La enfermedad crónica en el ojo panóptico | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La enfermedad crónica en el ojo panóptico

domingo, 26 de abril de 2015 0 comentarios


ENFERMEDAD CRÓNICA VISTA CON FILOSOFÍA



(Un resumen de una charla introductoria sobre enfermedades crónicas y sus connotaciones en la psicología del paciente. Las citas introducen slides ilustrativos y explicativos no desarrollados)









Escrito por el Dr Gustavo Duek (médico clínico)


Exclusivo para Diario Literario Digital




Existe un correlato directo entre los síntomas de ansiedad y depresión y la evolución de un trastorno crónico, asumido como limitación permanente en forma pasiva por el paciente que lo padece. 

La depresión, que habitualmente tiene lugar a lo largo de un trastorno crónico, no forma parte del conjunto de signos y síntomas de ese trastorno en su fase inicial, sino que se abre paso y comienza a cobrar protagonismo desde el momento en el que el paciente baja los brazos y se resigna a una “desgracia” que llegó para “arruinar” la vida.
A lo largo de cualquier enfermedad de orden crónico, muchas veces terminan siendo más relevantes los trastornos colaterales asociados que los signos y síntomas intrínsecos de la enfermedad misma. La depresión subyacente, que habitualmente suele instalarse en los trastornos crónicos de cualquier índole, termina dominando y enmascarando los síntomas primarios. 
En un momento determinado se establece un círculo vicioso en el que, ajustándose a las exigencias de la propia enfermedad, lo que en realidad tiene lugar es una limitación de otro origen. La limitación funcional cede terreno al desequilibrio emocional en primer lugar y, gradualmente, el miedo y la ansiedad conminan al paciente a un lugar oscuro, privado de contacto social y limitado en su entorno laboral y familiar.
Llegado a este punto el paciente es atravesado por el temor, un temor que paraliza legitimando aquello que apenas se intuye cuando se es diagnosticado y que no necesariamente encuentra un correlato en los síntomas. Así, la potencialidad es naturalizada por el temor en un proceso que se perpetúa a sí mismo...¿Puede una faceta de lo que somos totalizar aquello que nos constituye? 


“...Las luces que descubrieron las libertades también inventaron las disciplinas...” (Michel Foucault).


Este hecho recuerda fuertemente al dispositivo arquitectónico concebido por Jeremy Bentham en 1791 y retomado por Michel Foucault en su obra “Vigilar y Castigar”: el panóptico.


Esta figura arquitectónica se trata de un dispositivo de control desarrollado, no sólo para las cárceles, sino también para talleres, colegios y otras instituciones. El dispositivo, en su periferia de forma anillada, consta de celdas ubicadas en círculo, en cuyo centro se yergue una torre con anchas ventanas oscuras que se abren en su cara interior. 


La particularidad de esa torre central es que desde allí se puede mirar y controlar sin ser visto, mientras que desde las celdas uno siempre se halla en la situación de observado (aunque cuando no se estuviera siendo vigilado, porque nada se ve al interior de la torre). Michel Foucault desarrolla los alcances de este dispositivo en su obra “Vigilar y Castigar” como una máquina de disociar la pareja “ver – ser visto”.

Mediante este peculiar y sofisticado sistema, el poder es ejercido a través de una vigilancia constante que opera sobre la subjetividad del sujeto, sus tiempos, su accionar, su libertad. El efecto más importante del panóptico es “inducir al detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder”.
Así, es el propio condenado el que se vigila a sí mismo al tener la conciencia cierta de poder ser vigilado en cualquier momento, sin poder determinar nunca cuando y cómo se produce esto. El propio condenado reproduce por su cuenta las coacciones del poder: se convierte en el principio de su propio sometimiento.
Foucault despliega todas las connotaciones en las que el poder se ejerce, pero puntualiza muy particularmente en la resistencia inmanente al poder como reacción que se deriva directamente de él; aunque va aún más lejos. Visualiza la resistencia como instancia necesaria para que el poder pueda ejercerse. En el momento en que la vence, ya no tiene de quien apoderarse.
En su espectro inabarcable de connotaciones negativas, las enfermedades crónicas generan las limitaciones funcionales que le son propias. Pero la mayor limitación subyace a cada cuadro clínico particular. 
Sucede que en la enfermedad comienza a operar un mecanismo que remite a la figura del panóptico: el temor reactivo que suscita genera ansiedad por la limitación, temor por la incertidumbre frente a lo desconocido y, finalmente, ante el temor, la conducta que se adopta es el autocontrol. 
Estamos hablando del ejercicio de poder en su máxima expresión: el vigía del panóptico se ha metido dentro y es éste quien, aún en su ausencia, se erigirá como el mayor limitante, operando desde la subjetividad del paciente. El temor a sufrir es empezar a sufrir, una actitud que soslaya la multiplicidad de perspectivas posibles para abordar una situación angustiante.
Poco importa ya la fase de la enfermedad o la remisión de ciertos síntomas a los que el paciente se ha habituado. La sujeción a la enfermedad es tal que se pierde la autonomía y el discernimiento en el dolor. La enfermedad se convierte en una gran apariencia de cárcel permanentemente vigilada, y el paciente en el más eficaz vigilante y represor de sí mismo. Una vez internalizado, la omnipresencia del vigía irá diluyendo las fronteras entre lo real y lo aparente dentro de la enfermedad. 
La presencia obsesionante del panóptico interior, que todo lo ve y todo lo controla, producirá un mecanismo de inhibición, y esta nueva hegemonía (invisible o negada) se transformará en el ser mismo de la propia existencia. La vida discurre, a partir de aquí, como un mero efecto de esta presencia, que no es de por sí incapacitante, aunque sí lo es el temor de que lo sea. La potencial limitación genera, a lo largo del desarrollo de la enfermedad, una limitación real por un mecanismo inhibitorio que, en muchos casos, instala en su seno una depresión.


Siempre subsistirá oculto el elemento que encarna la imposibilidad de desear, de generar objetivos y motivaciones, a menos que la flexibilidad de la personalidad del paciente le permita distinguir a tiempo que su apatía, su desinterés y su sentimiento de desolación surge como consecuencia de una situación especial (la enfermedad crónica) a la que logrará adaptarse gradualmente, y no por una nueva realidad que llegó sin previo aviso para quedarse (lo que conduce a un abandono de toda ambición y resignación). 


¿De qué manera posicionarse ante la dicotomía que se plantea entre la aparente subjetividad privada de autonomía por una enfermedad y la verdadera presencia de un trastorno incapacitante? ¿Tiene delimitaciones claras? ¿Es tan tajante la diferenciación entre lo real y lo aparente, como para poder pararse por fuera de esa dicotomía y percibir la diferencia entre lo que es verdadero y lo que es una construcción ficcional de una subjetividad limitada por un largo padecimiento? 

“...Crear conciencia supone erradicar inercias...” (Saul.Bellow)
El paciente tiene una doble limitación para ver con claridad que puede sustraerse de esa dicotomía y entender su realidad como una dinámica de acontecimientos que puede ir mejorando si abraza esa realidad, si no la oculta con fármacos y si no huye de sus responsabilidades recluyéndose dentro de sí mismo. 
Por ese motivo, es incapaz de ver que la enfermedad, tal como la concebimos, es sólo un momento en la evolución de nuestro viaje, de nuestra realidad de la que hoy somos parte y que creemos única. Y es un error instintivo asignarle un carácter inmutable dentro de un marco – la propia vida y su devenir - que no lo es, tomando como certeza la distorsión que el padecimiento a largo plazo opera sobre la realidad de quien lo padece. 
Sólo es posible si se da ese paso fundamental que consiste en reconocer la cárcel virtual en la que se habita como única realidad posible. La enfermedad necesita ser escuchada y obedecida, no ya como un llamado a la humildad y a la sumisión, sino como un acto de desafío para gobernarla antes de que ella lo haga primero con nosotros.
Poder eludir el círculo vicioso que supone la pobre percepción de uno mismo y la consecuente depresión a lo largo en una enfermedad crónica (que se alimenta de esta subjetividad diezmada y padeciente) exige cierta responsabilidad y compromiso por parte del entorno, del equipo médico y del propio paciente (desde el momento en que la propia subjetividad logra autonomía y comienza a emanciparse de la visión distorsiva de su realidad). Y es clave, en ese proceso, poder enfocarse e interferir en esa dinámica viciada (paciente – enfermedad) sin eludirla ni sobredimensionar su impacto real. 
“La idea de un bien absoluto parece extraída de una ilusión” (Tzvetan Teodorov)
En medicina suele hablarse de enfermos, no de enfermedades. Cada cual le imprime al conjunto de signos y síntomas primarios su carga genética, su entorno cultural, su propensión a lidiar con la dificultad, su voluntad para asumir nuevas rutinas, su personal resolución de las tensiones psicosociales del entorno familiar, su capacidad de reformular su rol social (su perseverancia o su abandono) y el manejo de su autoestima. 
No hay motivos para creer inmodificable un camino por el sólo hecho de haber sido rotulado como una amenaza de nivel creciente. No existe diagnóstico alguno que se despliegue sin matices desoyendo la peculiaridad de cada uno de los universos que cada paciente se inventa para sí. 
El beneficio de un cambio de actitud y enfoque a tiempo es invalorable en el marco de un padecimiento que llegó para quedarse. La calidad de vida lo es todo y no hay motivos para resignarse a algo que, ante todo, se desconoce. Es más útil abrazarse a ello y actuar como en presencia de un nuevo “yo” del que se forma parte que huir o despreciar el nuevo estado desde una supuesta otredad (el “yo” verdadero originario: el “yo” sano). La vida se vive en compañía de la incertidumbre. Cada decisión puede ser considerada arbitraria y no exenta de futuros arrepentimientos. Pero la restitución de una realidad tal cual fue vivida alguna vez no es una elección posible. 
“…En la mente del ser humano, está la clave de su distinción en el universo, ya que el universo sólo se decodifica como imagen icónica de un cerebro originalmente prolífico en representaciones abstractas y simbólicas…” (Lic Ramón D. Peralta).
Nada resulta más difícil que ser libre y creador del propio destino. Nada más abrumador que la responsabilidad que nos encadena a las consecuencias de nuestros actos.La consecución de la propia felicidad, deseo eterno que acompaña a la existencia humana, es un decreto del destino universal del que cada cual es responsable directo. 
La creencia en la imposibilidad aparente de su realización en el marco de un padecimiento crónico es absolutamente atendible. 
El agravio de la felicidad negada puede llevar a la rebelión. Quien padece una enfermedad crónica acusa la "huella de su sello" a lo largo de su vida viendo emerger el mundo con horrorosa claridad día tras día: una invitación a escapar o a recluirse. 
No obstante, “intrínsecamente todo hombre lleva consigo la semilla de la rebeldía y la autoconservación, que en mentes mas afortunadas, se manifiestan en forma de gesta reivindicadora del cambio…” (Lic Ramón D. Peralta)
La elección clara es ejercer nuestra responsabilidad (muchas veces en un contexto que desafía nuestra comprensión práctica e intelectual) en esa confrontación perpetua entre lo que nos es dado y lo que nos desestabiliza, en el devenir azaroso de la realidad. Devenir que puede visualizarse como una falsa realidad inmóvil y perpetua o como un universo abierto a infinitas posibilidades ocultas en infinitas celdas. 
¿El mundo como realidad o el mundo como posibilidad? 
La elección es moldear la realidad según nuestra propia visión elegida como “felicidad”, visión que incluye eventualmente la enfermedad, no como un circunstancia casual a negar u ocultar, sino como una huella ineludible cuya carga positiva de resistencia será determinante y de influencia decisiva en cada una de las elecciones futuras que constituyen el tesoro de nuestra identidad.
…A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del cuerpo y de la mente…” (Severino di.Giovanni).

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