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La caja

martes, 28 de abril de 2015 0 comentarios

Historia policial  









Escrita por AQ Gimenez




Con las ganzúas abrió la puerta del sexto “B”. 


Eran las tres de la mañana, la ciudad estaba sorda y muda. “La Negra tenía razón, los rusos no están”. En el medio del ambiente, desagradable y oscura como una cucaracha en la cuna de un bebé, estaba la caja.





“Tiene que estar llena de guita o joyas. Cuando reviente esta burra, me voy a Mar del Plata con la Negra”. 


La conoció cuando cambiaron las llaves del edificio. A través del mostrador de la cerrajería hubo un chispazo. No de amor como en los teleteatros, sino de sexo, puro sexo.


Esa misma noche se revolcaron en un telo, caro, pero valió la pena. Poca conversación, mucha risa. Manos, bocas, placer y tensión hasta explotar juntos. Después se siguieron viendo: pocas flores, mucho vino.


Ninguna carta, algún grito cruzando la avenida cuando la veía en la puerta, con su uniforme marrón, capitana de un barco inmóvil.





Ella le regaló una oportunidad: unos extranjeros con pinta de “pesados” habían llevado una caja fuerte al departamento que alquilaban.


El Flaco sin ser un experto, se daba maña. No era un ladrón. Por unos mangos había hecho duplicados truchos, nada más. Le gustaba la plata, pero no esa vida de emociones fuertes, joda, drogas y armas.


Quería vivir tranquilo, con una buena mina, como la Negra. “¡Puta madre, la empiezo a querer!”. Si abría la María, como decían los viejos chorros, iba a llevarla a Bariloche. 



Éste era el golpe que estaba esperando. Sin fierros, sin violencia y con mucha guita. “Reventar una caja fuerte es como voltearse una mina. No la Negra, que tenía más ganas que yo. Una piba buenita que un hijo de puta trató mal. Vos se la querés dar, le gustás, pero tiene miedo. Vas despacio, una caricia, un besito… hasta que se deja”. 






Para abrirla tenía que alinear los engranajes internos. Trató de usar un yeite de los de antes. Con un estetoscopio, intentó escuchar el mecanismo. “Al pedo, estas cajas nuevas tienen mecanismos de materiales livianos. No hacen ni un ruidito”. 
Sacó la artillería pesada. Había improvisado una cubierta aislante para su taladro eléctrico. Tenía unas mechas carísimas. “Estas le entran hasta a un tanque”. Con una manta cubrió la caja. Los vecinos no oirían nada.


   



Necesitaba ver si los discos de la combinación se alineaban. El primer agujero no sirvió, el segundo estuvo cerca, el tercero fue perfecto.


Con un alambre doblado en forma de gancho sincronizó una a una las ranuras. El suspenso no lo dejaba respirar.


De repente, con un sonido débil pero inconfundible, la puerta de la caja se abrió unos milímetros. Su sueño se cumplía. Una vida feliz con la Negra en Bariloche, o mejor, una casa frente al mar en Brasil.


Los dos en bolas, a la madrugada. 

Oyó otro chasquido que no tenía por qué sonar.





  





Crónica TV mostró unos títulos que chorreaban sangre:


  


   
































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Si te gustó este cuento policial negro te encantará:

ELEMENTAL- La historia de un Sherlock segunda selección 


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