados, tal el caso de Paolo Coehlo con El Alquimista, libro cuyos "préstamos" tomados de Las mil y una noches (de autor anónimo) exceden lo meramente admisible. Tampoco olvidemos la Biblia, el mas hipercélebre caso de "apropiación de autoría". Por hoy suficiente. 

Si esto es lo que hacen o hicieron  los escritores más famosos, imaginen lo que son capaces de hacer los "renjifos"

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