El héroe reticente - Prólogo | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Prólogo

martes, 26 de mayo de 2015 0 comentarios

   "Muchas veces los héroes no quieren serlo"

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Una novela por entregas 


Escrita por AQ Gimenez


No puedes hacer nada en este mundo sin coraje. 

Es la mayor cualidad de la mente después del honor. 

Aristóteles







El Fugitivo







No sabía que una herida así dolía tanto. Y la sangre.

Mi ropa sucia es como un cartel que anuncia: ¡Criminal! ¡Llamen a la cana!

Los verdaderos delincuentes saben qué hacer en una situación como ésta. Tienen cómplices y aguantaderos. Yo solo conozco lo que vi en las películas y leí en los libros y con eso me tendrá que alcanzar si no quiero fallarles a mi mujer y a mi hija.

Lo primero es curarme y conseguir ropa limpia. Sé que todos los hospitales tienen custodia y es imposible llegar con un balazo sin que avisen a la policía. Más el insignificante detalle de que mi cara pronto va a estar en todas las pantallas y los diarios de la ciudad.


No soy James Bond ni Tony Soprano. Soy Carlos Topo, un escritor de novelas policiales medianamente exitoso, pero de crimen verdadero no sé nada. Nunca usé un arma y jamás robé ni un chicle. Me han dicho que tengo menos calle que Venecia y mi apellido en italiano quiere decir ratón. Pero cuando se me mete una idea en la cabeza no paro hasta lograrlo o morir en el intento. Y esta vez no es una manera de decir.

Ya casi son las seis de la mañana, pero todavía poca gente camina por la ciudad. Dejo que la sangre caiga al suelo durante unas cuadras. Me detengo unos segundos en la mitad de una calle. Queda un charco bien visible. Me ato el saco en el brazo para frenar un poco la hemorragia y no dejar rastros. 


Vuelvo sobre mis pasos intentando no pisar las manchas. Por lo menos conozco el barrio y sé dónde quiero ir. Encuentro el lugar pero a esta hora todavía está cerrado. Me escondo en un contenedor de basura. Estoy bastante lejos de donde me escapé del patrullero. Espero que la policía siga las gotas y crean que subí a un auto. 


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Las sirenas que se acercan son más peligrosas que las que escuchó Ulises. Me tapo con la basura y a esperar.

Una gran ciudad como Buenos Aires funciona como una trampa. Cuando todo está bien, con un buen trabajo y prestigio, la vida es fácil y cómoda. Aunque siempre hay algún contratiempo, se soluciona rápidamente. Pero cuando la tortilla se da vuelta, cagaste. El mismo sistema que antes te protegía te persigue y sabe muy bien cómo hacerlo.

Mientras estoy en la oscuridad, lleno de odio y deseos de venganza, cubierto de inmundicias y sangre, vuelvo a nacer. No es que me crea Grenouille de “El Perfume”, pero siento que puedo transformarme en alguien más impulsivo y sin el freno de la culpa. Quizás lo tenía adentro desde hace tiempo. Si son creíbles mis personajes violentos y los villanos de mis novelas es por algo. Si logro describir en detalle un asesinato, es que puedo planearlo. Y una vez planeado, podría cometerlo.

Aun reconociendo la importancia de mi parto espiritual, no soporto el olor que hay acá adentro. El tiro cada vez me duele más. Por suerte pierdo menos sangre, pero la roña en la que estoy no debe ser el mejor tratamiento contra las infecciones. Algunos vecinos abren el contenedor para tirar basura. Estoy acurrucado en un rincón tapado de bolsas con desperdicios y no me ven. Por suerte es demasiado tarde para los camiones de basura y muy temprano para los cartoneros.

Ya son las nueve, quizás abrió pero no me animo a salir. Si está cerrado tendré que volver atrás y hay muchas más posibilidades de que alguien avise al 911. Mejor aguanto una hora más.




Se me ocurre una idea. El contenedor está lleno de cajas de cartón plegadas. A las diez armo tres cajas grandes, espío, y cuando nadie pasa por la vereda, salgo del contenedor llevándolas apiladas. Me tapan la cara y la sangre, por lo menos a la distancia.

Sin que me presten atención llego a la puerta del negocio que necesito.

Cuando entro se escucha una musiquita alegre y descerebrada que anuncia mi llegada. Por alguna extraña razón me dan ganas de agarrar la puerta y la blanca cajita musical y romperlas a patadas. Esta situación no le hace nada bien a mi paz interior. El dueño de la Clínica Veterinaria levanta la vista del diario que está leyendo y me dice con una sonrisa forzada:

—¿Qué le pasa, se cayó de la cama?

El veterinario no es un amigo pero me conoce bien. Él mantiene a raya las pulgas de Doyle, mi perro.


Tiro las cajas y ve la sangre. Suelta el diario y va hacia el teléfono. Lo intercepto sacando de mi bolsillo una botella rota que encontré en el fondo del contenedor.
—¡Soltá el teléfono, no te voy a hacer nada, solo necesito que me cures!
—¡Sabés leer! ¿Qué dice acá arriba? —dice señalando su diploma —¡Soy veterinario!
—No puedo ir a un hospital, me están buscando. Curame como puedas y me voy—Le dije calmado y mirándolo fijamente.




El tipo se tranquiliza. Algo vio en mis ojos.
Empieza a cortarme la camisa—¿Qué hiciste? —Pregunta.
—Nada, me hicieron la cama.
—Todos dicen lo mismo.
—Pero en mi caso es verdad—No sé si me creyó pero no insistió más. Me dijo que tenía que limpiar la herida y que me iba a doler.
—¡Ya duele como la puta madre!
—Preparate porque vas a ver las estrellas.
Casi me desmayo cuando desinfecta el surco que tenía en lo que en un hombre con músculos sería el bíceps izquierdo.


Lo puteo hasta en Swahili pero no se inmuta. Solo me cuenta:
—Curiosamente no es la primera vez que curo una herida de bala. Pero las otras veces fueron en vacas, caballos o perros. Parece mentira pero el homo sapiens no solo es cruel con su propia especie.
Me hizo reír a pesar del dolor.
—Te voy a robar la frase.
—¿Para cuándo confieses en la comisaría?
—No—Dije sonriendo—¿Nunca te conté? Soy escritor de novelas policiales.
—¡Se te fue un poquito la mano con la investigación de campo!
—Sí, ¿no? La verdad es que mis problemas no tienen nada que ver con mi trabajo. Como te dije me prepararon una causa. Ya vas a ver cuando pongan mi cara en la tele. Me van a acusar hasta de hacer pis en la tabla. Pero nadie va a mencionar el curioso detalle de que un delincuente de mi supuesto calibre nunca tuvo, no ya una causa criminal, ¡ni siquiera una multa por exceso de velocidad!
—Se supone que los genios criminales no tienen antecedentes.



—¿Si soy el Guasón del subdesarrollo, porqué tenía diez kilos de cocaína en mi casa, tan mal escondidos que hasta los pelotudos de la policía de Ciudad Gótica hubieran podido encontrarlos?
—¿Un error?
—¿Y cometo ese error justo el día que la cana viene con una orden de allanamiento a mi casa y ni siquiera se me ocurre tirar la droga por la ventana?
—Debo reconocer que tu argumento parece lógico. ¿Por qué no hablás con un abogado para que presente tu caso al juez antes de entregarte voluntariamente? Vi en las noticias que algunos hacen eso.
—La policía es el menor de mis problemas. ¡En cuanto llegue a una cárcel soy boleta!
El veterinario no pregunta nada más. No sé si creyó lo que le conté, pero por lo menos le di lástima. Me cura con mucho cuidado. Hace un vendaje cómodo y firme y aplica fuertes antibióticos. Me ofrece unos calmantes haciéndose el gracioso:
—¡Estos son para caballos!




Los rechazo. Después del esfuerzo y las emociones de las últimas horas, más una noche sin dormir, si tomo calmantes no voy a mantenerme despierto ni un minuto más.
Sin que se lo pida, me da varios juegos de vendas y más antibióticos. Me comenta que la herida no es grave y la pérdida de sangre no fue demasiada. Quedará una cicatriz bastante fea y necesitaré algo de rehabilitación para recuperar el normal uso del brazo. Nada que me importe demasiado en este momento.


Cuando termina me trae una gaseosa y un sándwich:
—Te estás comiendo mi almuerzo—Advierte.
—¡Cuando salga de ésta te voy a dedicar un libro!
—En ese caso tengo que asegurarme que vivas lo suficiente para escribirlo.


Va a la parte de atrás del negocio. No me preocupo. Después de la conversación que hemos mantenido, no me va a delatar.
Tengo razón. Vuelve con un pantalón y una camisa de mangas largas que me quedan un poco grandes pero por lo menos no están empapados de sangre. También me da unos pesos.
Lavo mi cara, las manos y los zapatos en la pileta. Ya estoy listo para salir.
En el último momento se me ocurre una idea. El veterinario no tiene inconvenientes en cumplir con mi pedido. Le agradezco sinceramente y dejo la clínica.



La botella rota, improvisada arma de un fugitivo inexperto, queda abandonada en el piso.


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