Cinco tiros de Remington Patria | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Cinco tiros de Remington Patria

viernes, 24 de abril de 2015 3 comentarios

"En la llanura el amanecer, igual que en el mar, llega de sorpresa. Las figuras montadas se distinguían contra el horizonte, inmóviles y listas para atacar, como piezas de ajedrez. No era la primera vez que lo habían atacado en un desierto, y si sobrevivía, no sería la última." 



HISTORIA DE SUSPENSO DE CHAMBERGO Y BOLEADORAS










Escrito por AQ Gimenez


En la llanura el amanecer, igual que en el mar, llega de sorpresa. Las figuras montadas se distinguían contra el horizonte, inmóviles y listas para atacar, como piezas de ajedrez. No era la primera vez que lo habían atacado en un desierto, y si sobrevivía, no sería la última. 


En su país natal, había sido uno de los pocos cristianos en una nación de musulmanes. Aquí era el único extranjero que comerciaba en esta tierra dominada por los indios.


Por casi tres años había negociado de uno y otro lado de la línea de fortines. En los pueblos esperaban las novedades y pequeños lujos que traía desde Buenos Aires. Los indios lo aceptaban con un tácito salvoconducto para recibir azúcar, harina y a veces lo prohibido, cuchillos y herramientas.




Pero hace unos meses, la Campaña de Roca había comenzado y en la frontera solo quedaban dos bandos. Los pobladores aun esperaban los productos del Turco, como erróneamente lo habían bautizado, y él era lo suficientemente corajudo, inconsciente o ambicioso como para seguir recorriendo la pampa. Por eso el capitán al mando del Fuerte de Guaminí le asigno un hombre para protegerlo y también para vigilarlo. Para el oficial un árabe, aunque se dijera cristiano, era tan infiel como los indios y no se podía confiar en él.





El cabo era más educado que la mayoría de los reclutas. Como muchos, se había hecho soldado para escapar de la justicia, mal nombre dado al capricho de un juez. Disfrutó la escuela, aprendió a contar y a escribir, y al terminar consiguió trabajo en una estancia manteniendo los números en orden. Hasta que vio algo que no debió ver. 


La única solución fue el reclutamiento. En las guerras nadie se preocupa demasiado por el pasado de los van a morir. No odiaba a los indios, pero si tenía que matarlos para sobrevivir lo haría sin dudar. Mucho se ha escrito sobre la facilidad para la violencia de las culturas pastoriles. Cuando uno se acostumbra a carnear animales, asesinar hombres no es tan difícil. Después de todo la sangre es del mismo color.



Cuando el soldado vio las ocho siluetas contra el cielo, apenas pintado por una de esas nubes largas que presagian buen tiempo, supo que no lo salvarían ni los rezos de un convento entero. Igual no se iba a dejar achurar sin pelear. Su padre le había enseñado que Dios ayuda a los que se ayudan y si algo sobraba en la frontera eran las historias de salvadas milagrosas. Que esos cuentos fueran ciertos era otro cantar. 


Le dijo al Turco que parara la carreta. Intentar escapar era inútil. Ni solo podría hacerlo. El caballo que le habían dado era un matungo que no le ganaría una carrera a un rengo. Revisó sus armas. De su cintura colgaba un sable algo oxidado pero bien afilado. Contra la espalda el facón y en los brazos su gran orgullo: un fusil Remington recién llegado, que los soldados llamaban “Patria”. El miserable del Capitán le había dado una sola bolsita con balas. Las contó: eran cinco. Abrió el cerrojo, colocó una bala en la recámara y lo cerró. El sonido fue seco, preciso. Es ridículo que un ruido mecánico te dé esperanza, pero así pasó.





Los ocho jinetes habían sido guerreros del Cacique Pincén, hasta que lo capturaron los wefe del ejército. Volvían de un malón que había sido dispersado antes de la línea de fortines. Los Huincas tenían desde hace poco un aparato que les permitía comunicarse a través de unos alambres. Los refuerzos llegaban demasiado rápido. Un ataque sorpresa se había vuelto prácticamente imposible.


No habían podido llevarse ni una vaca, ni una cautiva, ni siquiera una tijera de esquilar para hacer unas lanzas. De casualidad habían encontrado este premio consuelo. La carreta parecía llena de cosas que podrían cambiar en Chile por armas de fuego y municiones. Las necesitarían para enfrentar a Roca, el wekufú. 


El comerciante parecía inofensivo, pero el milico tenía uno de esos nuevos fusiles que se cargaban por atrás y parecían no fallar nunca.




Para los pampas el malón era un trabajo, como cazar o domar. Con astucia, salvajismo y rapidez, hasta ahora habían podido mantener a raya a los blancos y mantenerse armados y alimentados con las miles de cabezas de ganado, robadas en los malones, que comercializaban en Chile. Cada vez que los ejércitos enemigos querían organizarse para empujarlos hacia el oeste y el sur, pasaba algo que los distraía. Primero la lucha contra los españoles, después la guerra con Brasil, las peleas entre Rosas y la Confederación, y hace poco, la Guerra del Paraguay. Ahora no había nada que impidiera a los huincas cumplir con su idea fija de los últimos sesenta años: Empujar a los indios hacia la Cordillera.


No sabían que se estaba gestando su exterminio, eran demasiado orgullosos y valientes como para preocuparse. Y aunque lo hubieran hecho, no tenían a donde ir. Durante siglos habían huido a Chile cuando las cosas se ponían feas. Para ellos los límites no existían. Pero ahora, del otro lado de la cordillera, el ejército también se dirigía al sur a “pacificar” la Patagonia. Allí las distancias eran más cortas y la posibilidad de esconderse, menor.


En ese año, que los huincas llamaban 1879, todavía creían que el desierto, como siempre había sucedido, los protegería. Esta vez no sería así.




Desde atrás del carromato, el Turco vio cómo los indios comenzaban a acercarse, por ahora al paso. Nunca había visto un ataque indio. La curiosidad casi empataba con el miedo. El cabo apoyó el Remington en las astilladas maderas de la carreta y apuntó a los jinetes. Aun estaban muy lejos y con solo cinco balas, no debía fallar. Pero sabía que cuando empezaran a galopar, necesitaría recargar cuatro veces antes de que una lanza lo atravesara. Puso las balas boca abajo en el bolsillo superior de su chaqueta azul. Así ahorraría unos segundos.


Los jinetes se aproximaban despacio, observando todos los detalles. No tenía sentido correr hasta que estuvieran a unos trescientos metros, el alcance efectivo del fusil. Avanzaron abriéndose en abanico, para dificultar la puntería del milico. Las puntas metálicas de sus lanzas de tacuara, parecían yararás a punto de morder.


El soldado arriesgó el primer tiro. En la inmensidad el estampido no ensordeció pero alcanzó a espantar unos teros. El pesado plomo destruyó el corazón de uno de los indios. Los otros siete espolearon los caballos y, gritando, comenzaron a galopar.


El milico abrió el cerrojo, sacó la vaina de bronce todavía caliente y la reemplazó con una de las balas que tenía en su bolsillo. Esta vez el chasquido fue solo un ruido. No pensó en matar o morir, ni en Dios, ni en sus amores. Lo único que pasó por su cabeza fue la sorpresa al notar que sus manos no temblaban.

Disparó otra vez y falló. Su corrosiva puteada se elevó sobre los alaridos de los pampas mientras recargaba.

El tercer tiro pegó en el estómago del que venía adelante. El cuarto bajó al más grandote. No tenía sentido apurar el último.





Cuando estaban bien cerca, se oyó el último estampido y la cabeza de otro jinete se convirtió en una nube del color de un anochecer. De reojo vio que el Turco estaba escondido atrás de la carreta, preocupado, pero no temblando de miedo.


Un indio al galope podía acertarle con su lanza a una naranja. No iba a ser fácil evitar que cuatro guerreros lo chuzaran.


Tiró el rifle vacío y sacó el sable y el facón. Logró esquivar la primera lanza y le cortó los tendones al potro. Otro indio le dio una puntada en el costado, los otros dos lo pecharon con sus caballos y lo desparramaron por el piso. El que había rodado se acercó a liquidarlo pero el milico lo ensartó con el sable. El pampa le arrancó la hoja de las manos y se fue a morir contra unos cardos.


El Turco no quería pelear una guerra que no era suya, pero no era un cobarde. Salió de su escondite y empezó a balbucear algunas palabras mapuches que conocía. “No maten al soldado, llévense todo pero no lo maten”. Por él mismo no pidió.


Los indios lo ignoraron. Ensartaron al milico con sus lanzas hasta achurarlo diez veces. No hubo piedad. Como habían comprobado recién, cada soldado con un rifle representaba la muerte de varios hermanos.

El Turco bajó los brazos. Había sobrevivido a un desierto para morir en otro, más verde y más salvaje.


Las figuras se acercaron. Las lanzas lo señalaban como índices acusadores. El jefe gritó una frase que no entendió y lo miró como si fuera un cachorro simpático. El comerciante no entendía por qué no lo mataban de una buena vez. Uno de los guerreros señaló el pañuelo que usaba como vincha. Al Turco le pareció reconocer el diseño. El líder, con algo parecido a una sonrisa, sacó de entre sus largas crines negras una peineta, que en Buenos Aires solo usaría una vieja. Se la mostró y dijo en castellano:


—¡Dos patacones!


En ese momento lo reconoció. Estaba muy distinto que la última vez que lo había visto, sentado en su trono de cueros en la toldería. Como un homenaje, le había regalado la peineta, pero no pudo evitar decirle el precio.




El indio largó una carcajada cuando vio la cara de sorpresa del Turco. Ladró unas órdenes y sus dos guerreros desnudaron al milico, pusieron su ropa y sus armas sobre el matungo, que ataron a la carreta y la arrearon rumbo al oeste.


El jefe, todavía riéndose, saludó con la mano que tenía el pedazo de carey tallado y siguió a sus hombres.

Una vez más, el Turco estaba en medio de la nada, sin nada. Empezó a caminar las muchas leguas que lo llevarían hasta el fortín, silbando un alegre raks sharki contaminado con ritmos de chacarera. Le quedaba algo de plata cosida en sus calzones, y todavía estaba vivo.
Con eso sobraba para empezar de nuevo.







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+ comentarios + 3 comentarios

viernes, 24 de abril de 2015, 17:20:00 GMT-3

Muy buena tu edición Diego!!

Diego Maañón
viernes, 24 de abril de 2015, 18:35:00 GMT-3

Buenísimo!!!

viernes, 24 de abril de 2015, 19:17:00 GMT-3

Gracias Diego!!! Maañón esta vez!

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