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Dios en la literatura

jueves, 30 de abril de 2015 2 comentarios

FILOSOFÍA DEL ESPÍRITU


Escrito por Dr Gustavo Duek





“¿Qué hacía Dios antes de crear el mundo…?“(…) Preparaba el infierno para los que se hacían esa pregunta...”



¿Por qué existen cosas y no más bien la nada?
La pregunta metafísica de Leibniz no ha sido respondida de manera terminante, ni por la filosofía, ni por la ciencia. Las religiones, en cambio, han encontrado una respuesta que ha sido debidamente tomada por los hombres de fe.
Dios, claro.

La negación ontológica de Dios en hombres de la modernidad como Descartes y Leibniz (tras la larga siesta que tuvo lugar en la Edad Media durante diez siglos) supuso, no ya a Dios, sino al hombre como quien subyace a todo lo que es.


Los hombres del pensamiento (que no son ante todo “hombres de fe”) han logrado superar la pregunta de Leibniz - sin haberla respondido- para llegar a otra que han dirigido a los “hombres de fe”. La pregunta es obvia y es la siguiente:


¿Por qué Dios y no más bien el mundo?¿Por qué Dios, por qué la fluencia eterna, navegante eterno del increado espacio - tiempo?


El silencio tomado por respuesta compite en magnitud con el silencio esencial de la eternidad. 




Hay una “no- repuesta” argumentada por los hombres alumbrados por la fe que alude al carácter ancestral, individual, primario, e incomunicable de la fe: sólo el hombre de fe tiene el “don” de creer y quien cree no necesita demostrar. 


“Solo cabe creer en él” diría Karl Jaspers, filósofo de la trascendencia, y asunto concluído. 



¿Verdad irreflexiva o pregunta esencial? 



Para el hombre común y ordinario, sin ese “don de la fe”, la pregunta, lejos de zanjar la cuestión, lo abre a innumerables perspectivas, todas ellas abiertas a nuevas preguntas y respuestas, que inmediatamente transmutan en re preguntas.

La pregunta inicial y sus múltiples arborizaciones no son otra cosa que un ir de camino con un rumbo aparente que muta en múltiples apariencias. Dios no es ya un supuesto metafísico sobre el cual sea posible basar la totalidad.

No hay manera de conciliar estas dos posturas ante las preguntas esenciales. No tendría sentido hacerlo, por otra parte, porque cada una de ellas se entrama con una visión que no contiene a la otra por definición.

La fe se sostiene del misterio, de una fuerza no humana indemostrable. Rendidos ante la no-evidencia, los feligreses parecen siempre estar menos dispuestos a abandonar la palabra - símbolo “Dios” que a restar importancia a las implicancias (muchas de ellas nefastas) que la palabra - símbolo -, ha generado hasta nuestros días.


Se creen muchas más cosas de las que se piensan.



Están aquellos que se aferran a la causa divina sin mayores cuestionamientos, por transmisión, por tradición. Están también aquellos a quienes les gusta emerger a la realidad poco a poco, a medida que las dudas asaltan, dejando que la incertidumbre se abra paso por los márgenes de esa densa jungla, que, es la mente humana en conflicto e inmune a las doctrinas. Para éstos últimos, es más que claro que Dios es una invención humana.


Una interesante pregunta (una tercera) sería aquella que indaga acerca del carácter de invisibilidad del altísimo, dando por sentada su omnipresencia y omnisciencia.




¿Por qué hemos creado a Dios? (…) en tal caso, ¿por qué lo hemos creado invisible?

Se diría entonces que, hay muchos misterios que aguardan ser explicados, y sólo alguien como él puede darnos respuestas para todo…y respecto de la invisibilidad (…) bueno, es más sencillo demostrar la existencia de un ente todopoderoso del que “sólo cabe creer en él”, porque de otro modo no podríamos superar la instancia del “ver para creer”.


Nada es lo que parece y lo que parece no es. ¿Y si creer es crear?


¿Dios está en nuestro interior y sólo hay que descubrirlo?

La construcción de sentido, se pierde en esa flagrante conflagración de ideas, y, es en esa contradicción esencial donde naufraga la razón.

¿La única verdad es la irrealidad?

¿Qué camino tomar cuando se llega al abismo más allá del cual aguarda lo ininteligible?

La certidumbre ciega, la duda metódica, la creencia simbólica, la celebración del misterio, la superstición, la indiferencia?

Hay una instancia superadora de ambas posiciones no exenta de imaginación.



Y es que, también existe la posibilidad de que él nos haya creado a nosotros para que nosotros le diéramos entidad de creador, creándolo. En este juego de sustituciones, se diluye la pregunta esencial en respuestas que recrean la esencia de la pregunta en un plan de evasión. Se dibuja así, una corriente de sentido que recrea un espiral cada vez más pequeño, que se cierra en si mismo…, que se ahoga y se vuelve invisible (…) como el creador.


Ahí, entonces, es cuando aparece el creador.


Dios en la literatura


El arte ha abordado este conflicto inherente a la naturaleza humana, desde épocas inmemoriales. El debate sobre las implicancias no científicas del Big Bang, divide al científico y al religioso, pero, une a los artistas. 



Lo que sigue es parte de un tributo menor sobre el “equívoco fundacional”. Entre el prejuicio del espíritu y las falsas puertas de escape.


Las nociones de “moral” y la “inmortalidad del alma” protegen y contienen al creyente y liberan al verdadero creador: el artista.




 Antonio Di Benedetto – Zama







“…Me remontaba a la idea de un Dios creador. Un espíritu que no hacía pie en nada, capaz de establecer las leyes del equilibrio, la gravedad y el movimiento. Pero su universo era una rotación de bolillas, mayores o menores, opacas o luminosas, en un espacio preciso, como recortado por el alcance de una mirada, en la cual el sonido resultaba inconcebible.



Entonces, por mis necesidades, el Dios creador tomaba la figura de un hombre, que no podía ser verdaderamente un hombre, porque era un Dios ajeno y remoto. Un anciano de melena y barba blanca, sentado en  una roca que contemplaba con cansancio el universo mudo. 




Sus cabellos eran de siempre blancos. Había nacido anciano y no podía morir. Su soledad era atroz. Aciaga.



Como un Dios no puede crear dioses, pensó crear al hombre, para que este los creara.



Creó entonces la vida. Pero antes de crear al hombre, hizo las culebras, los gérmenes de la peste y las moscas, dio fuego a los volcanes y removió el agua de los mares. Precisaba extirpar el tormento y una cierta cólera que la soledad había puesto en su corazón.



Después realizó una obra de amor: el hombre, y lo rodeó de bienes.


Pero el Dios fracasó, porque el hombre creó multitud de dioses que no miraban bien al primero y no sólo se repartieron el universo, sino que algunos de ellos impusieron hegemonía. El mayor fracaso del Dios consistió en que podía ver al hombre, pero el hombre no podía verlo a el, no podía devolverle ninguna de sus miradas enternecidas de padre.



El Dios quedó solo e irritado. Dejó que los frutos del bien se multiplicaran por sí mismos o por obra del hombre; mas no eliminó los males y desde entonces, para manifestar su presencia, se complacía en agitarlos, ora aquí, ora allá. Otros dioses advenedizos le ayudaban…”


 Borges - Argumentum ornithologicum - El Hacedor - 1960



"Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. 


En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros.Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible, ergo, Dios existe".


Milan Kundera - La insoportable levedad del Ser - 1984




"Cuando yo era chico y hojeaba el antiguo testamento adaptado para niños y adornado con gravados de Gustav Dore, veía ahí a Dios sobre una nube. Era un anciano, tenía ojos, nariz, una larga barba, y yo me decía que si tenía boca, debía comer. Y si come también tiene que tener tripas. Pero aquella idea me asustaba porque, aunque era hijo de una familia más bien no creyente, sentía que la idea de las tripas de Dios era una blasfemia.


Sin ningún tipo de preparación teológica, espontáneamente, comprendí desde niño la incompatibilidad entre la mierda y Dios, y de ahí, cuán dudosa resulta la tesis básica de la antropología cristiana según la cual el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Una de dos: o el hombre fue creado a semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas, o Dios, o Dios no tiene tripas y entonces el hombre no se le parece.


Los antiguos gnósticos lo sentían igual que yo cuando tenía cinco años. Valentín, gran maestro de la Gnosis en el siglo II decía para resolver este enrevesado problema que Jesús comía, bebía, pero no defecaba.


La mierda es un problema teológico más complicado que el mal. Dios les dio a los hombres la libertad y por eso podemos suponer que, al fin y al cabo, no es responsable de los crímenes humanos. Pero el único responsable de la mierda es aquel que creó al hombre..."


Mark Haddon - El curioso incidente del perro a medianoche - 2006








“La gente cree en Dios porque el mundo es muy complicado. Creen que es muy improbable que algo tan complicado como una ardilla voladora o el ojo humano o el cerebro llegue a existir por casualidad. Pero deberían pensar lógicamente, y si pensaran lógicamente, verían que sólo pueden hacerse esa pregunta porque eso ya ha sucedido y ellos existen.


Hay billones de planetas en los que no hay vida, pero en esos planetas no hay nadie con cerebro para darse cuenta. Y es como si toda la gente en el mundo arrojara monedas al aire, a alguien acabaría por salirle cruz 5,698 veces seguidas y se creerían muy especiales. Pero no lo serían, porque habría millones de personas a quienes no les saldría cruz 5,698 veces”.




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+ comentarios + 2 comentarios

jueves, 30 de abril de 2015, 14:57:00 GMT-3

Excelente trabajo Gustavo, impecable. Cordiales saludos.-

domingo, 3 de mayo de 2015, 3:23:00 GMT-3

ESPECTACULAR NOTA GUS, UN TEMA PARA DEBATIR LARGAMENTE.

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