El héroe reticente - Capítulo 1 | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 1

jueves, 28 de mayo de 2015 0 comentarios

"¿Por qué no puede ser protagonista de una novela policial un hombre común?"


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Una novela por entregas 

 Escrita por AQ Gimenez




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Belgrano se ha convertido en un refugio de viejas chotas. Eso no quiere decir que no haya señoras de edad de temperamento artístico, chicas de culitos tersos como una pelota número cinco, ancianos sabios y cuarentones afables. Pero lo que salta a la vista en los cafés de las esquinas, la cola del Pago Fácil y el tradicional mercadito de la calle Juramento es la abundancia de viejas chotas de todo credo, color y raza.

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Y las viejas chotas suelen memorizar las caras de los más buscados y sospechan hasta de un nene de la salita de cinco. Atravesando el barrio hacia la estación de Belgrano “C”, me siento como un rabino, intentando salir disimuladamente del Ghetto de Varsovia en 1943.


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Por suerte mi idea está funcionando. El prolijo y falso vendaje que preparó el veterinario tapa un ojo y parte de la mejilla haciéndome irreconocible. Las mangas de la camisa tapan mi herida. Soy apenas uno más.





Llegó a la frontera del Barrio Chino. ¡Qué no daría por cambiar mi cara con uno de ellos! Falta solo una cuadra hasta la estación. Paso frente a una vendedora callejera de corpiños y bombachas que mi mujer, con un poco de racismo sin maldad, llama “Coya´s Secret”… Mi mujer… ¿Tengo derecho a seguir llamándola así cuando no la pude defender?

Estoy por usar la tarjeta Sube para pagar el pasaje, cuando me doy cuenta que es demasiado fácil de rastrear. La tiro a la basura y pago con monedas. Hoy no es un buen día para colarse.

El tren, como siempre que uno está apurado, tarda en llegar. Me parece que la zona está llena de canas. Se nota que los que se quejan por la falta de presencia policial nunca tuvieron orden de detención.



La formación dobla muy despacio la curva que pasa sobre el túnel de Libertador. Las puertas se abren. Es el furgón. No hay asientos, solo esos posaculos ridículos y resbalosos inventados por un torturador con problemas de sadismo.







Hoy tengo menos suerte que los Kennedy un martes trece.
Por lo menos no cabeceo. El dolor y el miedo me mantienen alerta. Tengo que alejarme de la ciudad. No tengo documentos, y aunque los tuviera me arrestarían apenas los muestre. Por lo tanto no puedo tomar un Ferry, un transporte de larga distancia y menos aun un avión.

Muchos fugitivos son capturados porque no logran cumplir con el único método para no ser encontrados: Desaparecer.



Parece obvio, pero pocos lo hacen. Para lograrlo hay que evitar los contactos con los afectos del pasado. Hay que dejar todo atrás, ser una nueva persona, hablar de otra manera, quizás otro idioma, usar otro nombre, tener otro aspecto y hasta cambiar la personalidad. Casi como dejar de ser un ser de carne y hueso para transformarse en ectoplasma.

Es increíble, pero sé cómo hacerlo.

Lo estudié una vez para una novela que nunca publiqué. Dudo que a algún Sherlock criollo se le ocurra estudiar mis obras, pero aunque lo hagan no podrán descular mi plan. Por lo que sé, nadie lo usó jamás a pesar de ser bastante sencillo.

Quizás sea porque para que funcione hay que tener nervios de acero. O estar, como en mi caso, tan jugado que te animás a todo.



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Continúa en:
El héroe reticente - Capítulo 2


Lee el comienzo de esta novela en:



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