Elemental - La historia de un Sherlock segunda selección | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Elemental - La historia de un Sherlock segunda selección

domingo, 19 de abril de 2015 2 comentarios

¿ASESINATO O SUICIDIO? 


CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA... 








Escrito por AQ Gimenez


Autor de "El Purificador de los condenados"

para la Revista Literaria con un poco de todo

Sabino Herrera  se veía a sí mismo alto y apuesto, cuando en realidad era, con buena voluntad, de altura promedio y aspecto aceptable. Creía tener una mente deductiva que emulaba a los detectives de la ficción, pero sus compañeros hacían bromas a sus espaldas llamándolo pretencioso y del montón.

Herrera sentía que su vocación había sido ordenada desde la cuna. Hasta sus iniciales coincidían con las del sabueso más famoso.

Era verdad que todavía no había podido probar su valía. Logró entrar a la División de Crímenes Mayores, pero los casos que le encargaban eran agresiones domésticas y discusiones de borrachos que cualquiera podía resolver.

Ese día, como todos los días, se había despertado de un salto, con la certeza de que hoy tendría la oportunidad de probar sus poderes.

En la seccional lo esperaba su compañero, un gastado oficial próximo a retirarse, con mucha experiencia y ninguna imaginación. Galletti era su apellido y Galletti se hacía llamar. Les asignaron un caso, aparente suicidio, pero como en toda muerte violenta, había que investigar.

La calle del asunto estaba cortada en las dos esquinas. No era para menos, el occiso se había estampado en el pavimento en el medio exacto de la calzada. Demostrando su falta de ingenio, Galletti largó un comentario acompañado con una nube pestilente de mal aliento y humo de cigarrillo:

—¡Parece un tomate aplastado!



Herrera ni contestó y fue a mirar el cuerpo. Lo observó en detalle durante varios minutos y luego habló con los de la Científica y el forense. Los expertos le  comentaron que habían encontrado varias cosas extrañas que parecían eliminar la posibilidad de un suicidio. 


El cuello del muerto tenía las marcas inequívocas de un intento de estrangulamiento usando una soga. Había además una herida superficial,  rodeada de pequeñas quemaduras de pólvora, en la parte superior de la cabeza de la víctima que había sido provocada por un disparo de pistola o revolver de bajo calibre. Como decían en las series: “Fue solo un rasguño”.


El cuerpo estaba vivo cuando impactó contra el suelo. Las pruebas apuntaban a una agresión seguida de un homicidio.

Herrera no había visto ningún indicio que le permitiera dudar de los expertos, pero había aprendido a los golpes que la mejor manera de parecer inteligente era mirar intensamente y no decir nada.

Sacó unas fotos con su celular para mostrar que hacía algo, y subió con Galletti al departamento del piso doce desde donde había partido el fallido Superman.



La puerta estaba rota, los muebles desordenados y rotos, las plantas del balcón terraza pisoteadas. No había señales de una soga como la que había acogotado al muerto ni de un arma de fuego. 


El departamento pertenecía al nuevo amor de su esposa, por el que lo había abandonado una semana atrás.


Todo parecía indicar que el marido despechado pateó la puerta de su rival para pedir explicaciones. Pelearon, y el dueño de la propiedad, habiendo fallado con la soga y la bala, logró finalmente arrojarlo por el balcón. Luego había huido llevándose las pruebas.

Aunque parecía innecesario, Herrera recorrió cada centímetro del departamento mientras esperaba que los técnicos terminaran su tarea en la calle y subieran a buscar rastros en la vivienda del presunto asesino.

Se sentó en un sillón, apoyó su mentón en los dedos extendidos como para rezar y comenzó a pensar.

Los técnicos lo miraban extrañados, los uniformados hacían chistes, y Galletti lo puteaba intentando irse de una vez por todas.



Herrera continuaba inmutable.

Un rato después pareció volver a la vida. Se paró y rodeado de un escéptico auditorio explicó su teoría.

—¡Este caso no es un homicidio sino un simple suicidio!

Y pasó a explicar sus razones:

 —El marido, devastado por el abandono de su mujer, quiso suicidarse. Pero lo que le sobraba de decisión le faltaba de valentía. Trató de ahorcarse colgándose con una soga pero se arrepintió en cuanto comenzó a faltarle el aire.

—¿Qué te hace pensar eso? — Ladró Galletti.

—Miren las puntas de sus zapatos —Dijo mostrando una de las fotos que había tomado— Están sucias y gastadas como si se hubiera parado como un bailarín mientras se sacaba el nudo corredizo.

Galletti y los técnicos se acercaron. Ninguno vio nada que confirmara o desmintiera la versión de Herrera.



El forense, más audaz que el resto, preguntó:

—¿Y el balazo?

—Ese fue el segundo intento. Tomó un arma y se disparó en la cabeza. Sus manos temblaron y el disparo salió alto, rozando la cabeza sin causar más daño.

Galletti casi con temor inquirió:

—¿Cómo lo sabés?

—Si buscan rastros de residuos de pólvora en la mano derecha del cadáver los encontraran—Dijo Herrera como si fuera el Dalai Lama explicando el significado de la vida.

Uno de los técnicos contestó:

—Efectivamente encontramos rastros, pero pensamos que se habían producido durante una pelea por el control del arma.

—¿Los residuos se encontraron en una sola mano?

—Sí…

—¡No les parece raro que en una pelea la persona atacada no se defienda usando las dos!

Una admiración reverencial cayó sobre el auditorio como una lluvia seca.

El silencio era tan profundo que tenía eco. Herrera continuó:

—Todos estos intentos sucedieron en su casa. Cuando la visitemos seguramente encontraremos pruebas.

—¿Por qué vino aquí?

—Quería terminar el trabajo con un procedimiento que no pudiera fallar. Recordó que el amante de su esposa vivía en un piso alto. Le pareció simbólico matarse aquí. Llegó, pateo la puerta del departamento, rompió algunos muebles para descargar su bronca y luego se arrojó al vacío. Esta vez no pudo arrepentirse.

Lo que sucedió entonces no tenía antecedentes. Un aplauso cerrado comenzó al terminar el detective su discurso. Hasta Galletti aplaudió a rabiar.



Herrera agachó la cabeza con falsa modestia y estrechó las manos que lo saludaban y puso su cara para las autofotos que sus nuevos admiradores sacaron para inmortalizar el momento.

La posterior investigación en la casa del difunto y la falta de rastros de pólvora  en el amante de la esposa confirmaron las revelaciones del que se había convertido en el más admirado detective de la fuerza.

¡Sabino Herrera era una estrella de rocanrol!

Cuando terminó esa larga jornada, salió de la seccional. Ya era de noche. Se dirigió hacia la entrada del subterráneo.

En el camino, hecha un bollo, tiró en la basura la detallada nota suicida escrita de puño y letra de la víctima, que había encontrado caída al costado de la cama.




Si disfrutaste esta comedia policial te gustará una 


historia policial negra como:  La caja


Y una historia infantil contada por un periodista de policiales:  El caso de la Menor de la capa roja

Promocionado también en DIARIO COPIA OCULTA

Para ver todos los cuentos, notas y artículos escritos en Revista Literaria Letras Opacas por AQ Gimenez, debes hacer click en:  Página de AQ Gimenez






Share this article :

+ comentarios + 2 comentarios

domingo, 19 de abril de 2015, 15:04:00 GMT-3

Muy bueno AQ como ya nos tienes costumbrado. Me sumo al aplauso.

Diego Maañón
martes, 21 de abril de 2015, 18:06:00 GMT-3

CLAP, CLAP, CLAP, CLAP

Publicar un comentario

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. DIARIO LITERARIO DIGITAL - All Rights Reserved
LETRAS OPACAS (Diario Digital Literario) .Argentina
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}width=device-width, initial-scale=1.