El héroe reticente - Capítulo 2 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 2

sábado, 30 de mayo de 2015 0 comentarios



"Desaparecer en una gran ciudad no es tan fácil como parece"







Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez

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La estación ferroviaria de Tigre parece teletransportada desde la Patagonia. El teutónico techo de madera no hace juego con el calor, los mosquitos y los chicos con bermudas y ojotas. Me dejo arrastrar por los pasajeros que salen a la calle con ese exagerado entusiasmo que tiene la gente al llegar a un lugar con el rótulo de divertido, lo sea o no.





Quiero ir hacia el norte, pero en colectivos comunes, donde no te pidan el documento.
Un diariero, podrido de las preguntas de boludos como yo, me contesta con dos palabras dichas de mala gana: “El sesenta”. Tomo un taxi hasta la parada del omnipresente Mercedes Benz amarillo, lo espero un rato largo y finalmente se digna a aparecer y llevarme en dirección a Escobar.
Como dijo el tipo que se tiró del Empire State al pasar por el piso diez: “Hasta ahora voy bien”.
Mis compañeros de viaje me asesoran acerca de la mejor manera de seguir viaje, sin saber que están ayudando a un sospechoso de tráfico de drogas, resistencia a la autoridad, agresión a personal policial y todo lo que los humillados policías puedan inventar. Acepto sin dudar la unánime recomendación: El 194 hasta Zárate.


Una vez arriba, como sé que el recorrido termina allá, dejo que mi cuerpo se rinda como una patrulla italiana.





Estoy demasiado cansado como para seguir viaje. El resto del recorrido va a ser más complicado y tengo que estar diez puntos si quiero sobrevivir y permanecer libre.


No me queda mucha plata. Sin DNI no puedo ir a un hotel, podría tratar de entrar solo a un telo con alguna historia, pero prefiero invertir en una buena comida.

Voy a una parrilla con muchas mesas ocupadas por familias locales de clase media. Siempre es una buena señal: Bueno y barato. Cuando pienso en mi esposa siento como una puñalada en el estómago. Me repongo recordando sus bromas acerca de mi “Manual”: un imaginario volumen donde se encuentran todas las observaciones de la realidad que yo considero de una agudeza escalofriante y ella denomina obsesiones boludas. Quizás la verdad esté en un punto intermedio. Pero esta vez no hay dudas de que el “Manual” no falló. Ceno como un rey, de un país no muy próspero y carnívoro, pero rey al fin. El vino de la casa es mediocre pero tomable, el flan es casero y sepultado por una erupción generosa de dulce de leche. Termino con un café con grappa y todavía me queda cambio chico.


Llego a la estación de ómnibus haciendo zetas (las eses resultaron demasiado difíciles en mi estado de agotamiento empeorado por el alcohol). Me tiro en una fila de asientos y siento que Dios apretó el botón de OFF cósmico.

Llego a la estación de ómnibus haciendo zetas (las eses resultaron demasiado difíciles en mi estado de agotamiento empeorado por el alcohol). Me tiro en una fila de asientos y siento que Dios apretó el botón de OFF cósmico.
Me despierta el torpe empujón de mi vecino. Dormir ese rato me dio fuerzas, pero la inmovilidad transformó mi brazo herido en un pedazo de madera. Por ahora no necesito doblarlo. Estoy seguro que cuando lo haga, ganaré el Campeonato Interamericano de Puteadas.




Llego a la estación de ómnibus haciendo zetas (las eses resultaron demasiado difíciles en mi estado de agotamiento empeorado por el alcohol). Me tiro en una fila de asientos y siento que Dios apretó el botón de OFF cósmico.


Juraría que pasaron apenas unos segundos cuando me despiertan. Cuando veo el uniforme azul las bolas se me contraen como si me hubiera zambullido en el Estrecho de Bering.



El policía no viene a detenerme. Dice que me dejó dormir pero que al amanecer debe despejar los asientos. Me levanto y voy al único boliche abierto a tomar un café. La televisión, como en todos los locales gastronómicos de las estaciones, está clavada en un canal de noticias. No tengo que esperar demasiado antes de ver mi cara: “Peligroso traficante escapa de un patrullero en pleno barrio de Belgrano”.


La versión de mi caripela transmitida al país es la mi pasaporte y tiene casi cuatro años. Voy al baño y me miro en el espejo. Me devuelve la imagen de un señor prematuramente envejecido con barba de dos días, el pelo enmarañado y un parche en el ojo. Supongo que mi madre me reconocería, si me viera de muy, muy cerca.


Usando el jabón líquido dosificado por un aparato más amarrete que un usurero genovés, me lavo los sobacos para combatir lo que mi abuela llamaba “olor a hombre”. El resultado no es un éxito, pero estirará mi fecha de vencimiento por unas horas más.
Camino muchas cuadras hasta una estación de servicio en la Costanera Sur, pegada al peaje del Puente Zárate-Brazo Largo.



Paso una hora intentando que alguien me cruce. Las empresas prohíben a los camioneros levantar a los que hacen dedo. Los que van en auto desconfían. Es lógico, desprolijo, vendado y con ropas que me caen como una bolsa de papas, no tengo un aspecto tranquilizador.

Me siento un rato a la sombra pensando qué hacer. Tengo que contar una historia que justifique mi aspecto y genere interés en ayudarme. Después de todo soy escritor, tendría que poder inventar algo. Pero es más difícil cuando tu vida depende de eso. Además el odio que siento no me permite razonar con claridad. Por un lado me asusta, pero sé que va a impedir que me rinda y me empujará a hacer lo que sea necesario.

Con esfuerzo logro redondear mi nuevo relato y me dirijo al orgulloso conductor de una reluciente pick-up 4X4 con la falsa bonhomía de un vendedor de autos usados.

—¡Buenos días señor! —Dije, mirando la calcomanía de “No a las papeleras” que deschavaba su domicilio en Gualeguaychú—estoy trabajando en Zárate, mi hermano tuvo un accidente y tengo que llegar a Posadas. No pude sacar mucha plata de casa, tengo una hija chica, y no me alcanza para el pasaje. ¡Pero puedo darle unos pesos para la nafta!


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El verso funciona. Me dice que suba, que me lleva hasta Gualeguaychú y que no me preocupe por la plata. Soy hijo único y el resto era cierto, así que no me dio demasiada culpa mentir así. Seguramente tendré que hacer cosas mucho peores antes de que esta pesadilla termine.

En el camino me mata a preguntas. Yo ya había pensado todas las respuestas. Por eso no le dije que iba a su ciudad. Es difícil mentir sin pisarse sobre un lugar que tu interlocutor conoce bien. Pero de Misiones yo sé más que él. Es fácil tejer una historia creíble.

De acuerdo a las reglas no escritas del camino, cebo mate y sintonizo la radio en las estaciones que le gustan al conductor. Él me habla de muchas cosas pero la más interesante era algo que estaba en algún rincón de mi mente pero que había olvidado: El carnaval de Gualeguaychú.

Algunos lo elogian como una versión más familiar y menos peligrosa que el brasileño, otros lo desprecian por ser una mala copia, pero la verdad es que miles de personas se dirigen al Corsódromo de la ciudad cada sábado de verano para divertirse más o menos sanamente.

Hoy es sábado. El carnaval, la comparsa Marí Marí y el Corsódromo me chupan un huevo, lo que necesito es un kilombo de gente en pedo y con plata para gastar. A río revuelto…





Lee el comienzo de esta novela en:

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